TEORÍA DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS. Friedrich Rohmer – EL ORGANICISMO

11070978_10204009468829606_5360704498436123597_n

     Friedrich Rohmer creció como el hijo de un pastor con varios hermanos. Se matriculó en 1832 en la Universidad de Munich para estudiar filosofía y se convirtió en un filósofo y político conservador. El organicismo de Rohmer, el “hombre nuevo“, es una doctrina fascista y racista que adaptaron Mussolini o Jose Antonio Primo de Rivera.

     Dice Friedrich Rohmer en Los partidos de los estadios vitales del espíritu humano:

     “El desarrollo de los partidos políticos están en el desarrollo orgánico del hombre. Los partidos son el estadio vital del espíritu humano. Estos estadios son perceptibles en las edades del hombre. En todas las épocas se han aceptado cuatro estudios en el desarrollo humano, siguiendo la ley que la naturaleza ha depositado en todas sus creaciones:

     1- El niño.

     2- El joven.

     3- El hombre.

     4- El anciano.

     El cuerpo y el espíritu corren paralelos.”

     En 1842, Friedrich Rohmer escribe el Beobachter aus der óstlichen Schweiz, una serie de artículos en los que formula su tan citada clasificación psicológica de los partidos. Poco después su hermano Theodor publica el volumen Friedrich Rohmer´s Lehre von den politischen Parteien (Zurich, 1844), luego reimpreso, con el que se inaugura la bibliografía específica del tema.

LA TEORÍA DE ROHMER SOBRE LOS PARTIDOS POLÍTICOS

     El pensamiento fundamental de la teoría es, que así como por medio de la naturaleza humana se entiende y define al Estado, los partidos políticos asimismo, que impulsan la vida del Estado, sólo pueden ser explicados, en sus causas naturales, por medio de la vida del hombre. «Para conocer el cuerpo del Estado es necesario investigar cuáles son las relaciones fundamentales del espíritu humano, y para explicar la vida del Estado es preciso buscar las leyes del desarrollo de aquél.»—El desarrollo del hombre se manifiesta en las diferentes edades de la vida, que se suceden unas a otras con distintos espíritus y caracteres. Esta oposición se muestra también en el carácter y espíritu de los partidos, aunque en forma simultánea, y puede sacarse de aquí la consecuencia de que su ley naturales la psicológica de las edades. La línea que traza el hombre en el discurso de su vida es curva, empieza ascendiendo, llega a un punto superior y comienza a descender hasta que concluye. La edad primera del hombre es la niñez, que tiene como dos períodos: la infancia y la puericia. Al alcanzar el niño la plenitud sexual, se eleva a la edad de la adolescencia, y de ahí pasa a la edad florida, a la juventud, donde adquiere el hombre todo su esplendor y virilidad, para ir después decayendo poco a poco hasta parar en la senectud, la edad mayor del hombre.

ALBERT RIVERA y la DOCTRINA ORGANICISTA por Antonio García-Trevijano Forte

TEORÍA DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS

IV

LA TEORÍA DE ROHMER

Por José del Perojo

Revista Europea, Madrid, 1 de agosto de 1875, año II, tomo V, nº 75, páginas 170-177.

TEORÍA DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS- LA TEORÍA DE ROHMER – Por José del Perojo (PDF)

     En el año de 1842, durante la cruda guerra de los partidos en el cantón de Zurich y la Suiza toda, expuso Friedrich Rohmer en un periódico de aquella localidad sus doctrinas políticas, forjadas al fuego de aquellos combates, llenas de vida y de pensamiento, y que ejercieron no poca influencia en la prensa y en la polémica, aunque no toda la que merecían, pues hijas de la ruda lucha de aquellos momentos, el calor delas pasiones y el veneno de las discordias ocultaron la trascendencia de sus principios, y estorbaron su propaganda, como más tarde hubo de realizarse lo uno con el tiempo, y lo otro con Bluntschli y un hermano del autor, Theodor Rohmer. Reunió este último las ideas de su hermano Friedrich, en un libro bien escrito y bien ordenado, donde rivalizan la forma elegante con la profundidad del pensamiento, y dióle a la estampa en 1844, como quien salva preciosas ideas de proceloso mar que amenazaba anegarlas, y las esparce por el mundo para que se conozcan y estimen y realicen; presentimiento que no fue apasionado, pues corren por la política, como proverbiales, muchos delos pensamientos y de los principios que contiene, y toman de él, hombres eminentes en la ciencia y en el arte del Gobierno, reglas y criterio, siendo hoy tan extendida su influencia, que no puede decirse que ha creado escuela por ser demasiado grande el campo en que impera, no obstante los competidores que aún se lo disputan.

     El retraso que en parte sufrió el efecto del libro de Theodor Rohmer, a pesar de su brillante estilo y del profundo valor de la doctrina que encerraba, tiene por causa dos principales obstáculos que le hicieron tropezar en su camino. El primero lo halló precisamente en el seno de los llamados partidos progresistas que imaginaron ser la teoría alguna paradoja artísticamente adornada, que a pretexto de encomiar la unión de liberales y conservadores, rebajando a los partidos radicales, preparaba la victoria de la reacción. Tomaron a la teoría por obra enmascarada de un partido y encaminada a favorecer sus intereses, engendrando la división entre sus contrarios. No se vio entonces que era esa teoría producto lógico de la psicología de Rohmer, y su perfecta consecuencia, bien lejana por cierto de favorecer en lo más mínimo a movimiento alguno reaccionario, pues es su elemento el liberal, y los medios y la táctica de éstos son suyos y se caracteriza principalmente por hacer difícil, si no imposible, toda medida reaccionaria. Si queremos explicarnos esta desconfianza, basta recordar las circunstancias exteriores que rodeaban a esa doctrina en los momentos que se formuló: las violentas contiendas de los partidos, las apasionadas disputas y la guerra a muerte que entonces se hacían las tendencias extremas. Debe también confesarse que la exposición de la doctrina no fue tan serena como desearse podía y que no sin cierta exageración se pintaban allí las faltas y les errores de radicales y absolutistas, que sólo prestaban materia a la ironía y a la mofa, desconociéndose su necesidad y sus ventajas.

