Sobre la partidocracia

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     El origen de la partidocracia

     En la entrada dedicada a los partidos políticos ya comentamos que el índice de centralidad mide la capacidad de los presidentes y los dirigentes de imponer disciplina en su partido; cuando un presidente tiene un partido centralizado, es muy probable que pueda lograr imponer su programa legislativo y se convierta, de hecho, en un dictador interno. El centralismo es favorecido por:

  • La capacidad de los dirigentes o de los candidatos presidenciales para determinar quiénes se presentarán como candidatos y su lugar en la lista electoral, los legisladores tienen incentivos para adherirse a la línea del partido en la legislatura. Un líder no es lo mismo que un jefe político, un jefe de partido. Los candidatos se hacen lacayos y adocenados del poder de turno, y aguardan las designaciones “a dedo” por la cúpula del partido. Quien está en el organigrama de un partido es porque persigue un poder. Según Antonio García-Trevijano, en la política no hay grescas ni antipatías personales jamás. Son disfraces o pretextos para diferencias o batallas ideológicas, que a veces son ridículas o sirven para ocupar un “carguito”.
  • Las características del sistema electoral. Así, la centralización es mayor cuando los legisladores son elegidos en distrito único; o en grandes distritos con listas cerradas y bloqueadas. En los sistemas de lista cerrada, los partidos tienen “comisiones de listas” que elaboran dichas listas. Politburós partidocráticos. En ellas, se produce la verdadera batalla por el poder, pues los nuevos buscan su lugar bajo el sol y tratan de desplazar a los viejos, las luchas cainitas o intestinas (dentro del mismo grupo), las vendettas y las operaciones de derribo interno. Es el viejo adagio: “hay amigos, enemigos y compañeros de partido”. SOn los paracaidistas (gente que “cae” en una lista desde un origen desconocido) y chaqueteros (gente que cambia de chaqueta a última hora para poder ser incluido en una lista). El triunfo de la mediocridad.
  • La simultaneidad de las elecciones presidenciales y legislativas: los partidos son más centralizados y los dirigentes más poderosos cuando las elecciones son simultáneas.
  • El grado de autonomía de las autoridades subnacionales, el grado de democracia interna en los partidos y la existencia de elecciones primarias. Los mecanismos de primarias y avales, con requisitos a veces imposibles para presentarse, que los convierte en cajas de arena.

     El estado de partidos se inaugura oficialmente en Alemania tras la I Guerra Mundial, en la República de Weimar. No obstante, las raíces tenemos que buscarlas en la Alemania monárquica parlamentarista pre-bélica (antes de 1914).

     Durante el gobierno de Bismarck, existía un parlamento con pocos funcionarios ya que era un sistema autoritario. En esta época se inicia un proceso de industrialización en Alemania, lo que da origen al proletariado y posteriormente al partido socialista.

     Según Max Weber, la simple burocracia ha fracasado por completo en lugares donde se le han confiado cuestiones políticas, ya que en la política se necesita de la presencia de un líder que maneje el partido, el cuál no existe en una burocracia.

     En cambio, la dirección de la burocracia, que le asigna tareas al funcionario, es quien debe resolver problemas políticos, y el controlarla será tarea fundamental del parlamento. La posición dominante de los funcionarios, depende fundamentalmente del saber, que puede ser un saber profesional adquirido mediante preparación, o un saber secreto, para asegurar a la administración contra los controles.

En 1918 cae el imperio, y se forma la República de Weimar. Las propuestas de Max Weber fueron las siguientes:

  • Presidente elegido por el pueblo, ya que se buscaba un líder carismático (en los regímenes presidencialistas, hay casi siempre bipartidismo, en otro caso, lo que hay son oligarquías).
  • El parlamento no debía ser elegido en forma proporcional, para que de esta manera se pueda evitar la fragmentación.
  • Y por último debía existir un senado para que el presidente no tenga tanto poder.

     Según Max Weber, parlamentarismo y democracia se oponen. No obstante, el sistema proporcional se impone.

