LA TRANSICIÓN

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     LA RAZÓN. LUNES 26 DE JUNIO DE 2000
Antonio García-Trevijano

     Las palabras más usadas en el vocabulario político generalmente expresan las ideas peor conocidas. Eso le sucede a los términos democracia, consenso y transición. En mis libros he precisado el sentido de la democracia política como forma concreta de gobierno representativo con separación de poderes, frente al concepto de democracia social como aspiración de las medidas de gobierno a la igualdad ciudadana, no ya ante la ley, sino ante la realidad. El Régimen de Partidos no responde a las reglas de la democracia formal ni a los ideales de la democracia material.

     En mis artículos de Prensa he distinguido entre consenso social (acuerdo inconsciente e involuntario de miembros de una comunidad sobre valores culturales y morales que la sustentan), consenso científico (acuerdo consciente e involuntario de los miembros de una pequeña comunidad sobre verdades en materia de su profesión), y el consenso político, como pacto consciente y voluntario de la clase gobernante sobre materias sustraídas al conocimiento y la decisión de los gobernados o de sus representantes. El consenso político, un mero eufemismo para evitar la idea de transacción que encierra la palabra pacto, contradice la esencia misma de la democracia formal, basada en decisiones por la regla de mayoría.

     En esta columna de LA RAZÓN he analizado los aspectos políticos de las innobles pasiones que la Transición fomentó hasta llegar al escándalo de la corrupción del sistema. Me propuse demostrar que esta corrupción no era un fenómeno individual ni gratuito, sino consecuencia natural y colectiva de las pasiones puestas en boga, desde el primer día de la Transición, por las Autoridades del Estado y los jefes de partido, con el apoyo entusiasta de los medios de comunicación. Los perjurios de Estado y las mentiras constituyentes de este Régimen de poder llevaron de la mano a los asesinatos y latrocinios de Estado y de partido, y a la falsedad absoluta de los valores culturales y morales de la Transición.

     Los resultados de mis observaciones sobre los cambios producidos en los sentimientos de los españoles, en relación con los que dominaron en la vida de nuestros padres, los he sistematizado en un libro de ensayo, donde analizo cuarenta pasiones fomentadas por la Transición y veinte sentimientos reprimidos por ella. Este libro, que no es un tratado completo de psicología de todas las pasiones actuales ni la colección de los artículos publicados en LA RAZÓN, lo editará «Foca» (Akal), el próximo otoño, con el título de «Pasiones de servidumbre». Y ahora, terminada la visión de la sociedad política y cultural de la Transición a través de las pasiones dominantes o reprimidas en ella, comienza otro tipo de reflexión sobre el origen y naturaleza objetiva del fenómeno de la Transición. A la que todos alaban sin saber, ni por los forros, de lo que hablan. Ningún escritor se ha percatado de la singularidad de nuestra Transición respecto de las descritas por los genios del XIX. La española ha descendido desde el Estado a la sociedad. Las reformas causaron el cambio de las costumbres. Mientras que la satirizada por Dostoievski, en «Demonios», subió desde la sociedad vacilante y confusa, en la recepción de ideas europeas de progreso moral y social, al Estado.

     La idea de escribir sobre la Transición en sí, y no más respecto a las pasiones individuales y sociales que favorece o reprime, me la ha dado la solemne declaración del portavoz del Gobierno de que la Transición no es patrimonio personal de Suárez o de González, sino de todos los españoles. Mis dos últimos artículos publicados en LA RAZÓN, «Patrimonio político « y «Buenas noches, España», forman parte ya de esta nueva serie de acercamientos y aportaciones al tema de la Transición, que iré haciendo con sumo placer intelectual, y por deber ante la historia, al calor de los acontecimientos de actualidad.

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