     El segundo obstáculo, y no el menor, era la poca vida que en aquella fecha tenían los partidos en Alemania y la poca costumbre de considerarlos bajo el punto de vista psicológico. Si el libro hubiera sido escrito en 1849, y mejor todavía en 1807, los principios quo expone habrían sido comprendidos con mayor facilidad, pues ya el espíritu político estaba en circunstancias más favorables.

     El pensamiento fundamental de la teoría es: que así como por medio de la naturaleza humana se entiende y define al Estado, los partidos políticos asimismo, que impulsan la vida de la juventud, donde adquiere el hombre todo su esplendor y virilidad, para ir después decayendo poco a poco hasta parar en la senectud, la edad mayor del hombre. Estas edades tienen por lo ordinario diferentes particularidades predominantes. El hombre joven y el viril están en la mejor de las edades, pues se encuentran en el pleno goce de sus facultades activas, espirituales y corporales; en el primero imperan las fuerzas del espíritu y del carácter que crean y producen, en el segundo los que conservan y purifican. Aquél tiene cierta semejanza con el liberal, éste con el conservador. —En la edad primera se prepara el infante liara la virilidad, que es ahora su fin principal, aunque todavía lejano, y predominan en él las fuerzas asimiladoras, y por tanto pasivas del alma. Tiene esta edad un mirar atento y excitable, viva la imaginación y susceptible el espíritu; carece, empero, de fuerza creatriz y de entendimiento claro con que conocer las circunstancias. A esta edad corresponde el radicalismo.—Si en el niño no están todavía desarrolladas las fuerzas específicas del hombre maduro, el anciano por su parte no hace ya uso seguro de ellas, y se muestran de nuevo en esta edad las pasivas y femeniles fuerzas psicológicas, la irritabilidad del sentimiento, las rápidas combinaciones y las sutilezas del entendimiento. Los rasgos característicos de esta edad se encuentran también en el absolutismo.

     No es el Estado mentido artificio o muerta abstracción, sino ser vivo, propia y varonil forma del pueblo, a la manera del hombre en general, y así se entiende que sean principalmente liberales y conservadores los llamados por naturaleza a dirigir el Estado, pues las fuerzas viriles alcanzan en ellos todo su vigor y apogeo, y que radicales y absolutistas tengan respectivamente por la misma naturaleza, lugar secundario en el Estado.

     Esta teoría psicológica trastorna, en verdad, muchas opiniones en boga que afirmaban, v. gr.: que los liberales son únicamente medio progresistas, y que los verdaderos y perfectos son los radicales; que éstos son los liberales consecuentes y enérgicos, mientras que los liberales eran radicales débiles y asustadizos. Del mismo modo solía decirse que son los absolutistas los conservadores decididos, y éstos tímidos o inconsecuentes absolutistas. En una palabra, la antigua teoría justificaba a los partidos extremos, a quienes entregaba el gobierno del Estado; la teoría moderna, por el contrario, los subordina a los partidos medios, entregando al vigoroso liberalismo la dirección del radical, demasiado joven e inexperto, y al prudente conservador el refrenamiento del celo de los absolutistas.

     Se hace observar contra esta teoría, que fundados los partidos en las edades, debían formarse reclutando a los individuos que los componen según el número de sus años, lo que no sucede, pues en cada partido se encuentran hombres de todas las edades, y no existe, por consiguiente, en cada período de la vida del hombre el predominio de tales o cuales tendencias políticas. Esta es la principal objeción, y proviene de un juicio precipitado de la teoría psicológica. Todo hombre observa ciertamente el cambio de las edades y el predominio, en cada una do tales o cuales propiedades en el cuerpo. Según la teoría psicológica hay en las edades también tendencias que predominan, más ella no ha afirmado ni puede afirmar que marchen siempre en concierto la edad exterior con la edad interior, y prueba de que esto acontece, es esa misma mezcla de edades que en los partidos existen y que gana el cuerpo años muchas veces sin que los gane el espíritu, pues como decía muy bien Goethe: “La mucha edad no nos convierte en niños, como se dice; ¡nos sorprende siendo todavía verdaderos niños!

     Si a cada período de la vida correspondiera un cambio psíquico, veríamos entonces al hombre empezar por el radicalismo y terminar en el absolutismo, ejemplo raro, aunque sea más común hallar en el joven tendencias radicales, que en el anciano, y en éste las conservadoras y absolutistas. Lo que leca estudiar envista de estas anomalías entre la edad del cuerpo y la del espíritu, es la diferente proporción que a veces ocurre entre las dos. Cosa que se explica, si se atiende a que no siempre sigue el espíritu las trasformaciones del cuerpo, y que en momentos dados pueden marchar desparejados y hasta encontrados, o crecer y desarrollarse el uno mientras el otro permanece en una misma actitud, como cuando observamos la duración de una tendencia política al través de todos los períodos de la vida del cuerpo, pues en este caso crece el uno en tanto que el otro está inmóvil. Tiene este hecho fácil explicación, y basta para su esclarecimiento una ligera consideración sobre la naturaleza humana.