  • El sistema proporcional de listas cerradas fue puesto a punto en Australia por iniciativa de un telegrafista inglés, por causa de las grandes distancias (para poder reunir un parlamento de forma eficiente).
  • En Europa, fue la República de Weimar la primera en aplicarlo. Quien más lo criticó en su momento fue luego su gran defensor, el presidente del tribunal de Bonn, Gerhard Leibholz.
  • Para evitar el fraccionamiento en infinidad de grupos parlamentarios pequeños (como advertia Max Weber), se usa un sistema de concentración del voto basado en distritos medianos (5 o 6 diputados) y sistema de reparto proporcional corregido (de d’Hondt), que favorece a los partidos con más votos.

     Los motivos de la adopción del sistema proporcional en la República de Weimar son dos:

  • La fuerza de los partidos de masas (principalmente, el socialismo) y su desconfianza del sistema representativo, que identifican con el liberalismo burgués (los partidos de masa son más propensos a la preeminencia de unos pocos lideres). Los partidos que sacan mayorías grandes, que captan el voto de clases obreras y medias, ya no pueden ser representativos de los extremismos ideológicos.
  • Y el hecho de que, en Europa, el poder constituyente es de oligarcas, (salvo en Inglaterra y Francia, por razones históricas pues son los únicos países que han tenido revoluciones liberales) que prefieren tener unos pocos interlocutores, especialmente en el caso de partidos de ideología revolucionaria. Las oligarquías, corrompen o expulsan.

     Estos dos hechos explican la aparición del sistema proporcional de listas cerradas y, con él, la partidocracia. Se trata de un simulacro de democracia, una ficción, un “como si” en palabras de Hans Vaihinger. Es famosa la polémica entre Walter Bagehot y John Stuart Mill, en la Inglaterra a mediados del siglo XIX. John Stuart Mill, uno de los ideólogos del liberalismo consideraba que el voto debía ser cualificado, es decir, el peso del voto debería depender de la calidad de la persona, y defendía el sistema proporcional. La polémica que mantuvo con Walter Bagehot, puso sobre la mesa las consecuencias nefastas de la elección proporcional, causante de la irresponsabilidad y corrupción de todos los partidos estatales. Walter Bagehot fue capaz de predecir todos los síntomas y problemas que iba a acarrear esto con gran precisión.

El resultado del sistema proporcional es la partidocracia o Estado de Partidos (expresión lingüística que proviene de la doctrina alemana, Gerhard Leibholz «Parteienstaat» y que fue adoptada por D. Manuel García Pelayo como «Estado de Partidos»; en realidad, ya Carl Schmitt había tratado el tema de la invasión del Estado por los partidos en los años veinte del siglo XX). Italia es el ejemplo perfecto de partidocracia, y su inestabilidad congénita, también.

     El debate parlamentario en la partidocracia

     En la partidocracia, no hay realmente un debate parlamentario, sino diálogos de los representantes de los partidos estatales (o de los jefes de los partidos), la nación ya no se encuentra representada en el parlamento. Las elecciones por el sistema de listas (abiertas o cerradas) son tautologías: los jefes de los partidos se eligen a sí mismos. El programa en teoría son medidas concretas de gobierno (se distingue del ideario, la ideología) pero, aunque las negociaciones se hacen supuestamente sobre programa, luego nadie se atiene a dicho programa. A muchos partidos les votan porque no se entiende lo que dicen (si se entendiese, serían unos cínicos y nadie les votaría). Incluso, se da la paradoja que ciudadanos votan a candidatos que no les gustan, simplemente porque están en la lista. A veces, los programas son elaborados por tecnócratas sin praxis (sin experiencia) en los temas que tratan.

