Democracia, parlamentarismo, partitocracia y república

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     El término democracia es sin duda un término “envenenado” y polisémico donde los haya (un “hot term” en inglés).

Recordemos, por ejemplo, que los fundadores de los EE.UU., y la mayor parte de los políticos liberales decimonónicos europeos, como Disraeli, se ofendían cuando les llamaban “demócratas, pues para ellos, democracia era sinónimo de “gobierno de la muchedumbre”, es decir, de oclocracia.

     En la actualidad, democracia es sinónimo de mandato popular de los gobernantes, y para que sea viable es necesaria una representación eficaz y una separación de poderes en origen. Para entender mejor esto, vamos a proponer una etimología diferente a la convencional de la palabra “democracia, la cual puede arrojar algo de luz sobre la cuestión:

     El origen de la palabra democracia y su significado etimológico

     La etimología tradicional de democracia sugiere que deriva de dos palabras griegas: demos (el pueblo llano) y kratos (el gobierno o poder). Mientras que “el gobierno de la gente común” parece ser la traducción adecuada para describir el sistema al cual hoy nos referimos como “democracia”, esta traducción realmente enmascara o confunde gran parte de la historia y del significado relacionado con la palabra usada.
 

     Por ejemplo, la palabra “demos” originalmente no se refería al pueblo llano; en lugar de esto, se refería a los diferentes distritos del Ática, la región que constituía la ciudad-estado de Atenas. Cada ciudadano de Atenas, independientemente del lugar en el que realmente residiese (los extranjeros, los esclavos y las mujeres estaban excluidos de la ciudadanía), era conocido por su “demos”. Para participar en los asuntos políticos, cada ciudadano tenía que registrarse como miembro de un “demos” (que podríamos así traducir como “gente” o “colectivo”, la sociedad clásica, griega y romana, era gentilicia).

     De este modo, la palabra demos se vio asociada con la gente de diversos puntos del Ática y el proceso político dentro de la ciudad-estado ateniense que hoy conocemos como democracia. Así, el sentido original y presumiblemente correcto de demos sobrevive en palabras como demografía (que no se refiere a la medida de características personales individuales, sino de grupos humanos que habitan en regiones delimitadas), endémico (es decir “propio del grupo humano o población que habita en una región”), pandémico (que se refiere a todas las regiones y a la gente que las habita) y académico.

     Los griegos, sin embargo, tenían otras palabras, además de demos para referirse a la idea de pueblo llano.

  • Una de ellas era “idiotes” (que significa “persona sin educación ni oficio”), y que finalmente se convirtió en un descalificativo para quienes no participaban en el proceso político. De ahí deriva la palabra idiota.
  • Otra palabra del griego antiguo para referirse al pueblo llano, “pueblo de la nación” o “asamblea popular” era laos. La palabra laos, de hecho, es muy antigua, data de la época de Homero, y está incluida en nombres como Menelaos, Nicolaos y Laertes. Es precisamente de “laos” que derivan las palabras laico y laicidad. En el griego actual, la palabra laos pervive, y significa “gente de la misma comunidad”.

      Dada la disponibilidad de estas y otras palabras griegas como kosmos (que hace referencia a “pueblo de la nación”) y anthropoi (que se refiere a “gente corriente” o mejor “gente ordinaria, de los ciudadanos o polites, o de la asamblea o ekklesia”) parece obvio por qué la palabra “demos” se eligió de preferencia sobre estas otras.

La democracia ateniense original no estaba pensada como un gobierno del pueblo como lo entendemos hoy, sino que fue pensada por Clístenes y otros como un gobierno que representase a los diferentes distritos.

     Algo también nos indica que hay un problema cuando asumimos que –cracia deriva de –kratos cuando lo traducimos como “gobierno” o “fuerza”. La palabra griega “kratos”, después de todo, parece más asociada a actos de fortaleza, valor y/o violencia que con actos de gobierno. Así, la palabra “kratos” parece arrastrar la connotación negativa de “gobierno por la fuerza”. La democracia de la ciudad-estado ateniense, sin embargo, era una forma de llegar a soluciones por medio de la discusión y el debate, la cesión y el consenso hasta donde fuese posible. El proceso político llamado democracia era, por tanto, inherentemente muy diferente del gobierno de los tiranos y los líderes (archos), que imponían su voluntad sobre la gente por medio de amenazas y violencia. Así, parece improbable que, aparte de los críticos de la democracia, los habitantes de Atenas viesen a la democracia como una especie de “tiranía de y para la masa ineducada” (oclocracia).

  • La palabra democracia aparece en un tiempo en el cual otra palabra era usada para describir un tipo de gobierno diferente: aristocracia. La palabra aristocracia se ha hecho derivar de aristokratos, que significa “fuerza directora“. La palabra aristokratos, de hecho, se refería específicamente a los hoplitas que servían en los puestos delanteros de las falanges. Los soldados en las dos primeras filas de la falange eran vistos como los mejores y más valientes. Eran, después de todo, los que lideraban el ataque al enemigo. También eran los que sufrían la parte más dura del contraataque enemigo. Así, los aristokratos eran los héroes de cualquier batalla que terminase en victoria.
  • Aunque es ciertamente posible que la palabra griega aristokratos gradualmente evolucionase hacia la palabra aristocracia (en griego, aristokratia) como sugiere la etimología tradicional, hay evidencia lingüística de que ambas palabras aristocracia y democracia (en griego, demokratia) evolucionaron desde una palabra griega diferente, krisi, que significa “juicio”. Si fuese así, aristo krisi se traduciría no como “el gobierno de los mejores” sino como “el juicio u opinión de la élite”. Similarmente, demo krisi no se traduciría como “el gobierno del pueblo” sino como “el juicio u opinión de las villas o ciudades“.

     Debe hacerse notar que la palabra sánscrira kratu, de la que se cree que la palabra griega kratos, a veces se traduce como “fuerza”, “poder” y, tal vez erróneamente, como “sacrificio“. Pero kratu más frecuentemente parece significar “sabiduría”, “juicio” o “voluntad“. El significado de “sabiduría” de kratu se reflejó en el avestano xratu, en el antiguo armenio xrat y el persa moderno xerad.

     El mismo significado es reflejado en el griego krites (“juez“), en el griego krisi (“juicio“) e incluso en el hebreo hikhria (“decidir/establecer“). Y es de hecho del griego krisi y kritikos (que significa “capacitado para juzgar “) que obtenemos las palabras crisis, crítico e hipocresía.