     Es tan claro como la luz que el hombre está compuesto como de dos partes, y que consiste la primera en la igualdad de naturaleza que con todos los hombres tiene, por donde se ve que es un ser perteneciente á la especie humana, pues se descubren en ellos cualidades, propiedades y atributos que en ella existen. Juntamente con esa parte, descubrimos también otra que sirve para diferenciarle de los demás hombres, no permitiendo se le confunda con ellos, pues esos caracteres que le separan y aíslan, hasta cierto punto, son propios y peculiares a él solo. Esta parte la podemos llamar el espíritu individual. Encontramos por consiguiente la parte común y la parte individual, y si observamos todavía con mayor detenimiento, notamos que la primera traza en el trascurso de su vida ciertos períodos diferentes, que hemos dado en llamar edades, y hace esto sin voluntad y obligada por ley que desconoce. El carácter individual considerado en general, recorre también ciertos períodos diferentes, de mucha semejanza con los de la primera parte (el cuerpo fisiológico en una palabra),por cuyo motivo decimos que tiene también sus edades; mas así como las del cuerpo son necesarias y no hay hombre que viviendo toda su edad se vea libre de pasar por la infancia, adolescencia, etc., etc., las edades individuales muchas veces no se desarrollan todas en un sólo individuo, y no pasa éste necesariamente por todos los periodos del espíritu individual.

     Hay ejemplos numerosos de individuos que se sienten en todos los periodos de su vida gobernados por las propiedades psicológicas que so manifestaron en el tiempo que hubo de desarrollarse su edad primera; otros asimismo que desde su edad temprana muestran las que sólo en períodos posteriores se determinan. De suerte que existen hombres que por cuerpo son jóvenes, y por espíritu individual niños; otros que, precoces en espíritu individual, son ya hombres no siendo todavía más que niños, diciendo por eso en el uso común que existen hombres niños, y niños viejos; en todo lo que observamos que sigue el cuerpo el cambio de sus edades, sin que el espíritu individual siga siempre las suyas. La historia nos confirma estos hechos: Alcibíades fue un niño; Augusto un viejo desde su juventud; Pericles, joven hasta su muerte, y Escipión, siempre un hombre.

     Vemos así, que no siguen necesariamente las evoluciones del espíritu o carácter individual a los del cuerpo, no obstante la gran influencia que estas últimas pueden ejercer, y que hay circunstancias en que el carácter individual se conserva inmutable en medio de las trasformaciones que sufre el cuerpo, de la misma suerte que en otras progresar y perfeccionar su vida ética e intelectual, cuando su cuerpo ya no cambia o cuando decae y envejece. En una palabra, puede mantenerse puro y limpio el carácter individual mientras está el cuerpo enfermo y descompuesto, sosteniendo de esa manera una especie de oposición con él.

     Ahora bien: al introducirse el hombre en un partido haciéndese propios la bandera y los principios de éste, quien obra no es la edad, que puede ser cualquiera, sino esa naturaleza individual, que da al hombre cierta predisposición para el uno o el otro partido, inclinando sus simpatías al que mejor corresponde a la organización psicológica de su espíritu individual, y en esto nos basamos para sostener que se encuentran ya en el hombre predeterminadas sus ideas políticas, pues hay muchos que nacen liberales por propia naturaleza, y asimismo radicales, conservadores y absolutistas. Si nos fuera dado penetrar en la trama de los profundos arcanos que se encierran en el seno del alma humana, descorriendo el espeso velo que la oculta, y contemplar en cada individuo la estructura íntima de su carácter y de su espíritu, como de continuo hacemos con la de sus miembros y órganos, de antemano iríamos asignando a cada uno el partido político que mejor cuadra a su naturaleza, sin otros datos, ni más noticias que el espectáculo mismo de su organización.

     Así, está el hombre sujeto en la elección de partidos a su organización individual, y no es independiente en ese acto, pues a ello le obliga su misma naturaleza, cosa que él no ha creado a medida de sus deseos, y obra tan sólo del Creador que así lo dispone en sus planes divinos, no siendo por consiguiente él responsable de las tendencias políticas de su carácter, que vienen preparadas y dispuestas por causas superiores, para demostrar, juntamente con otras, la necesidad de que existan los partidos, cuyo fundamento, como se acaba de ver, está en la misma naturaleza, en un derecho natural, y cuya existencia es indispensable para el cumplimiento de altos planes y de trascendentales fines. Por eso es tan grande la responsabilidad que pesa sobre los partidos facciosos, cuando pretenden destruir a los que se les oponen; delito enorme que ataca criminalmente a la ordenación ética del universo.

     Esa natural necesidad que impulsa el individuo a un partido determinado, no domina, empero, de una manera absoluta, en el hombre, ser libre y espontáneo, y es más bien una condición fundamental, modificable mediante otros elementos y otros factores que influyen también en la formación de los partidos, tales como la educación, la experiencia, la meditación, los estudios serios y hasta la profesión que se ejerce, que con otros muchos más pueden variar la disposición natural del individuo y conducirle a partidos que estaban antes en abierta lucha con sus simpatías naturales. No busquen, sea dicho de paso, por otra parte, pretexto en esto último algunos sujetos para disculpar la trata innoble que con su naturaleza, principios y conciencia suelen hacer, pues peores que los facciosos, anteponen la conveniencia y el lucro personal a los intereses del partido y a los de la patria, mereciendo el desprecio y la pública reprobación.

