Legitimidad y legalidad

04-16

     Ya comentamos en su momento las ideas de Antonio Gramsci sobre la hegemonía cultural. Para Gramsci, el gobierno es fuerza (potestas) + hegemonia cultural (autoritas).

     En ciencia política, se llama legitimidad a la capacidad de un poder para obtener obediencia sin necesidad de recurrir a la coacción que supone la amenaza de la fuerza, es decir, a la autoritas. De tal forma, un gobernante o un Estado es legítimo si existe un consenso entre los miembros de la comunidad política para aceptar su autoridad. La legitimidad de un gobernante es fudamental también para que sus decisiones sean aceptadas y tengan valor y vigencia, y no sean deshechas más adelante. La legitimidad es un asunto de orden moral, de autoritas, se obedece por convencimiento.

     No debe confundirse legitimidad política con afinidad política. En la democracia, los votantes del partido político perdedor pueden lamentarse por haber perdido las elecciones, pero no por ello desobedecen al nuevo gobierno. Tampoco debe confundirse legitimidad con refrendo democrático, puesto que durante la Monarquía Absoluta, por ejemplo, el pueblo consideraba masivamente legítimo al monarca, que no había sido elegido por mayoría. En las democracias, por ejemplo, una abstención elevada quita legitimidad, pero no legalidad.

     Legitimidad y legalidad (autoritas y potestas) muchas veces se han confundido. La legitimidad está basada en el derecho natural (como argumenta Baruch Spinoza), en la autoritas. En cambio, el derecho es el que crea la legalidad.

     Normalmente, las instituciones y las personas gozan de autoridad antes de ocupar el poder. El gobierno añade entonces la relación de fuerza. Esta relación de poder se debilita cuando el que debe obedecer al poderoso no le tiene respeto, admiración, o no le considera un juicio moral superior al suyo. Cuando se pierde el respeto, el gobernado se envalentona, y esto se traduce en cualquier acto minúsculo, cualquier protesta, incidente…etc, que antes de la pérdida de legitimidad hubiera sido resuelto fácilmente, se convierte en una crisis irreversible de poder, porque dicha relación de poder está rota. Cuando un poder está deslegitimado, basta cualquier pequeño incidente para ser arrastrado fuera. Del ridículo y el descrédito sólo se vuelve una vez. La deslegitimación causa debilidad frente a los ataques más pequeños. De hecho, cuando una institución o un poder tienen un origen bastardo e ilegítimo, son timoratos, actúan con miedo de sí mismos y de su falta de legitimidad.
Según Antonio García-Trevijano, todo poder se ejerce de acuerdo a la forma en que se ha conquistado (esto ya fue observado por Maquiavelo). Por tanto,  el poder no es una posición unilateral del que puede, el poder es siempre una relación social, relación política, bilateral. Para mantenerse en el poder, el poderoso no puede ser indiferente a los escrúpulos morales, dignidad o estética de los gobernados, puede despreciarlos, pero la relación política está basada en autoridad y potestad. La autoridad es una consecuencia derivada de una situación anterior a la que da el poder.  La legitimidad política se podría entonces definir desde dos perspectivas: la de quien obedece y la de quien manda.

  • Desde la perspectiva de quien obedece, será legítimo aquel gobierno que accede al poder (legitimidad de origen) y lo ejerce (legitimidad de ejercicio) cumpliendo los requisitos que los que obedecen creen que tiene que cumplir para mandar.
  • Desde la perspectiva de quien manda, será legítimo aquel gobierno que accede al poder y lo ejerce haciendo ver a los que obedece que cumple los requisitos para mandar.

     La legitimidad así entendida es un compromiso entre ambos extremos. Desde luego, la teoría de la legitimidad no prejuzga la bondad o maldad de un régimen político, sino que examina, simplemente, los mecanismos de mando y obediencia. La legitimidad es una cosa que se da, no se adquiere.