     “El Estado de Partidos prohíbe el mandato imperativo de los electores, pero basa la representación proporcional en el mandato imperativo de los jefes de partido. Se dice que la soberanía reside en el pueblo, pero con la prohibición a este fantasmagórico soberano de dar instrucciones a sus mandatarios, ni siquiera haciendo vinculantes las promesas que le hicieron los partidos estatales para ser elegidos. Y se le prohíbe que revoque el poder dado a sus diputados. La culpa no fue de Rousseau, para quien el pueblo soberano no podía ser representado, sino del abate Sieyés, que anuló el mandato imperativo y la revocabilidad de la representación, para que la Asamblea pudiera proclamarse soberana. Obligado a legislar según la regla de mayoría, el colegio de mandatarios se apoderó de la voluntad general, que Rousseau había ideado para un pueblo sin representación. Con el monopolio de la representación, los partidos estatales asesinan al sentido común. El poder electoral no está en los votantes a listas predeterminadas, sino en la media docena de jefes de partido que hacen las listas. El consenso de sus voluntades particulares pretende ser la voluntad general.” (Pág. 374 y 375 libro II El Factor Republicano. Teoría Pura de la República, Antonio García-Trevijano)

     El problema de esto es que los partidos acaban siendo parte del estado, y las crisis de los partidos hegemónicos se convierten en crisis de estado. Cuando los partidos son estatales, las crisis políticas son crisis de estado. Los partidos se convierten en parte del estado y, por tanto, en enemigos de los gobernados. Se convierten en clase estatal y pierden crédito ante la ciudadanía. No hay sociedad política intermedia entre sociedad civil y sociedad estatal. Los partidos societarios, que forman parte y representan a la sociedad civil, son los únicos que están civilizados, frente a partidos estatales.

     El gobierno en la partidocracia

     Según Antonio García-Trevijano, el estado es la autoridad, el orden, el poder, la represión, y la dirección, y puede gobernar a la sociedad civil con un criterio más conservador o más progresista y evolucionista, pero nunca revolucionario. No existen los partidos de izquierdas dentro del estado. Desde que desaparece el estado soviético, que hace frente formalmente a la derecha, no hay estados “de izquierdas“. Ni siquiera los estados comunistas eran realmente “de izquierdas“. En un estado de partidos no hay ideologías. Todas son ideologías de poder, para ocupar cargos políticos. Todos son conservadores. Hannah Arendt avisa del riesgo de esta deriva:

     “[Los partidos] lejos de impulsar iniciativas de cualquier tipo, tienen miedo de la gente joven con nuevas ideas, en suma, los partidos han vuelto a nacer en estado senil, y en consecuencia lo poco que hay de interés político y de discusión política tiene lugar en pequeños círculos fuera de los partidos y fuera de las instituciones públicas”.

     Surgen los estatismos, oligarquías que se hacen con el control del estado y lo usan a su favor.

  • En las oligarquías, los medios culturales (universidades, prensa, medios…etc.) reflejan la misma composición ideológica que dicha oligarquía y por este motivo ambas hegemonías, la cultural y la electoral, coinciden en estos sistemas. Como los medios están politizados, la sociedad estatal lo abarca todo, es decir, apenas hay sociedad civil.
  • La hegemonía electoral no es necesariamente cultural. Cuando Antonio Gramsci habla de hegemonía electoral, se refiere a sistemas representativos, previos a la reforma de Mussolini. En los regímenes de partidos, los estados de partidos, las oligarquías partidistas luchan por la hegemonía dentro del estado, que es diferente de la hegemonía cultural de Gramsci (que se da en la sociedad civil). Si ningún partido oficial tiene la iniciativa o la hegemonía, puede ocurrir que una plataforma se haga con el poder y tome forma de partido.

     En palabras de un diputado español:

     “Cuanto más observas las maneras de hacer de los partidos políticos, estos que han monopolizado la gestión de lo público, más te convences de que el verdadero problema de sus miembros, al menos los que ostentan cargos, es su falta de creencia en la democracia.

     En los sistemas partidocráticos, el parlamento no es tal, se limita a tratar asuntos ya decididos y cocinados, sino una mera caja de resonancia que se hace eco de acuerdos ya confeccionados en otro lugar, entre los jefes de partido. La gente percibe a los políticos como muñecos. En los sistemas parlamentaristas, el parlamento es fuerte y en él se lucha y se discute.