     El carácter individual no se da siempre completamente puro y perfecto, de modo que sus tendencias estén delineadas con toda claridad, sino que, al contrario, existen muy pocos hombres cuya individualidad sea acabada, pues por lo regular la organización de éstas está llena de lagunas o imperfecciones, y compuesta además de mezclas que la predisponen a otras tendencias. Conviene esto para la transición de los partidos, y para formar las diferentes subdivisiones que se señalan en toda tendencia general, cuya jefatura encomendada a los que tienen una individualidad completa, típica, normal, por la cual se guían en las ocasiones solemnes las más imperfectas.

     En todo pueblo político observamos la graduación lenta entre los partidos, y en medio de las diferencias que los separan existen puntos intermedios que sirven para enlazar, si no unir, las diversas tendencias predominantes que no tienen esas demarcaciones absolutas, que en la apariencia muestran. En la votación y en los momentos decisivos se forman dos partidos, como sucede en Francia o Inglaterra, que parecen profundamente separados e incompatibles; más si se penetra un poco en la organización de los dos grandes partidos que se oponen, hallamos en Francia los centros y los extremos, y en Inglaterra los radicales y los ultratories, para demostrarnos que no son dos, sino cuatro los que existen, y precisamente los cuatro naturales, que se dividen después en los grandes momentos en dos campos respectivos. Por ley natural se unen dos partidos contra otros dos, pero a veces seda el caso de uno solo que lucha contra los tres restantes, caso irracional y que demuestra, o la injusticia del que está en la práctica del gobierno, o la ambición de los coaligados; cosa que no queremos pensar, y que nos hace aceptar lo primero; pues si es censurable el mal cometido por uno, el que perpetran tres juntos no tiene nombre. Generalmente se forman las coaliciones para contrarrestar las insensateces de un partido extremo, lo que explica la poca duración que en el poder tienen, pues es impotente uno solo para luchar contra los otros tres, y sólo en momentos de gran excitación guardan por el terror la fuerza y el gobierno, por ley natural patrimonio do los partidos medios, que ni ocasionan grandes dificultades, ni dan pie a las coaliciones, aunque existan en la historia ejemplo de éstas en los partidos extremos, y ejemplo también de su poca duración y de su poco fruto, por apoyarse en el absurdo y en lo imposible, en el odio común y en la negación, pero jamás en sus principios políticos, contradictorios y opuestos entre sí.

     La alianza de los partidos extremos produce la unión de los medios, y se manifiesta entonces la política conservadora-liberal o liberal-conservadora, según el sentido que predomine, formando un cuerpo fuerte, unido y compacto, que así por la superioridad intelectual como por la atracción de los elementos templados que en los partidos extremos se encuentran, puede con toda seguridad luchar en las contiendas parlamentarias, predicando y realizando la unión y la concordia, para templar el ardor y la intransigencia de los extremos. Todavía es más frecuente la alianza de radicales y liberales en un campo, y la de conservadores y absolutistas en el otro; y no es antinatural ni inconveniente esta separación, pues sirve para el mayor desarrollo de las fuerzas que existen en el pueblo, siempre que no sean los puntos extremos los que preponderen en cada grupo, porque en tas grandes oscilaciones que experimentaría el Estaco con las sacudidas de tendencias tan opuestas, peligrarían su reposo, su seguridad y su progreso. La violencia delos cambios de Revolución á Reacción y viceversa, que está exponiendo desde hace un siglo la vida de los Estados europeos, se explica por el imperio en esos grupos de los partidos extremos que han sabido apoderarse de su dirección; y la paz de Europa y la de todo Estado político bien organizado, descansa en que dirija la política la parte más templada y más varonil de los dos grupos.

     Veamos ahora la naturaleza especial de los cuatro partidos y su significación típica y psicológica, que no corresponderá exactamente a los que existen en la vida real, porque es esto casi imposible, puesto que aquí las consideramos en su forma interna y natural, que después de todo, ha de servirnos de alguna luz en medio de la confusión caótica que a primera vista se descubre.

V

EL RADICALISMO

     Cuando la vida de la humanidad experimenta un cambio grande, y se inicia en la historia una nueva faz, nace el Radicalismo lleno de vigor y de fuerza, y empuja en su caída a las carcomidas instituciones del pasado, que no pueden resistir a las ideas y a las luces de la nueva era que se anuncia, como lo acontecido en nuestra época en la lucha que tuvo con la dela Edad Media desde mediados del siglo pasado. En esos períodos tiene el radicalismo la misión de ser el iniciador del movimiento, y es el precursor de la nueva era, a la cual prepara convenientemente los espíritus y extiende por todas partes sus ideas, que sirven para cumplir las grandes trasformaciones de los pueblos.

     Receptivo principalmente es el espíritu del niño, y antes femeniles que varoniles las propiedades que le adornan. Está abierto su ánimo a todas las direcciones, y contempla las imágenes infinitas de las cosas que afluyen agrupadas y amontonadas a su vista, con ojo sereno y seguro, y forma en seguida, con asombrosa confianza, ideas generales de las rápidas impresiones que en momento fugaz hirieron sus sentidos. Aprende mucho, pero demasiado aprisa, y casi siempre con la imaginación, que le hace suponer cosas que no existen; juega y se entretiene con sus imágenes y sus ensueños, A los que atribuye vida real, acostumbrado como está a dar vida también a los juguetes que maneja. Falto de experiencia, no se apercibe de las dificultades que se oponen a sus deseos; y si los ve, les da poca importancia y tiende atrevido sus miradas al porvenir, persuadido y confiado que en él sus esperanzas serán cumplidas, y que el ideal que en su alma lleva obtendrá existencia real y efectiva.