     Claramente el tiempo en el cual la gente se reunía para tomar una decisión crítica era un tiempo de crisis, de modo que hay una base cognitiva amplia para creer que estas tres palabras estaban etimológicamente relacionadas antes incluso de que Solón, Clístenes y Efialtes ayudasen a establecer la doctrina del tipo de gobierno que hoy los estudiosos consideran el primer tipo de democracia auténtica.

  • Sobre el significado original de kratos: el nombre Sócrates parece que probablemente deriva del sánscrito su kratu, que significa “gran sabiduría “. Los académicos tradicionalmente afirman que este nombre, junto con otros como él, derivan del griego kratos, con su significado de “fuerza“. Sin embargo, muchos filósofos griegos eran llamados Crates, y muchos nombres de filósofos griegos terminan en crates. Uno de estos nombres es, por ejemplo, Xenocrates, que se traduciría como “fuerza extranjera” o bien “sabiduría extranjera“, dependiendo de cuál de las dos traducciones se acepte para crates.
  • Sobre el significado original de demos: en la antigüedad, la ciudad de Atenas estaba rodeada por un muro, y en dicho uro había 10 puertas. Las puertas controlaban el paso hacia dentro y hacia afuera de la ciudad de los que discurrían por caminos principales que se originaban en diferentes regiones del Ática. El Ática, (que era la ciudad-estado de la cual Atenas era la capital) estaba, de hecho, dividida en 10 regiones que correspondían a 10 tribus o “gentes”. Estas regiones estaban, cada una, dividida en 3 partes llamadas tritias, y cada tritia estaba subdividida en áreas o distritos llamados “demos”. Parece probable entonces la palabra demos originalmente se refiriese también a las puertas que eran usadas por los habitantes para dejar la ciudad y volver a su región particular del Ática. Notar que el equivalente semítico de la letra latina “D” se llama daleth, que típicamente se traduce por “puerta” (door en inglés).

     El parlamentarismo liberal clásico

     El parlamentarismo tiene dos etapas históricas principales:

  • Y la del estado de partidos o partidocracia que se va implantado gradualmente y se impone sobre todo a partir de 1945 (con el fin de la II Guerra Mundial) en casi todos los países europeos, a excepción de Inglaterra y Francia.

     El sistema parlamentario clásico inglés se organiza en distritos llamados “constituency” (distrito electoral), que podemos poner en correlación con los “demos” griegos que hemos discutido más arriba. La innovación, tal y como hemos mencionado en otras entradas del blog, es la idea de representación del distrito. Los distritos no participan directamente en el proceso político, sino que cada distrito elige un representante.

  • En el caso inglés, quizá prisionero de la tradición, el diputado se elige por mayoría simple (sistema de “firts pass“, el primero pasa, es decir, se trata de una elección sujeta técnicamente a lo que se conoce como la paradoja de Arrow). Esto ha llevado a algunas situaciones paradójicas, como la actual donde se da una emergencia injustificada del nacionalismo en las circunscripciones escocesas, que pone en jaque a todo el sistema, ya que el nacionalismo consigue elegir diputados sin ser la opción mayoritaria (el nacionalismo aglutina mientras que el voto unionista está dividido, por eso los nacionalistas salen beneficiados de este sistema). El sistema inglés se utiliza en el resto de naciones en las que el rey o reina de Inglaterra es el/la jefe del estado.
  • En otros países, como Francia y EE.UU., esta paradoja se intenta resolver con una segunda vuelta, que garantiza que el candidato finalmente elegido lo sea por mayoría absoluta y sea “el que menos disgusta” a todos (más adelante volveremos sobre esta idea cuando hablemos de “ganadores de Condorcet”). En unas elecciones a dos turnos gana quien menos rechazo genera y, por este motivo, la pregunta “¿a quién no votaría de ninguna manera?” en las encuestas suele ser un enfoque que da resultados más precisos.
    • En Francia, la actual ley electoral fue obra de Charles De Gaulle, que impuso elección del diputado en segunda vuelta, si no lo ha conseguido en la primera.
    • El sistema electoral de EEUU, en cambio, con el mecanismo de los compromisarios y los caucus, es una herencia del pasado: era necesario debido a las grandes distancias y a la escasa población (menos de 8 millones de habitantes) en la época en que se instituyó y ha llegado hasta la actualidad prácticamente sin cambios. Paradójicamente, la historia de la libertad europea arranca en Inglaterra y EE.UU. y, sin embargo, durante mucho tiempo, ser embajador en Francia era uno de los mayores honores para un político americano, tal y como muestra en la ficción Ciudadano Kane, por muchos años, el sueño de los millonarios americanos era estar presente de alguna forma en Europa.

     El parlamentarismo liberal clásico era socialmente homogéneo y en los parlamentos se producía una discusión racional que enfrentaba argumentos. Era fácil (o difícil, según se mire) convencer al adversario, puesto que lo que se enfrentaban eran representantes de una misma clase poseedora, aunque fuesen diversos tipos de propiedad

     Saber discutir, dirimir con la palabra, asuntos difíciles es la cualidad esencial del parlamentario político. Lo razonable imperaba en el viejo parlamentarismo. El sufragio censitario era condición de ello. La ley electoral era mayoritaria. No existían partidos. Los diputados eran independientes.

  • En los sistemas parlamentaristas, no hay verdadera separación de poderes, ya que el parlamento (poder legislativo) elige al primer ministro (poder ejecutivo) y la actividad del ejecutivo está monitorizada por el parlamento. Así, pueden darse algunas situaciones peculiares: cuando ninguno de los partidos consigue la mayoría absoluta y así poder nombrar directamente un primer ministro, se da una situación llamada “hang parliament” (parlamento “colgado“), algo habitual cuando surgen nuevos partidos.
  • En los sistemas presidencialistas hay verdadera independencia de poderes. Existen muchos falsos presidencialismos, pero en el auténtico presidencialismo, el jefe del poder ejecutivo es elegido directamente por los votantes. Los sistemas presidencialistas promueven a largo plazo el bipartidismo, pues suele haber sólo dos partidos que llegan de forma habitual a la segunda roda. Bipartidismo no es alternancia de dos partidos en el poder. 