     En los sistemas partidocráticos, lo que se hace fuera del parlamento es, nada menos, que las leyes. Y cuanto más importante es la ley, por ejemplo, porque regula sectores que afectan a todos los ciudadanos, como electricidad, seguros, bancos, teléfonos…etc. jamás se preparan en el parlamento, ni siquiera fuera del parlamento entre los partidos, sino los secretarios generales de las corporaciones interesadas, en beneficio propio, en la regulación que estas leyes van a hacer de su sector, con el fin de que no haya competencia y se mantengan los oligopolios y monopolios, sin control de los organismos democráticos y representantes ciudadanos.”

     La partidocracia se alimenta, en todos sitios, del sistema electoral proporcional. La oligarquía va también ligada a la falta de control. El endeudamiento excesivo del estado (que beneficia a las oligarquías) para luego tener que asumir recortes de hambre sería improbable en un estado gobernado por representantes de los ciudadanos.

     La partidocracia con muchos partidos es ingobernable para los oligarcas, esto lleva a soluciones imaginativas y arbitrarias como, por ejemplo, los 5o escaños adicionales que se regalan en Grecia al partido ganador (un sistema que, además, se volvió contra sus propios inventores tras la victoria de Syriza). Es un sistema que tiende por sí mismo a la oligarquía.

     La libertad política en la partidocracia

     Los partidos de la partidocracia europea moderna son enemigos de la libertad política y de la representación, se han construido para integrar las masas en el estado, y son los herederos de las dictaduras fascistas, que tienen el sistema proporcional su principal aliado (quizá con la excepción de Suiza y la Francia tras De Gaulle). La partidocracia es radical en la negación de la libertad política. Dijo Montesquieu:

     “No existe peor tiranía que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencia de justicia”

     Los partidos políticos no pueden ser estatales, orgánicos, pues pertenecen a la sociedad civil. Los partidos de la partidocracia someten al pueblo, para que las ratifique, sus listas de candidatos preestablecidas y acordadas en pacto secreto. No hay designio previo, el pueblo no se pone de acuerdo para darle mayoría absoluta o relativa a tal o cual partido.

     La esencia de la democracia (el gobierno de una mayoría) es precisamente la no necesidad de pactos. Pacto es reparto, comisiones, acuerdos de no agresión… todo ello al margen de la sociedad. Recordemos que la oligarquía es el gobierno de la minoría contra los intereses de la mayoría. El turnismo es otra forma de pervertir la democracia, ya que no es el gobierno de la mayoría. Los ciudadanos votan, pero no saben qué programa saldrá finalmente de los pactos, pues hay un mercadeo posterior, que incluye tránsfugas, compra de concejales, “tamayazos”…etc. El objetivo es negociar, transaccionar con los votos conseguidos, a cambio de conserjerías, contratos, puestos, cargos, subvenciones…etc. El pactismo es lo contrario de la democracia. La democracia es conflicto de intereses. Donde se habla de pacto, es que no hay democracia. La causa de gobernar en coalición es señal de pacto. Si hay pacto, si hay acuerdos para gobernar no hay libertad política, sólo acuerdos entre la oligarquía. La gran coalición equivale   casi a una dictadura.

     En el sistema de partidos estatales, es absurdo aplicar los criterios que se usaban para analizar la situación política bajo un régimen parlamentarista. El problema de la excesiva jerarquización de los partidos políticos, que pasan de ser asociaciones ideológicas a ser cuerpos paraestatales (e incluso paramilitares).

     Sin cambiar la naturaleza del estado, por muchos cambios de gobierno que haya, lo esencial permanece. No hay cambios sustanciales. Los reformistas del sistema de partidos realmente no traen nada nuevo, sólo sangre fresca para un sistema agotado. Las juventudes de los partidos son una escuela de perversidad y depravación. Los jóvenes prestan su sangre para mantener cuerpos enfermos. De este modo, se perpetúan los vicios heredados una generación más. Son “tontos útiles” del gatopardismo, del deseo de cambiarlo todo para que todo siga siendo igual, “renovaciones” de cara a la galería, que muchas veces no son más que reacciones a encuestas secretas que no se hacen públicas.