     En la revolución francesa es cuando mejor se ha dibujado este rasgo idealista-radical, pues en ninguna otra época se han creído más sólidas y seguras las abstracciones del entendimiento humano, porque a nadie se le ocurrió poner en tela de juicio las doctrinas que fueron preparando aquel gran acontecimiento, de cuya eficacia y realidad sólo dudaban los temerosos de su éxito, sin que públicamente se atrevieran a refutarlas; tan grande y tan imperiosa era la necesidad que todos sentían de una trasformación, de un cambio radical. Entre los doctrinarios de aquel período fue Rousseau de los más radicales, y el que mejor nos caracteriza el tipo idealista revolucionario. Por medio de conceptos abstractos creó en su fantasía un nuevo Estado con el contrato social, voluntad colectiva y otras definiciones a cual más abstractas, y le presentó en frente del otro antiguo que poco a poco iba desmoronándose, y cuya destrucción era el objetivo de todos, aunque no se supiera con qué reemplazarlo, pues lo que urgía era acabar con él. El pensamiento abstracto de Rousseau es el mismo que vemos en el abad Sieyès al querer erigir en tipo y norma el tercer estado, construyendo al nuevo orden de cosas con leyes exactas y matemáticas, como quien levanta una pirámide; y por último, esa abstracción, elaborada por Rousseau y aplicada por Sieyès, encuentra en el radical Robespierre su órgano y ejecutor. En aquel concepto de la igualdad se hizo abstracción de otra verdad que la completa, de la variedad individual, y se convirtió la libertad del individuo en principio absoluto y único del Estado, tomando su tipo y norma en las masas. Igualdad sin libertad as un vacío que nada contiene, y la libertad que desatiende la igualdad natural o que la viola, es la arbitrariedad de los unos y la esclavitud de los otros. En la Asamblea Constituyente se reconoció la necesidad de estos dos principios, pero más tarde fue predominando el partido radical y dándoles un carácter absoluto, y se llamó libertad al imperio de las muchedumbres, y en nombre de la soberanía popular se esclavizó la libertad del individuo. Hoy todavía existen muchos partidos radicales que conservan las mismas ilusiones, pues los dos rasgos característicos do este partido son: no conocer las fuerzas de la vida real y las condiciones históricas en que se encuentra; y la creencia de que los conceptos abstractos que el hombre se imagina, rigen efectivamente la vida.

     En el concepto de la igualdad no saben distinguirlos elementos complejos de que se compone la naturaleza humana, puesto que hacen predominar a uno solo de ellos, el derecho común que todos deben disfrutar, y rigen por éste a todos los restantes, como si no fuera el hombre más que un ser de derecho y no sirviera de fundamento a esta relación externa su misma individualidad, de mayor valor y contenido que lo que ahí se manifiesta, y que a toda costa debemos garantizar, si la sociedad no es una masa informe, gobernable, a la manera de máquina automática, inconsciente e irracional. Y es esto de tanta mayor significación, así para el buen orden del Estada como para la justicia humana, única regla que enseña a hacer prósperos los pueblos, y que es a lo que se endereza el verdadero gobierno político, cuanto que de otro modo encuentran explicación los sofismas y errores que corren en los partidos extremos, que de esa igualdad exagerada deducen la de la propiedad, trabajo y otras cosas más, en donde es evidente que la igualdad de derecho en que todos conformamos, ha sido convertida en nivelación social y en ley única, que pierde lo que designa de derecho, y queda sólo lo de igualdad, que luego se extiende como norma única a todas las esferas de la vida.

     Así como existe una doctrina radical de la igualdad que se distingue de la verdadera por su excesiva exageración, existe también la de la libertad, extrema y radical juntamente, pues no toma en consideración las condiciones necesarias que la limitan, y desprende consecuencias sin cuento de esa regia abstracta y absoluta. El vicio radica en el punto de partida, porque, si funda esa libertad en los solos individuos, exagera su poder y concluye en la anarquía y en la destrucción del Estado; si de la libertad de la sociedad deriva la individual, igual para todos, oprime al individuo con el peso de lo que llama norma social; y en conclusión, es siempre arbitrariedad esa libertad, en el primer caso, de los individuos, y en el segundo, de la sociedad, quedando la verdadera oscurecida y perdida, con aquél la del todo, y con éste la de los individuos.

     Otro de los errores que el radical comete es el de la igualdad histórica, en lo que queremos dar á entender esa confusión que de ordinario hace entre unos y otros pueblos, unas y otras condiciones históricas, que imagina él de poca monta si se compara con los principios abstractos y absolutos, que sólo él conoce, de verdad indiscutible, y que se imagina tan ciertos, como al niño lo que en la escuela aprende, y se confía inocentemente a las leyes y constituciones por su fantasía elaborados a que atribuye el mágico poder de remediar toda clase de males y de contratiempos. Y es ilusión muy frecuente de los radicales suponer que con leyes abstractas puede a su capricho construir un nuevo mundo, diferente del que le rodea y mejor, pues el valor de sus principios no está limitado a tiempo y lugar, porque se fundan en lo absoluto, y esto siempre es bueno y aplicable, lo mismo en Tasmania que en Cochinchina.