     A pesar de sus imperfecciones, el parlamentarismo inglés descansa en la representación, mucho antes de que Rousseau la pusiese en duda. Para Rousseau el poder es indivisible porque entonces dejaría de ser soberano, Rousseau no concibe la representación y, por tanto, no es el fundamento de la democracia moderna.

  • Los liberales fueron censurados más adelante por proponer el voto censitario, que era auto-excluyente para muchos de ellos. John Stuart Mill, por ejemplo, sostenía que los ciudadanos “cualificados” deberían tener voto múltiple.
  • Por otro lado, el mismo John Stuart Mill dice sobre el sufragio femenino (recordemos que el sufragio femenino solo se generalizó en el siglo XX): “El principio regulador de las actuales relaciones entre los dos sexos –la subordinación legal del uno al otro- es intrínsecamente erróneo y ahora constituye uno de los obstáculos más importantes para el progreso humano; y debiera ser sustituido por un principio de perfecta igualdad que no admitiera poder ni privilegio para unos ni incapacidad para otros”

     El periodista Ignacio Peyró, que ha sido columnista y redactor jefe de Cultura de La Gaceta de los Negocios, fundador y director de Ambos Mundos y director de la edición digital de Nueva Revista, afirma:

     “Escribe John Lukacs, un historiador anglo-húngaro, que la anglofilia ha sido un fenómeno sin igual en la historia de la humanidad por ser “más social y civilizacional que político”. Desde Voltaire hasta Churchill, el pasmo del mundo por Inglaterra es fácil de trazar y –como dice Lukacs- nacerá de la política para después ir abarcando las formas más diversas de la sociabilidad, las costumbres y el tipo humano ideal. Gran Bretaña, de izquierda a derecha, aparece como modelo de buen gobierno y sociedad que progresa. A partir de ahí, Barzini habla de cómo fue común “la convicción indiscutida de que “lo británico era lo mejor” en casi todos los ámbitos, con raras excepciones como la música, las artes galantes o la cocina. Lo político y lo social irán entrelazados. En el continente, causaba admiración la aparente solidez de las instituciones británicas y su poderío, junto a las nociones de libertad y tolerancia que regían la vida británica. En paralelo, al preguntarse por ese secreto inglés –un país sin las sacudidas políticas del continente-, los europeos, como también comenta Barzini, no dejaron de importar esos otros usos y costumbres, del ideal gentlemanesco a la prensa libre o los clubs como instituciones de sociabilidad, cosas todas que, según intuían, tenían no poco que ver con ese éxito.”

     En sistemas parlamentarios, gobernabilidad no es tener la mayoría de los escaños, sino tener el consentimiento para gobernar, por imposibilidad de que la oposición se ponga de acuerdo en contra. En cada proyecto, puede tener como aliado a un partido diferente, más próximo ideológicamente.

     La corrupción del parlamentarismo: el caciquismo

     El caciquismo (no confundir con el “cacicato” tribal) es una forma distorsionada de gobierno local donde un líder político tiene un dominio total de una sociedad, normalmente del ámbito rural, expresada como un clientelismo político.

     El caciquismo es la consecuencia de una insuficiente separación de poderes. Es uno de los peligros del sistema representativo directo.

Dado que la candidatura política requiere un patrimonio personal importante, y dado que el representante puede corromperse y usar la política para incrementar su patrimonio (por ejemplo, traficando con influencias) o bien disponer de los recursos públicos para comprar voluntades, se puede crear un círculo vicioso que haga permanente lo que en un sistema político sano debería ser un mandato temporal.

Surgen así los caciques políticos, que muchas veces son simples capitalistas y oligopolistas locales, pero que a veces acaban convertidos en verdaderos “lord protector” del crimen político y económico local.

     En 1884, el término “caciquismo” fue incorporado al Diccionario de la lengua de la Real Academia con su significado actual en sus dos acepciones íntimamente relacionadas:

  • Dominación o influencia del cacique de un pueblo o comarca.
  • Intromisión abusiva de una persona o una autoridad en determinados asuntos, valiéndose de su poder o influencia.

     El sistema caciquil, aunque también tuvo su expresión en España, es marcadamente americano. En algunos países latinoamericanos se usa muchas veces figurativa y peyorativamente la palabra “cacique” para aludir a quienes detentan el poder de “redes clientelares“.

     Los caciques pueden controlar el voto de sus clientes por lo que pueden negociar con los políticos centrales y ser la cara y base del partido. De esta forma se crean “democracias” que en el papel funcionan pero que no son el gobierno del pueblo. Funcionaron durante el siglo XIX y gran parte del siglo XX en muchas regiones de América y España.

     En clave humorística, la película “Querido senador” muestra la importancia que tiene un nombre conocido a la hora de captar el voto (por simple asociación mental: el lema del candidato es “vote for Jefferson, the name you know”, es decir “vote a Jefferson, el nombre que ya conoce”). Se crean así curiosas “dinastías republicanas”. De hecho, la política local se experimenta de forma diferente a la nacional. Hay más cercanía y se elige más por las características personales y por los intereses, que por la ideología.

     El parlamentarismo del estado de partidos o partidocracia

     En la Europa continental, hasta la década de 1870, había regímenes con sistemas parlamentarios que provenían del liberalismo político decimonónico. Desde 1870 la introducción del sufragio universal y la irrupción de partidos obreros “de masa” (tanto socialistas como nacionalistas radicales) ha alterado la esencia del parlamentarismo.

     Lo que ha ocurrido desde entonces es que el parlamentarismo clásico representativo censitario ha sido sustituido por el parlamentarismo del estado de partidos o partidocracia con sufragio universal y listas de partido. La ley electoral mayoritaria ha sido sustituida por la ley electoral proporcional, lo que pone todo el poder en manos de los que elaboran las listas de partido, y reduce el debate parlamentario al simple acuerdo entre los jefes de los partidos mayoritarios.

     El estado de partidos o partidocracia es un sistema jurídico-político concreto fundado en una doctrina surgida en Alemania a principios del siglo XX, que fue desarrollada tras la Primera Guerra Mundial, en la época de la República de Weimar y de su Constitución, y que tras la Segunda Guerra Mundial se impone definitivamente no sólo en Alemania sino también, en Italia y en todo el Continente.

