Nosotros los republicanos

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     Ser republicano en la España del siglo XXI no es nada sencillo. Es fácil ser partidario de la Segunda Republica, los llamados ‘segundorepublicanos’, nostálgicos del ayer atrincherados en una batalla perdida, levantando banderas de un pasado que, salvo a los historiadores, ya no interesa a casi nadie.

     También es cómodo ser republicano independentista catalán, vasco o gallego. Estas personas se caracterizan porque no tienen el más mínimo interés por conseguir una república para España y sí su desaparición. Además, forman parte del ‘establishment’ nacionalista y, por tanto, son piezas integrantes de nuestro actual régimen político.

     Luego están los ‘antijuancarlistas’ a secas. Estos, en realidad, son monárquicos tradicionales que desprecian todo lo republicano y con ello, los logros innovadores que ha traído consigo la monarquía de Juan Carlos I. Y, por último, nos encontramos con ese extraño espécimen hispano (único en la fauna política mundial) que se autodefine como ‘mitad monárquico y mitad jacobino’, confesando estar poseído por una contradicción existencial al compaginar un alma republicana dentro de un cuerpo ‘juancarlista’.

     Todas las anteriores son actitudes políticas que, en la actualidad, están bien vistas y hasta se consideran políticamente correctas. Sin embargo, unir el pensamiento republicano a la elección directa por el pueblo del jefe del Estado, un riguroso respeto por la división de poderes, el mantenimiento de la unidad nacional y entender la democracia como un sistema representativo de libertad política se hace mucho más complicado. Y todavía más cuando mediáticamente se confunde la defensa de la república con alguno de los posicionamientos políticos descritos al principio. Y es que lo difícil hoy es ser y propugnar un republicanismo auténticamente democrático y español.

     Por eso, no es extraño que en la opinión pública española exista un importante sector que manifieste recelo hacia todo lo republicano. No tanto por los errores históricos de nuestras dos experiencias anteriores -bastaría recordar que tanto la I como la II República fueran consecuencia de sendas catástrofes anteriores de regímenes monárquicos-, sino sobre todo porque los únicos que hasta ahora han monopolizado las propuestas para la construcción de un sistema no monárquico son en su mayoría fantasmas de un ayer imposible.

     Levantar las banderas del 14 de abril para la república del siglo XXI es más que una anécdota, es un error político. Nos volveríamos a enredar en un bucle de pesadilla, una tela de araña que terminaría por autodestruirnos. Los pueblos nunca quieren volver hacia el pasado y sí construir un mañana en libertad. Unir el concepto de república a un programa político partidista e ideologizado es el mayor beneficio que se puede hacer a favor de la monarquía.

     España siempre ha sido un país de aguas subterráneas. Debajo de la actual crisis política y económica que estamos padeciendo se percibe el latir de un movimiento regenerador y democrático. Es el corazón de nuestra nación que quiere seguir existiendo. Sus índices de intensidad son aún leves y casi imperceptibles. Pero está ahí. Y quiere salir a la superficie.


Javier Castro-Villacañas es periodista y autor de ‘El fracaso de la Monarquía’ (Ed. Planeta).

 

FUENTE:

El Mundo 13 de abril de 2013

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