     Gusta el niño de exagerar las cosas hasta su último término, y de proseguir con ardoroso celo de consecuencia en consecuencia lodos los resultados de un principio admitido, sin pensar en el examen de éste, ni en otro cualquier obstáculo o dificultad. Es innato en él el amor a lo extremo y el atribuir vida real a los ejercicios gimnásticos de su pensamiento, confundiendo la escuela con la realidad y midiendo ésta con aquella. ¡Cuántos pensadores construyen el Estado de esta suerte, como si él fuera un sistema lógico, y no el cuerpo vivo de un pueblo vivo! Hay en el niño, como en el radical, un deseo insaciable de saber y de cultura, y ningún sitio para él tan conveniente como la cátedra y la escuela, porque por naturaleza está dotado de un carácter más acomodado al del que estudia, y se observa que son muy buenos pedagogos, como Rousseau y Pertalozzi, por ejemplo. Su presencia en los cuerpos académicos es de grandísima utilidad por el celo y entusiasmo con que desempeñan sus funciones, y no es entonces censurable su radicalismo, sino cuando confunden sus abstracciones con la política y cuando, estando en la tribuna, se imaginan hablar en la cátedra, y llevan allí, no sólo el tono y énfasis de ésta, perdonables entre sus escolares, sino además panaceas universales; pues no hay cosa humana habida o por haber, que no sepas o no curen. Porque su carácter, como el del niño, jovial y alegre, no conoce las dificultades, rechaza lo que le molesta, y odia todo lo que le estorba; tiene el instinto de una nueva vida, y su ideal es siempre lo futuro, que él mismo pinta y anima con las esperanzas que bullen en su pecho. En política considera al mundo bajo el mismo prisma, cree que él anuncia una nueva era, única cosa que le embarga el entendimiento y que le impide apreciarlas proporciones de las cosas y sus relaciones históricas. Como no tiene justa estima de la realidad delas cosas y sólo le dominan pensamientos nuevos y reformadores, quiere cumplir éstos sin conocer aquella, todo lo emprende sin saber cómo, y le acontece que toma en sus manos grandes cuestiones y grandes empresas, que intenta resolver y cumplir con medios pequeños. Si sufre un contratiempo, recoge sus alas, e impresionado momentáneamente, se cree perdido; pero más tarde y en otro día, nuevas esperanzas vuelven a henchir su pecho, excitándolo a nuevos tanteos y a nuevas empresas.

     Cuando una época pugna por desasirse del peso de otra pasada, y le es preciso separar y destruir los obstáculos que obstruyen su camino, el Radicalismo es entonces necesario. En esta obra de destrucción encuentra sumo placer, y es de verle cómo acomete con implacable violencia al viejo armazón que intenta resistirle, cómo le empuja, sacude, y hace oscilar; con qué furor dirige sus golpes, y cuando, derribado el edificio, caen estrepitosamente sus muros y sus columnas, levantando espesos remolinos de polvo, y sólo se oye griterío y confusión, ebrio de placer, apagan sus carcajadas el lúgubre ayear de los desolados, que, juntamente con las ruinas, caen y sucumben. Muchas veces, en verdad, es tan impetuoso, que todo lo arrasa, lo bueno y lo malo, y que numerosos gérmenes perecen en la general devastación; pero sin él no hubiera habido la trasformación que en el mundo era necesaria, y el tradicionalismo hubiera impedido el progreso en la historia. En no pocas ocasiones ha sabido llamarla atención de otros partidos, haciéndoles comprenderlas necesidades de los tiempos, obligándoles a corregir y reformar un mal que no notaban; porque siempre está alerta y mirando hacia adelante, y no perdona lo que cree malo, que a todas horas denuncia, haciéndose de este modo hasta útil en la oposición. En el gobierno, cuándo las circunstancias no son las arriba anunciadas, es inepto, se desacredita pronto y no le guarda mucho tiempo; su programa es destruir lo malo, y existiendo éste, su misión es justa. Destruye, aunque no tenga qué reponer; inicia mucho, pero informe y nada concreto; necesita de los otros partidos que hagan lo que él no puede: crear y conservar.

     El radicalismo es casi igual en todas partes: socialista y democrático, debiendo hacerse ligeras excepciones entre un pueblo y el otro, que al unirle con algún elemento histórico o circunstancia particular, le dan cierto tinte local, como en Alemania, donde, además de los dos caracteres mencionados, existe un partido radical romántico, debido al momento histórico en que el pueblo alemán se encontraba, y que justifica perfectamente su existencia. En algún país, un fenómeno político pone el radicalismo en situación extraordinaria, pues lleva su nombre un partido que no lo es, y los verdaderos radicales salen de la regla común en que de ordinario son comprendidos, y presentan caracteres tan singulares, que harían muy difícil la explicación do la variedad; allí los hay federales, cantonales, socialistas, autocríticos, comunistas, internacionales, anárquicos, liquidadores, y por último, fulanistas.—¿Quién osará entrar en pormenores y dar razón de esta inmensa diversidad? De todos modos, mejor es callar que hablar poco, habiendo tanto que decir.