En palabras de Antonio García-Trevijano:

     “El miedo a un retorno de las ideologías totalitarias motivó el blindaje del Estado con normas constitucionales que, suprimiendo la representación política mediante el sistema de elección proporcional, convirtieron a los partidos políticos en órganos estatales y en titulares exclusivos del poder constituyente (soberanía)”

Hay tres hitos fundamentales en este proceso:

  • La República de Weimar : En la Alemania derrotada tras la I Guerra Mundial, tiene lugar la Revolución de Noviembre de 1918 tras la cual Karl Liebknecht (líder junto a Rosa Luxemburgo de la Liga Espartaquista) aparece en el Palacio Real de Berlín y anuncia la República Libre y Socialista Alemana. La toma del poder por las masas tuvo como consecuencia inmediata el hecho de que Alemania entregara el poder político al socialismo. En noviembre de 1918 la gran mayoría del país estaba sinceramente dispuesta a apoyar a un gobierno democrático. Como a los socialdemócratas se les consideraba demócratas, y eran el partido parlamentario más numeroso, había casi una absoluta unanimidad para confiarles la dirección y formación del futuro sistema de gobierno. Para consolidarse, la recién nacida República logró el acuerdo entre sindicatos y patronales (15 de noviembre), tranquilizando así a la burguesía. Tras el movimiento espartaquista (diciembre de 1918) los acuerdos entran en crisis y la única alternativa lógica al nacionalismo y el socialismo beligerantes hubiera sido el liberalismo. Pero el único partido que hubiera podido cambiar la situación, el monárquico y librecambista DVP de Gustav Stresemann, carecía de la base social y la representación parlamentaria necesarias. Ni los socialdemócratas, ni el centro católico eran los adecuados para adoptar la democracia, a la que calificaban de plutocrática, ni el republicanismo al que tildaban de burgués, y no estaban dispuestos a renunciar al estatismo y la sozialpolitik. Tras la experiencia de la guerra, las masas percibían que la autarquía propugnada por todos ellos era fatal para la economía, y que los únicos que tenían una idea de cómo afrontarla eran los partidos nacionalistas de extrema derecha (aunque fuera con la doctrina expansionista del lebensraum). Finalmente, la Constitución, compuesta por 181 artículos, se discutió entre febrero y julio de 1919, y fue aprobada el 31 de julio de 1919 por 262 votos a favor y 72 en contra (socialistas independientes, liberales y nacionales). Rebosaba por sus cuatro costados el “espíritu de concordia y mutuo entendimiento“, y como tal, la indefinición y ambigüedad. En Weimar no se instauró un Estado nuevo, sino que simplemente se dio a las estructuras monárquicas, al Deutsche Reich (que incluso conservó tal denominación) una nueva forma, la republicana. El pueblo experimentó la decepción de la imposición de una Constitución en la que no participó. Se hizo a la idea de que, en definitiva, la República había suplantado al Imperio sin que sus principios de gobierno diferieran. La constitución de Weimar consagra el sistema electoral “por ideologías“, es decir, antiliberal: el sistema de listas de partido.
  •  La reforma de la ley electoral que consigue en Italia Benito Mussolinni (con inspiración en la socialdemocracia alemana), tras la Marcha sobre Roma, el 28 de octubre de 1922. El 30 de octubre de 1922, el Rey encargó a Mussolini formar un nuevo gobierno, pese a que éste no contaba con una mayoría en parlamento. Tras la reforma del sistema electoral, para adoptar una forma proporcional, en las elecciones del 6 de abril de 1924, la Lista Nazionale fascista (conocida con el nombre de Listone) obtuvo el 60% de los votos y 356 diputados.
  • El plan Marshall  tras el final de la II Guera Mundial, con la derrota de las potencias europeas continentales a partir de 1945. Comenta Antonio García-Trevijano en sus programas de radio que, acabada la II Guerra Mundial, el ejército americano tenía el control total y absoluto de una Europa Occidental aún humeante, derrotada y destruida. El general Dwight Eisenhower, instalado en el cuartel general de París, intenta poner orden en el caos reinante, y concibe un plan de reconstrucción, que es sobre todo político. Al mismo tiempo, el general George Marshall fracasa en China tratando de contener la revolución cultural de Mao Zedong (1947-1949), y es enviado a Europa con órdenes de evitar que ocurriese lo mismo. Marshall tiene un plan de levantamiento económico (lo que más tarde se llamaría “plan Marshall”), que requiere de interlocutores fiables (la guerra fría, por cierto, fue en parte consecuencia de que tanto Eisenhower como Marshall, sobre todo el segundo, se negaron a que Stalin, cuyo país había sufrido enormes destrozos por la guerra, entrase en el plan Marshall). Tanto Marsall como Eisenhower, de formación y experiencia militar, desconocían los entresijos de la política europea, pero necesitaban interlocutores con poder en la zona, para darles el dinero y debilitar la expansión del comunismo. De modo que decidieron convocar a varios de los líderes fracasados (y, por tanto, débiles y manipulables), a los perdedores frente a Hitler y Mussolini, los líderes ya retirados de los partidos antiguos, que habían sido barridos y derrotados por el fascismo, y se les puso al frente de la reconstrucción y la administración de lo que quedaba. Destacan en Alemania Konrad Adenauer que había formado parte del gobierno en 1926, y en Italia, Alcide De Gasperi, presidente del partido democratacristiano hasta la llegada de Mussolini. De este modo, Alemania e Italia, los dos países derrotados, copian el sistema proporcional de la República de Weimar. Los viejos políticos confeccionan las listas electorales y, con ello, se hacen rápidamente con el poder absoluto en Alemania e Italia, se convierten en los interlocutores que necesitan los americanos. El resto de países, esencialmente se limita a copiar lo que hay. Con ello, se barren todas las reminiscencias de las tendencias liberales de principios de siglo XX, tanto en Alemania como en Francia e Italia. Durante este proceso, que arranca en 1945, se han constitucionalizado los partidos políticos. Los partidos políticos se han convertido en instituciones de derecho público, reconocidas como instrumentos políticamente necesarios para la participación del pueblo.
  • Otros países, como España, se incorporan posteriormente a este sistema. En el caso español, fue a partir de 1975 (con la muerte del dictador Franco), cuando la guerra fría prácticamente había terminado, que se copia lo peor de los sistemas políticos de Italia y Alemania. Franco muere muy tardíamente y España copia un sistema socialdemocrático que ya estaba en las últimas (final de la guerra fría), a modo de reforma del franquismo. En España no hay constitución democrática porque en Europa no la hay, y España buscó homologarse con Europa. Hay que tener en cuenta que España es un país de tradición autoritaria secular, que nunca ha conocido la libertad política, ni siquiera bajo la segunda república, que se planteó de forma errónea como una república de trabajadores. No fue una democracia porque “la república es de trabajadores y de millonarios”. Según Antonio García-Trevijano, los españoles están maleducados en una tradición autoritaria de siglos, de modo que respetan el estado y su autoridad de forma casi instintiva. 