  • En la antigüedad clásica, el poder se conquistaba y se mantenía frecuentemente por la fuerza o por el apoyo multitudinario del pueblo (aclamación popular) o del ejército.
  • En la Edad Media, la legitimidad consistía en que la ley y los actos del gobernante se ajustasen a la moralidad (normalmente interpretada por la Iglesia). Santo Tomás de Aquino dice que “la ley es la ordenación de la moral destinada al bien común“.
  • El cardenal Roberto Belarmino , en el renacimiento, considera a la Iglesia como la “sociedad perfecta” y, basado en ello, intenta destruir la diferencia entre legitimidad y legalidad.
  • Thomas Hobbes, posteriormente, la recupera. Durante el siglo XVI, el iusnaturalismo considera que la legitimidad deriva del derecho natural.
  • El término legitimidad, en su acepción moderna aparece vinculado a la política en relación con la Restauración monárquica tras la Revolución francesa por una cuestión de derecho privado sucesorio. Hasta esa época,  La idea de legitimidad se replantea en toda su extensión en la Restauración tras la Revolución francesa, porque es una ruptura entre la autoritas (Iglesia) y la potestas (el poder político del Estado).

 

     Max Weber identifica tres tipos de legitimidad:

  • Apelación inicial a criterios tradicionales como justificación ética del ejercicio personal del poder, es un tipo de autoridad “de iure”, es decir, por la ley o la costumbre.
  • Legitimación carismática, es decir, los subordinados aceptan el poder basándose en la santidad, heroísmo o ejemplaridad de quien lo ejerce. La legitimidad carismática implica una cierta dosis de populismo y apelo a los sentimientos. Por otro lado, sin un cierto carisma, no hay verdaderos líderes. Un líder no es lo mismo que es un jefe político, un jefe de partido. El liderazgo es la capacidad de movilizar a un colectivo y orientarlo hacia la consecución de resultados. Un líder verdadero es raro de encontrar, es quien tiene una fuerza carismática, es decir, que su personalidad atrae a las masas para que le sigan. En cambio, un jefe de partido es quien, por no ser carismático, no es líder, y en lugar de ser seguido por las masas, es él quien las sigue (por medio de encuestas, por ejemplo). Todo jefe quiere ver las encuestas para seguir a las masas. No crea opinión, sino que la sigue. La propaganda puede crear una figura de atracción carismática sentimental a partir de una personalidad no carismática.
  • Legitimación racional, cuando los subordinados aceptan el poder de acuerdo con motivaciones objetivas e impersonales, es un tipo de autoridad de facto, es decir, por la vía del convencimiento o de los hechos consumados.

   

     Antonio García-Trevijano, aboga por la deslegitimización de regímenes que no son verdaderamente democráticos por medio de la abstención y la denuncia que conduzcan a la apertura de un periodo de libertad constituyente. Para que haya legitimidad democrática tiene que haber primero legalidad y procesos democráticos.

     Los estados modernos tienen muchísimo poder, pero la hegemonía cultural y la idea de lo que es políticamente correcto e incorrecto tienen también mucho poder. La legitimidad es algo sin lo cual nadie tiene autoritas y deja de ser obedecido. Sólo le queda la potestas (la fuerza), pero con el tiempo, pierde el respeto y la obediencia de los gobernados. Las crisis de estado se producen cuando desaparece el respeto a la autoridad (Lenin).

     Según García-Trevijano, cuando hay una crisis de estado, el gobernante tarda en enterarse que se le ha perdido el respeto, porque suele estar rodeado de aduladores, que le ocultan la verdad, pero el gobernado sí percibe la falta de moralidad, de autoridad. El poder, desnudo, no se sostiene mucho tiempo, no se perpetúa sin una moral de poder, sin una legitimidad, sin una autoritas. Ni siquiera en el caso de las mafias. Se convierten en sistemas de poder espúrios, que detentan un poder o un cargo de forma ilegítima.

     “La incompetencia es tanto más dañina cuanto mayor sea el poder del incompetente.” Francisco Ayala (1906), narrador y crítico español

     Pero es entonces, cuando por azar hay un desorden que amenaza a empresas o a colectivos grandes y poderosos, el poder ilegítimo se disuelve como un azucarillo. Sin legitimidad cualquier ataque, por pequeño que sea, derriba al gobernante, porque los gobernados dejan de obedecer. Ni siquiera los que lo han votado, porque le pierden el respeto. Muchos medios de comunicación, oportunistas natos, aprovechan entonces para hablar de crisis de gobierno, crisis de estado o  nuevo proceso constituyente.

     En todos los regímenes políticos y de poder que no tienen una legitimidad fuerte, cuando existe una legalidad pero una falta de legitimidad, es muy frecuente acudir a las teorías de la conspiración y buscar enemigos exteriores y chivos expiatorios.

 

Referencias:

 

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Un comentario el “Legitimidad y legalidad

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