     Alternancia no es alternativa (que es la posibilidad de elegir algo diferente de lo que se ofrece). Alternancia es diferente de alternativa. Si hay alternancia, y turnos (como en la época de Cánovas y Sagasta) no hay alternativa. El círculo vicioso de la experiencia: no se puede entrar porque no se tiene experiencia, y no se tiene experiencia porque no se puede entrar. Es el argumento de la élite inmovilista. Consagrar el derecho de los actuales para seguir en el poder. Decía Benito Pérez Galdós sobre turnismo hace más de 100 años:

     “Ni tú ni yo, querido Tito, podemos esperar nada del estado social y político que nos ha traído la dichosa Restauración. Los dos partidos, que se han concordado para turnar pacíficamente en el Poder, son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el Presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado les mueve, no mejoraran en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que de fijo ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos… Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria.”

     Los partidos “revolucionarios” en la partidocracia

     En la partidocracia, los partidos que quieren dar un vuelco a la situación o hacerse con un lugar bajo el sol se ven obligados a desarrollar una demagogia electoralista, con promesas de medidas inviables o difíciles de aplicar, pero dirigidas a un colectivo destino numeroso. Ambición sin programa, falta de autocrítica, megalomanía. ¿Por qué a los votantes creen las mentiras y disculpan los abusos y las prácticas poco éticas e indignas de ciertos partidos que prometen revolución? Porque no les importa, hasta se sienten orgullosos “ya es hora que roben los nuestros”. Quien les vota, vota a una escoba para que barra a los que están. El efecto de los partidos-escoba aparece claramente cuando está todo lleno de escombros, cuanto más bruto sea el barrendero, mejor, más gusta a la gente. El cometido de los partidos escoba es barrer lo que hay, son liquidadores, aprendices de brujo, partidos destructivos, como Sansón, que derrumba el templo filisteo mientras le caen los cascotes encima. Muchas veces, son gigantes con pies de barro, partidos sin estructura, frente a partidos con capital humano y estructura. Sin embargo, a veces la “virginidad” de los nuevos partidos es un capital.

     El colmo de la partidocracia, o régimen de partidos, se da cuando, inmediatamente tras unas elecciones y sin que aún se haya constituido el parlamento, los jefes de los partidos pactan entre ellos (como ocurre, por ejemplo, en Grecia, en 2015). Esto muestra claramente que el estado de partidos es en realidad una oligarquía de partidos, ni siquiera es parlamentarismo, mucho menos representación del elector.

     La financiación de los partidos en la partidocracia

     ¿Quién financia a los partidos? Quien paga, manda. La importancia de publicitar las fuentes de financiación y de donativos para los partidos y las campañas. La partidocracia, con la irresponsabilidad ante el elector, trae consigo la corrupción. En muchos casos, incluso se justifica, bajo el argumento de que “robar para el partido (o para la banda) es menos grave que robar para uno mismo“. Esto se ve agravado por el “hooliganismo político”: hay que estar “con los nuestros” aunque sean unos delincuentes. Nada de pensar o reflexionar: todo por el partido de manera borreguil. Es propio de organizaciones mafiosas que es lo que son estos partidos políticos. Esta corrupción rompe la igualdad teórica de los partidos en su acceso a la financiación, destruye la libertad política, alterando la hegemonía política. Produce victorias ilícitas. La financiación ilegal de los partidos es un hecho especialmente grave, pues vulnera la igualdad de los partidos políticos a la hora de concurrir a unas elecciones, siendo, pues, una clase de corrupción superior en todos los sentidos a la personal. Los partidos políticos pertenecen y obedecen a quienes les pagan.

     Es necesario autorizar los grupos de presión o lobbyes (como en EEUU) y darles visibilidad en sus actuaciones para que pueda existir fiscalización (“accountability” en inglés). Vigilar la independencia del poder legislativo, suprimir el mandato obligatorio y abolir el sistema proporcional. De esta manera, el poder financiero no podría actuar sobre la cúpula de los partidos y lo tendría más difícil.

     La impunidad en la partidocracia

     La partidocracia, y su máxima expresión que es el estado de partidos, no respetan la separación de poderes y se inmiscuyen en la labor del poder judicial.