 

     En el Estado social de derecho o de bienestar posterior a 1945, los partidos han incrementado su poder notablemente. El parlamentarismo, oligárquico por naturaleza, ha mudado su oligarquización al introducir los partidos como oligarquías organizadas de forma disciplinada estricta. El Estado de partidos es una oligarquía corrupta por la destrucción de la separación de poderes del Estado debido a su existencia. Los partidos integran los poderes del Estado, suprimiendo así la democracia formal.

     El partido gobernante domina el poder ejecutivo, el legislativo, el constitucional y gran parte del judicial. Los partidos son incontrolables e irresponsables políticamente. Si a ello se añade su carácter oligárquico, llegamos a la conclusión de que el parlamentarismo de partidos actual equivale a corrupción.

     El parlamento sólo representa a la clase política que se reparte el poder en cuotas aprobadas plebiscitariamente en unas elecciones en las que el elector lo que hace es adherirse a un dirigente político, a un número reducido de oligarcas partidarios. La evolución de los partidos ha ido limitando las atribuciones del parlamento. Los sistemas electorales proporcionales y los partidos determinan el funcionamiento del sistema parlamentario actual. Son los partidos los elementos de la soberanía popular, de la “voluntad general” roussoniana, que controlan a los diputados a través de las fracciones parlamentarias. Ellos forman la voluntad política del país. El régimen parlamentario se ha convertido en una oligarquía de partidos y se ha modificado en una dirección degenerativa.

     El sistema parlamentario hoy desconoce la división de poderes de facto. Antes los diputados sólo eran responsables ante sus electores. Ahora los diputados son responsables ante sus partidos o fracciones parlamentarias, no son responsables ante sus electores y los partidos tampoco. Los partidos políticos son los verdaderos dueños de las instituciones parlamentarias.

El tema no es baladí: Según Nicolás Maquiavelo, el modo de adquirir el poder condiciona su ejercicio. Si se llega mediante listas, se tendrá el condicionante de las listas y la partidocracia. Ascender en la partidocracia significa someterse a sus reglas: dar coba al superior y ser duro con el inferior. Los políticos se han convertido en burócratas distinguidos. Discutir sobre medidas administrativas. El estado está al servicio de la burocracia.

     La explicación del concepto “Estado de partidos” queda mejor en las propias palabras de algunos de sus mayores defensores.

  • En España, de una obra titulada, precisamente, “El Estado de partidos” (1986), cuyo autor es Manuel García-Pelayo, para muchos insigne jurista de su tiempo que, fue el primer Presidente de nuestro Tribunal Constitucional actual (1980-1986).
  • En Alemania, entre otros, de Gerhard Leibholz, jurista alemán del pasado siglo XX que llegaría a ser el primer presidente del Tribunal Constitucional Federal de Bonn.

     Gerhard Leibholz es uno de los principales teóricos del nuevo sistema, que podemos llamar de partidocracia (uno de cuyos más logrados ejemplos es la República Federal de Alemania con su Grundgesetz de 1949 impuesta por los aliados occidentales en plena guerra fría y aún en vigor, y que es el modelo, junto con la constitución italiana de 1947, de la constitución española de 1978). El ardid del Tribunal De Bonn, siguiendo la estela del Carl Smichtt en su segunda etapa, fascista, no puede ocultar que el fin de los partidos es el control del Estado.

     Según Gerhard Leibholz, el Estado de partidos es la “manifestación racionalizada de la democracia plebiscitaria“. Esto es considerado por él como una especie de sucedáneo de la democracia directa:

     “Como la voluntad de la mayoría de la ciudadanía activa se identifica en la democracia plebiscitaria con cada deseo colectivo del pueblo, así, en una democracia de un Estado de partidos que funciona normalmente, la voluntad de cada partido mayoritario en el gobierno y en el Parlamento se identifica con la “volonté générale” (Leibholz, Der Strukturwandel der modernen Demokratie, Karlsruhe, 1952, p. 17). 

Según esta afirmación, el parlamento pierde su carácter originariamente representativo y se convierte en un recinto “en el que los mandatarios de los partidos comprometidos se reúnen para registrar después decisiones ya tomadas”.

     Según Gerhard Leibholz, en el sistema de partidos, han desaparecido todos los elementos de la representación, y eso supone una mejoría de lo que propone Rousseau, pues se consigue “integrar a las masas en el Estado(a qué se refería exactamente con esa expresión, es objeto de continua interpretación desde que lo dijo). Es decir, no hay sociedad civil ni política. La política, al ser de estado, invade toda la sociedad civil. No hay una parte de la sociedad civil que se destaca para entrar en el estado. Solo hay sociedad civil (víctima) y estatal (explotadora). En palabras del propio Leibholz:

     “en nuestros días ya no son los parlamentos legisladores aquellas instituciones representativas en las que los diputados, sin otra coacción que la de la conciencia y el prestigio propios, seguros de la confianza de sus electores, tomaban sus decisiones políticas y acordaban sus leyes con los ojos puestos en el interés general del pueblo; en la realidad política, y a pesar de que en la Ley Fundamental se proclame la devoción a la democracia representativa parlamentaria, se han convertido más bien en centros en los que los diputados, bajo la coacción del Partido -posible en las más variadas formas, incluso algunas nada violentas-, llegan a sentirse en un laberinto de compromisos, que se reflejan luego de modo decisivo en sus discursos y votaciones, de suerte que su efectivo papel se reduce al de unos delegados de partido, asistentes a los Plenos parlamentarios para obtener en ellos la sanción de acuerdos adoptados fuera de allí.”