VI

EL PARTIDO LIBERAL

     En el legítimo liberalismo se manifiesta la naturaleza del hombro joven, que, abandonando la escuela, penetra en el camino de la vida con pleno conocimiento de sus fuerzas y de sí propio. En esta edad tan sólo se desarrolla el entendimiento y se conocen las cosas como son, y no como la fantasía se las imagina; pues de juicio más grave ya, examina el hombre el terreno que pisa y sobre el cual quiere construir sus trabajos, o los que hace siempre preceder la crítica, que no es del género de la radical, negadora y que se complace en la destrucción; antes bien, serena y positiva, que empieza por purificar para evitarse el destruir, y se asimila lo bueno que en la mala apariencia de una cosa suele ocultarse, guardando la semilla sana y fecunda, que monda con celo del fruto podrido, que arroja, mas no con lo vivo y lo sano, como hace la crítica radical, que con todo concluye aun mismo tiempo.

     No es el liberal tímido, y en voluntad nada le aventaja el radical; al contrario, es la suya más decidida y más constante; es la del hombre formado. Todo lo prueba y examina, sin miedo y sin ligereza, advertido de la gravedad de su obra, y con pleno conocimiento de lo que hace, que seguramente no le empece de acometerla, y de destruirla asimismo si el caso lo requiere; pues el valor y la energía de los radicales no pierden punto en el carácter del liberal. Ninguna autoridad le es tan sagrada para que ciegamente se someta a ella, él la estudia y la interroga; analiza las circunstancias que la rodean, pesa sus pretensiones, y cultiva la que encuentra justa; mas no como el radical que diviniza a la que inventa y desprecia las restantes; antes al contrario, a la autoridad que estima justa antepone la obediencia a la autoridad necesaria, porque sin este criterio ninguna nación se puede bien gobernar. Tampoco se antoja de destruir todo lo que ante él existe, por el mero hecho de que procede del pasado y de que estaba en pie antes de que él se presentara; pues no le atolondra la ilusión de que empieza con él un mundo nuevo, ni le dominan las abstracciones escolásticas, ni desea convertir la vida real en ejercicio práctico de reglas y principios concebidos en la imaginación de un cerebro caliente. No existe para él hecho humano que no merezca el examen, ni cosa tan sublime que no sea perfectible; cree, al contrario, que todo es imperfecto para que de día en día pueda ir perfeccionándose, y que el progreso es una verdad, por lo mismo que es necesario que las cosas mejoren; pues si las abstracciones absolutas de los radicales dominaran, que no dominarán, y fuera juntamente hacedero conocer las leyes absolutas de la política de los pueblos, una vez establecidas, cesaría todo movimiento de avance y se caería en la inercia y en lo estacionario; lo que no ocurre, aun cuando en el poder se intentara realizar esos sueños, porque se tropieza con dificultades e imposibles que, después de todo, son los mentís que la realidad de las cosas lanza contra los que así se precipitan, para demostrarles que es ella demasiado grande para caber, en un momento dado, dentro de la caprichosa fantasía del hombre.

     El liberal es antes reformador que revolucionario, porque teme las fuerzas destructoras que se desatan con las revoluciones, y ensaya primero todos los medios para evitarla. Más si todos son inútiles, no ceja de sus propósitos, y llegado el caso, no retrocede ante la Revolución, que, una vez cumplida, trata de encauzar en las sendas del Derecho, haciendo frente a sus extremos y a sus desenfrenos. Se le acusa entonces de poco valor, porque no admite los principios como absolutos, y se le cree escéptico y flaco de fuerzas, cuando precisamente caracteriza al liberal su energía y su valor varonil, que emplea con toda conciencia para el logro de los fines que le preocupan, y no ciega y tormentosamente como el radical, probando en sus empresas más serenidad y mayor valor, pues conoce el peligro; y la moderación y el miramiento en estos casos no son seguramente cualidades del débil.

     Distingue principalmente al hombre que está en el goce de su juventud el desarrollo de las fuerzas creadoras. Por eso busca en esa edad el medio de asegurar su vida en el mundo tomando una posición que le favorezca y que le permita sostenerla con independencia y libertad. Existen individuos que sienten esa necesidad durante todo el trascurso de su vida, y no únicamente en un período de ella, y que están en un continuo movimiento, efecto de que no han perdido el carácter juvenil y que conservan todavía nuevas fuerzas. Es también cualidad del liberal la fuerza organizadora que corresponde a esa edad; tanto, que los grandes organizadores en la historia han sido casi siempre liberales, o tenían en su espíritu mucho de ello. Cuando el radicalismo ha dado al traste con lo antiguo y tiene preparado el terreno para las instituciones nuevas, es misión del partido liberal plantearlas y realizarlas, porque a la Escuela corresponde la sistematización, y porque las fuerzas de la política creadora se conservan organizando.

     Mira también hacia adelante el liberalismo; pero el porvenir no está tan lejano de él como del radicalismo, que sólo imaginariamente puede alcanzado, y lo ve con toda claridad y se esfuerza a realizarlo en el presente, o en prepararle con toda certeza para lo futuro, enlazando los resultados del pasado con los de la actualidad. Es entusiasta por las ideas, que antepone a todo, pero las verdaderas y fecundas, no los schemas de abstracciones. Si comparamos las ideas principales que trabajan desde hace un siglo en la formación de los Estados, notaremos el progreso que se ha efectuado de los conceptos radicales a los liberales. El pensamiento de Rousseau, del Estado-Sociedad, dista mucho del liberal, que piensa en el Estado-Pueblo y que no le convierte en unidad que han formado por medio de contratos individuos aislados. La libertad radical era también un concepto abstracto fundado en la igualdad y regida por la arbitrariedad de todos; la libertad liberal radica en la viva personalidad, así del individuo, como del pueblo todo. La idea de nacionalidad, con significación positiva, delo que carecían muchos de los conceptos del siglo pasado, puede servir, comparándola con la de sociedad, para demostrar la diferencia tan grande que entre uno y otro existe. Además, la idea primaria del liberalismo es todavía superior a la que antecede, pues se eleva sobre ella y funda la que más le entusiasma, la de humanidad, demostrando que no le basta ser nación, y que reconoce ser miembro de la humanidad, más grande y más importante que la anterior.