     Gerhard Leibholz es grandemente contradictorio. A la vez que reconoce que el Parlamento pierde su carácter representativo y se pierde la independencia del diputado de todo mandato imperativo, habla de que este régimen es democrático:

     “Consecuente con este democrático Estado de partidos, el Parlamento tiene que perder cada vez más el que fuera su peculiar carácter representativo, al paso que aumenta el número de los diputados incapaces de mantenerse a la altura de la tradicional exigencia moral, de tomar libremente sus decisiones, y en los asuntos de primera importancia, adoptar, en las sesiones plenarias del Parlamento, actitudes discrepantes respecto de los partidos y de las fracciones.”

     Las constituciones europeas después de la derrota de los totalitarismos en la segunda guerra mundial llamaron equivocadamente “separación de poderes” a la simple división de funciones del poder salido de las urnas de partidos. Éste fue el argumento de la jurisprudencia de Bonn a favor de la partidocracia, a la que consideró la moderna superación de la democracia directa de Rousseau, en palabras literales del presidente del Tribunal constitucional de Bonn, Gerhard Leibholz.

     La jurisprudencia del Tribunal constitucional de Bonn definió al estado actual como “estado de partidos” en el que los partidos políticos dejaban de ser asociaciones de la sociedad civil, que proponían y ayudaban a determinados candidatos políticos para que representaran a sus distritos, y se convertían en unos órganos más del estado con la función de integrar a las masas en su estructura e impedir la representación política de la sociedad civil.

     Es decir, en el estado de partidos, los partidos son órganos del estado, son parte constitutiva del mismo, son partidos de estado, ninguno pertenece a la sociedad civil, están subvencionados por el estado, con privilegios y prerrogativas de estado, son elementos constitutivos de la administración del Estado.

     Con el sistema electoral de listas no hay representación. Recordemos que, según Gerhard Leibholz, no se busca la representación de la sociedad civil en la sociedad política, sino la integración directa de las masas en el estado.

La atribución de presupuestos que provienen del propio estado y de funciones que los ciudadanos particulares no tienen (por ejemplo, recurrir al constitucional) convierte a los partidos en órganos del propio estado. A esto se añaden las listas hechas por el jefe del partido y el mandato imperativo sobre el sentido del voto de los diputados del partido.

     En palabras deAntonio García-Trevijano, en su Teoría Pura de la República (libro II El Factor Republicano, Pág. 396):

     “El sistema proporcional, sin posibilidad de ser representativo de la sociedad ni de los electores, tampoco puede representar a los partidos presentes en el Estado, en tanto que ya son órganos permanentes del mismo. Los partidos incorporados a la estructura del Estado realizan la proeza ubicua de estar en misa estatal y repicando a misas electorales, o sea, de estar doblemente presentes en el Estado, sin representar nada de la comunidad nacional, de la sociedad civil ni de los electores. Lo están como órganos permanentes en la estructura del Estado y como órganos transitorios de sus funciones según la cuota electoral obtenida. La sábana fantasmagórica de votantes de listas no oculta la realidad de la corrupción generada con el festín del reparto del Estado, en proporción a la cuota obtenida por cada partido estatal” 

     En palabras de Alfonso Guerra González (1940), político español, sobre la separación de poderes y tras una reforma legal que, de hecho, destruía la independencia del poder judicial y lo ponía bajo la tutela del gobierno:

     “Montesquieu ha muerto” 

     El sistema electoral de listas cerradas es una ficción. Plantea cuestiones insolubles:

  • Un diputado no puede representar a una ideología. Además, ¿cómo se controla que realmente vote de acuerdo a dicha ideología, si no es con la disciplina de voto? Pero entonces sobran los diputados y solo hace falta que los jefes de partido se reúnan y hagan una sesión de voto cualificada (en realidad, es lo que hacen y lo que pasa en el congreso posteriormente es una mera representación, tal y como el propio Leiblholz reconoce). Los diputados son meros “convidados de piedra” de lo que se decide fuera del parlamento.
  • Así, el sistema proporcional es la democracia mal entendida: el pueblo vota pero no elige. ¿Quién elige a los candidatos? el sistema de listas proporcional sólo representa a quienes hacen las listas.
  •  ¿A quién pertenece el acta de diputado? En teoría (legalmente), a quien va en la lista. No es del partido. El partido no se puede apoderar del acta del diputado. El diputado no es propiedad, no es un esclavo del partido. Sin embargo, los casos de transfuguismo (cambio de partido) no son infrecuentes. Uno de los más sonados, el famoso “tamayazo” en el gobierno región de Madrid, permitió que el partido de la oposición, el menos votado, alcanzase el gobierno de forma muy poco clara.
  • El sistema proporcional se presta a interpretaciones confusas. Por ejemplo ¿qué significa que un 60% de los votantes apoye al partido A y un 40% a otro partido B diferente? ¿Debe hacerse siempre lo que diga el líder del partido A? Los votantes no “hablan” y hay un serio peligro en la costumbre de antropomorfizar las instituciones.
  • Más aún, siendo un régimen de partidos de estado, las crisis del partido gobernante se convierten casi automáticamente en crisis de estado: El líder del partido que muestra que no tiene el control de la organización (por ejemplo, por ser incapaz de combatir eficazmente el engaño, robo, fraude…etc. en sus filas) y que no da garantías de que no puede volver a pasar, pierde automáticamente el crédito, y con él, entra en crisis la autoridad estatal.
  • A esto se añade que la izquierda europea, con su igualitarismo militante, es actualmente el principal enemigo de la libertad política y de la representación, no respeta a la sociedad civil, mientras que la derecha europea es directamente heredera del fascismo.
  • Las listas abiertas tienen casi el mismo problema que las cerradas: es el partido el que las hace. Las listas abiertas ya se experimentaron en Italia y sólo un 3% de los electores hizo algún cambio. El sistema multipartido sin mayorías claras es lo más parecido al parlamentarismo.

     Más adelante insistiremos en el papel fundamental que tiene el sistema de elección como condicionante y consolidador del sistema de partidos.

     La falta de representatividad es cada vez más percibida por los ciudadanos. En España, por ejemplo, se organizó un “debate parlamentario” en la calle en 2015 (en forma de discursos en sitios públicos) entre fuerzas emergentes (Podemos y Ciudadanos) sin representación parlamentaria aún, ante la ausencia de representación efectiva de los votantes en el parlamento oficial. Estos debates no son propiamente debates políticos, ya que no tienen efecto sobre los ciudadanos (no crean, modifican ni derogan leyes) pero son un síntoma preocupante. Quien engaña, realiza un acto inmoral. Quien, a sabiendas, permite que le engañen, también. Dice un proverbio árabe:

     “Si me engañas una vez, es culpa tuya. Si me vuelves a engañar, es culpa mía.”

     Si un sistema es democrático, los ciudadanos tienen derecho a elegir su gobierno. En palabras de Javier Torrox, en “El gobierno sencillo”:

     “El único medio digno de elección del gobierno es aquel en el que son exclusivamente los electores los que deciden quién habrá de formar gobierno. ¿Cómo? Que quien aspire a ser presidente del gobierno dé un paso al frente y así lo haga saber; que los partidos apoyen a uno u otro aspirante; pero sólo las personas pueden aspirar a formar gobierno. Si un partido se arroga la capacidad de formar gobierno seguiremos enfermos de totalitarismo, una dolencia que nos aqueja desde hace ya más de 75 años. […] El gobierno sencillo es aquel que forma la persona -no el partido- que ha recibido la mayoría absoluta de los votos emitidos, a doble vuelta si fuera necesario. […] Los ciudadanos tenemos derecho a elegir nuestro gobierno. Y si vergonzoso es vernos obligados a recordarlo, es una infamia que hacerlo hoy sea clamar en el desierto.”

     El fin de todo partido político es tocar poder, sea como sea. Por eso, el pragmatismo de las ideologías impera desde la II Guerra Mundial, y consiste en aceptar las condiciones que hay y renunciar a todo lo que pueda “chirriar”. Esto, por supuesto, invita al pasotismo y se opone a la voluntad de crear las propias circunstancias con talento, inteligencia y voluntad. Los programas se hacen para que sean votados por una mayoría, pero no para ser cumplidos después.

     Los partidos políticos modernos de la partidocracia, los partidos estatales, aparentan defender ideas distintas cuando en realidad defienden todos lo mismo. En 1950, Hannah Arendt dice sobre el estado de partidos en “Las secuelas del régimen nazi. Informe desde Alemania”:

  • “El verdadero problema viene de la naturaleza de los aparatos de los Partidos. Los Partidos actuales son continuaciones de los Partidos anteriores a Hitler -o sea de los Partidos que a Hitler le resultó tan sorprendentemente fácil destruir-. En muchos casos están dirigidos por las mismas personas y dominados por las viejas ideologías y las viejas tácticas. […] Las maquinarias de los Partidos están interesadas, primordialmente, en proporcionar empleos y favores a sus miembros; y son, a ese respecto, todopoderosas. Lo que significa que ellas atraen, generalmente, a los elementos más oportunistas de la población; lejos de impulsar iniciativas de cualquier tipo, tienen miedo de la gente joven con nuevas ideas. En suma, los Partidos han vuelto a nacer en estado senil. Y, en consecuencia, lo poco que hay de interés político y de discusión política tiene lugar en pequeños círculos fuera de los Partidos y fuera de las instituciones públicas”.

     El sistema de proporcionalidad pura raramente se aplica. Dice Emile Chartier (“Alain” – 1868-1951) en su Propos, 1er septembre 1934, sobre el sistema proporcional puro:

     “La representación proporcional es un sistema obviamente razonable y obviamente justo; sin embargo, en todas partes donde se ha intentado aplicar, produce efectos inesperados y absolutamente mortales, por la formación de una nube de partidos, cada uno de ellos sin fuerza para gobernar, pero muy poderoso para evitarlo. Es así que la política se convirtió en un juego de políticos”

     Suele emplearse, por este motivo, algún sistema proporcional corregido, como el de proporcionalidad corregida con la ley de d’Hondt, cuyo efecto es potenciar las mayorías y, por tanto, despreciar el voto minoritario. Volveremos sobre este tema más adelante cuando discutamos los sistemas de votación y decisión.

     La ley de d’Hondt ha dado origen al concepto de “voto útil”, un concepto etéreo y difícil de definir, utilizado actualmente por los partidos que aspiran a la hegemonía electoral en un ámbito ideológico. La idea de voto útil era, en origen una recriminación que se hacía a los partidos comunistas de Centroeuropa que se integraban en la izquierda socialdemócrata (eran útiles para apoyar al régimen burgués).

     Dedicaremos una entrada al funcionamiento interno de los partidos. De momento, diremos que la facultad de elaborar las listas elimina la posibilidad de un funcionamiento interno asambleario y democrático, y confiere al jefe del partido un rango casi de dictador, caudillo, “führer” o “duce”.

La dictadura de jefe de partido se da de forma especial dentro de la organización. Se habla de elecciones y votaciones “a la búlgara” o unanimidades “a la búlgara“. Ganar a la búlgara es una expresión que indica cuando en unas elecciones un candidato obtiene una mayoría, si no por el 100% de los votos, sí por el 99,99999. Y de tan abultada que es resulta sospechosa. No por ser ilegal o por que haya fraude, sino porque parece haber una «curiosa» disciplina de voto. Eso si no ocurre, como en otros países (algo más ‘disciplinados’) que más que por lealtad es por puro miedo a las represalias. La expresión se originó a partir de los Congresos del Partido Comunista Búlgaro entre los años 60 y 70, durante los cuales salía siempre elegido como secretario general por aplastante mayoría Todor Zhikov. El PCB era un partido de ideología marxista leninista que gobernó Bulgaria desde 1946 hasta 1990, año en que cambió su nombre por el de Partido Socialista Búlgaro.

     La república democrática

     La definición de la república puede ser positiva (la más reciente) y negativa (la primera que apareció, definida como no-monarquía, desde Aristóteles, y que resurge en la revolución francesa).

     Hasta la Revolución francesa, se pensaba que las repúblicas en los estados grandes no eran viables. La idea que prevalecía hasta entonces era la de Rousseau: la soberanía de los reyes es la única que puede existir sobre grandes territorios. Además, Rousseau, al no entender ni respaldar la representación política, se auto-limitaba, pues “donde está presente el soberano, sobra toda representación“, si el pueblo es soberano, no se puede representar a sí mismo, y el pueblo numeroso sólo puede ser representado por un rey.

     La experiencia posterior a la Revolución Francesa y a la formación de los EE.UU. ha demostrado que esto no es así. Vamos a discutir brevemente las características que debería tener un sistema político para poder calificarse a sí mismo de república democrática.