     El hombre joven profesa amor entrañable a la libertad; y libre ya de toda tutela, determina de sus actos con entera independencia, eligiendo aquí y allá lo que mejor le conviene y acomoda. El liberal asimismo ama a la libertad más que a toda otra cosa; tanto, que ser libre le parece que es vivir, y sin libertad pierde la vida sus atractivos y su precio. No se imagina, empero, que la libertad se halla fuera del orden común, antes la supone condicionada por las fuerzas naturales que allí se expresan, porque en esto descansa la unidad y armonía del todo. Insiste su concepto de libertad particularmente en la del espíritu, pues entiende que sin ella no puede el hombre cumplir su destino, y que su ausencia es muy funesta para la vida pública y privada. Convencido de que todo lo humano es relativo, no pide más libertad que la que corresponde a la facultad personal de cada hombre, y no quiere tampoco esas libertades otorgadas, que le inspiran mucho recelo, admitiendo a las solas innatas o adquiridas con el trabajo y el esfuerzo. Y sabe, por otra parte, que las fuerzas aumentan cuando se ejercitan, por donde comprende que la libertad crece también con la cultura y con el ejercicio de la vida; punto es este de mucha importancia, porque ahí encuentra el fundamento para afirmar que existen grados de libertad y para tener por ilusorias las ideas radicales, que creen tan apto para la libertad a un pueblo inculto y supersticioso, como al varonil, que en pensar mucho y en obrar está ya muy amaestrado.

     Y consiste esto en que, para alcanzar una afirmación, emplea constantemente el liberal el método psicológico, con el cual estudia las propiedades psíquicas de una nación, juntamente con las de sus individuos, y del estado en que se encuentran deduce los factores que rigen la vida del hombre, sin presuponer conceptos como hace el radical, que entonces no le fuera dado descubrir las leyes verdaderas que gobiernan la humana naturaleza, y habíalas de derivar, como aquél, de principios abstractos, de certeza problemática cuanto más, y de condición antipolítica seguramente. No decide de antemano el liberal la libertad que a un pueblo conviene, y empieza examinando primero el momento psicológico en que se halla, para después darle la que mejor le convenga, y en este método busca el punto capital de toda sana doctrina política que intente penetrar en los abismos sin fondo del corazón humano, pues no hay otro camino para conocer sus intrincados secretos y la manera de ser cada carácter, tan complejos y varios. Su principio en esta cuestión, es el de dar a cada cual lo que por propia naturaleza y manera particular le corresponda.

     El concepto que el liberal se forma del Estado tiene también un carácter psicológico, pues no es el suyo aquel antiguo que supone a Dios gobernando el Estado por intervención inmediata o por el clero y el príncipe, sus inspirados representantes, y tampoco le satisface la idea radical de que es un sistema abstracto de leyes, porque entiende que es el organismo vivo del carácter y espíritu de un pueblo, y tan unido con este último, que es como el cuerpo de su alma, siendo causa de que el Estado de los liberales monárquicos y republicanos sea siempre popular, y un todo vivo con miembros vivos y que están en unidad, que á su vez garantiza la libertad de todos. Prolijo sería enumerar todos los progresos que entre nosotros ha introducido el espíritu liberal, en el sistema representativo, en la participación de todos en el ejercicio del derecho, en la pública administración, etc., etc., reformas y adelantos que aumentan todavía su importancia si se tiene en cuenta que aún estamos en los primeros momentos de su evolución y que falta mucho que hacer. En esta empresa ha de verse, en más de una ocasión, cohibido por los obstáculos que se lo presentan, procedentes muchos de las tradiciones del pasado, no pocos de los errores y las exageraciones, y todos ellos del apasionamiento o de la inexperiencia. Hace ya un siglo que el mundo está moviéndose entre oscilaciones a cual más bruscas y que no encuentra su centro de gravedad; pero el notorio progreso que se demuestra en la historia, y que nadie puedo negar, nos garantiza el triunfo completo del principio liberal, pues a ese fin todo se encamina, y juntamente un florecimiento tan grande y portentoso en libertad y civilización, que sobrepujará a cuantos se han conocido.

     Es evidente que no cuadra muy bien cuanto hemos dicho del liberalismo, de su fuerza y energía, a lo que suele darse el nombre de liberal; más es asimismo evidente que en nuestros liberales existen muchos elementos radicales de que deben purificarse, pues se distinguen do los partidos extremos antes por su moderación que por su valor. Y es también de notar, que las verdaderas cualidades del liberal se dan en algunos individuos, aunque muy pocos, pero raramente en las grandes agrupaciones: siendo, por otra parte, laudable y signo del mejor encomio, que todo un partido haya hecho suyo el tipo ideal del hombre joven y vigoroso, y que intente alejarse do las maneras e ideas radicales, todavía imperfectas y extemporáneas. De todas suertes, el hecho mismo es un progreso y demuestra que no en vano le enseña la experiencia y que cada vez adquiere mayor robustez y profundidad. Bueno es que viva advertido de su altísima misión en nuestros tiempos, pues todo se compone de tal manera, que como si su bandera fuese la de la civilización y no la de un partido, la enarbolan los que antes se declaraban sus peores enemigos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s