     Según Antonio García-Trevijano, una dictadura se justifica por sus obras, mientras que la democracia política se justifica por sus reglas, ya que la pluralidad de intereses impide que los resultados se puedan calificar como buenos y malos, mejores o peores. 

     Así, la república democrática es una cuestión formal, de forma de poder y su constitución, de modo que se garanticen unos requisitos mínimos:

  • Representación eficaz de los votantes (del pueblo, es decir, del “demos” tal y como lo definíamos al principio de esta entrada).
  • Y separación de poderes en origen (es decir, con fuentes de legitimación diferentes). Puede definirse en términos de los tres poderes estatales de Montesquieu o bien las tres áreas de gobierno de

     Más detalladamente:

  • Independientemente del sistema electoral y el tipo de parlamento, un requisito es la separación efectiva de poderes en origen (es decir, con fuentes de legitimación diferentes). En el estado de partidos, no hay separación de poderes porque tanto el ejecutivo (presidente del gobierno o presidente de la república) como el legislativo (los diputados) son puestos en las lista por un comité o jefe del partido. En una democracia política, la relación del pueblo con sus políticos es la del propietario con su administrador. La única república con verdadera separación de poderes es presidencialista (la presidencia es el poder ejecutivo, elegido por sufragio directo).
  • La situación es aún peor cuando no hay independencia judicial, porque los políticos interfieren en el funcionamiento de los órganos judiciales y en los nombramientos.
    • En muchas de las monarquías autoritarias, por ejemplo, sí había una justicia independiente. Es famosa la anécdota de Federico de Prusia y la sentencia del molinero: Cuenta la leyenda que una buena mañana del siglo XVIII, en Potsdam, el Rey Federico II de Prusia, estaba molesto porque un molino cercano a su palacio de Sanssouci afeaba el paisaje. Bien es sabido que el capricho de los reyes no tenía límites, y por ello, de inmediato, quiso Federico comprar al molinero – hombre honesto y orgulloso de su propiedad adquirida a lo largo de años de tenaz esfuerzo- su molino, por lo que envió a un edecán a que lo comprara por el doble de su valor, para luego demolerlo. Al regresar el emisario real con la oferta rechazada, el rey Federico II de Prusia se dirigió al molinero, duplicando la oferta anterior. Y como éste volviera a declinar la oferta de Su Majestad, Federico II de Prusia se retiró advirtiéndole solemnemente que si al finalizar el día no aceptaba por fin la oferta perdería todo, pues a la mañana siguiente firmaría un decreto expropiando el molino sin compensación alguna. Al anochecer el molinero se presentó en el palacio y el Rey lo recibió, preguntándole si comprendía ya cuán justo y generoso había sido con él. Sin embargo, el campesino se descubrió y entregó a Federico II una orden judicial que prohibía a la Corona expropiar y demoler un molino sólo por capricho personal. Y mientras Federico II leía en voz alta la medida cautelar, funcionarios y cortesanos temblaban imaginando la furia que desataría contra el terco campesino y el temerario Magistrado. Pero concluida la lectura de la resolución judicial, y ante el asombro de todos, Federico “El Grande” levantó la mirada y declaró: “Veo con alborozo que aún hay jueces en Berlín”. Saludó al molinero y se retiró visiblemente satisfecho por el funcionamiento institucional de su reino, aseguran los cronistas de palacio.”
    • Si no hay gobierno judicial independiente, cada juez sólo tiene dos opciones
      • o ser honesto y limitarse a tener buenas intenciones.
      • o dejarse influir por el cuerpo judicial (que regula los ascensos, los criterios de entrada, los premios y castigos…etc.). Es decir, el gobierno pasa a ser el responsable de la calidad de la carrera judicial). En España, por ejemplo, la fiscalía depende (con principio de jerarquía) del fiscal general, que a su vez es nombrado por el gobierno. Si hay ministro de justicia, no hay justicia independiente ni separación de poderes.
    • Los sobresueldos y los sobornos pagados a jueces a través de fundaciones en concepto de “trabajos”, “estudios” o “publicaciones” deberían estar rigurosamente prohibidos. Para ello, el juez tiene que estar bien pagado y disponer de medios suficientes para su labor.
  • El respeto por la laicidad: según Voltaire, en su “Tratado sobre la tolerancia”, cuando habla de la laicidad de la república, indica que dentro “cabe todo lo que no interfiera con la legalidad y el orden republicano”. No se admiten condiciones ni excepciones, los principios republicanos no se negocian.
  • Según Antonio García-Trevijano, un poder sólo se puede medir con otro si es equivalente. En su Teoría pura de la república propone, para que sea equivalentes el poder del presidente de la república la presidente de la asamblea legislativa, la constitución tiene que establecer que:
    • (1) el presidente puede disolver la asamblea legislativa cuando quiera, a condición de dimitir él mismo y que el pueblo dirima el conflicto
    •  y (2) a la inversa, también.
  • Antonio García-Trevijano propone también que los diputados se voten de dos en dos: un diputado y un suplente (no necesariamente de la misma ideología). El suplente debería residir en una oficina en el distrito, y sería el encargado de transmitir orientaciones al diputado.
  • Deben publicarse los índices de asistencia a los plenos de los diferentes diputados, las declaraciones de bienes e ingresos, y la agenda de reuniones debe ser pública.
  • Al igual que se hace en las democracias americanas, los lobbyes (grupos de presión) deben estar inscritos en un registro de lobbyes y su actividad política debe ser pública. Quien paga, manda, y por eso es necesario saber de dónde vienen las fuentes de financiación de partidos y candidatos, para saber quién da las órdenes y pone las prioridades.
  • El aforamiento debe restringirse al máximo para evitar su abuso: Henri-Benjamin Constant, sin citar a Voltaire, defiende el aforamiento de los reyes y los ministros, diciendo que, en el caso de los reyes “es por los méritos adquiridos por su familia a lo largo de los siglos“, y en el de los ministros, en cambio, es una protección del rey, ya que sus ministros responden de las faltas del rey (el rey es inviolable).
  • Las leyes deben ser auto-contenidas y la necesidad de hermenéutica o interpretación debe ser mínima. El tribunal supremo tiene obligación de ser claro y asentar la jurisprudencia para la resolución, por ejemplo, de conflictos de intereses.

Referencias:

 

FUENTE:

Blog Teoría Antropológica y Sociológica

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