     El aforamiento de políticos como medio para proteger a los que roban para el partido. El camelo de las comisiones de investigación, para que parezca que se hace algo. Mientras una comisión de investigación trabaja en asuntos que están “sub iudice” (es decir, en manos de un juez) hay una línea de defensa y escapatoria clara: los hechos no están probados, por lo que todo lo más que hay son imputaciones y acusaciones, que no invalidan la presunción de inocencia, y la última palabra no la tiene dicha comisión, sino el juez cuando dicte sentencia, algo que puede durar meses o años.

     El caso español

Tras la guerra civil, la personalidad política española quedó destruida. La disidencia interna fue bajísima, sobre todo al final, y no llegaba a 1/3 de la población. España es, así, un pueblo explotado, engañado, tras 40 años de dictadura y otros casi 40 años de partidocracia.

     Según Antonio García-Trevijano, los partidos políticos que surgieron tras la muerte de Franco buscaron en Europa su homologación política, a un precio elevado. Los partidos políticos de la transición española adoptan unas siglas que no representan en realidad las ideas. Por ejemplo, los partidos hegemónicos de la izquierda no representan eficazmente a la clase obrera.

     España, la opinión dominante de la clase política desde el sistema parlamentario como “el arte de pactar”. En palabras de Javier Torrox en “El gobierno sencillo”:

     “El juancarlismo ha mantenido el estado totalitario -y autoritario- del que es heredero. El totalitarismo franquista se perpetuó con la fuerza de las armas. El totalitarismo neofranquista que caracteriza al juancarlismo se vale del engaño para producir el mismo resultado. El franquismo prohibió los partidos políticos y se dotó de un partido único integrado en el estado. El juancarlismo, por su parte, se arrogó -ilegítimamente- la capacidad de dar la consideración de legal a los partidos políticos; no obstante, se dio buena prisa en liquidarlos subrepticiamente mediante su integración en el estado a través de dotaciones presupuestarias públicas a los partidos: el estado compró a los partidos políticos, lo que los convirtió en partidos estatales. Y los partidos políticos se dejaron comprar por el mezquino dinero y abrazaron su estatalización, que perdura hasta la actualidad. El mismo proceso se repitió con los sindicatos y las asociaciones patronales.”

     En España se habla actualmente, quizá de forma inapropiada, de casta. Dice el prólogo de un libro de bastante éxito que trata sobre la corrupción en España:

     “La Casta, el increíble chollo de ser político en España

     ¿Qué futuro tiene un país como España donde las casi 80.000 personas que forman la clase política están envueltas en un velo informativo sobre el despilfarro de sus privilegios?

     ¿Un país donde la casta política lava los trapos sucios en casa para ocultar abusos, privilegios y corruptelas?

     ¿Un país cuya legislación carece de una normativa específica para regular los regalos de empresarios a políticos?

     ¿Un país que permite que los políticos de todos los niveles disfruten de cierta libertad para disponer de dinero público?

     ¿Un país que ha convertido el Parlamento Europeo en el cajón de sastre para exiliados de la política, enchufados y parientes que utilizan el padrinazgo de los partidos para dar el salto a la política de mejor nivel y a un mejor sueldo?

     Si quiere saber cómo se mantiene la Casta española y disfruta de los privilegios del poder, sumérjase en las páginas de este libro. Tras su lectura, su visión sobre la política de nuestro país será distinta.”

     La crisis de la partidocracia

     Las antiguas estructuras quizá ya no sirven. Sostiene la profesora de la Complutense María Luz Morán:

     “La sociedad ha cambiado, los vínculos sociales también; la vieja fidelidad a una organización ya es más impensable, pero si no hay fidelidad ni en el matrimonio, ni veraneamos en el mismo pueblo de siempre. Estamos en esa modernidad líquida, que define Zygmunt Bauman […] Todo eso se ha ido sustituyendo por el asociacionismo civil, donde las organizaciones jerárquicas y cerradas tienen poca cabida. Ahora se trata de una ciudadanía intermitente; la gente se engancha a distintas plataformas, se pone una chapa en la solapa y una vez que se consigue el objetivo se van a otra cosa, tanto da que pelees por la sanidad pública que para que no talen los árboles de tu barrio, son causas concretas. Los partidos han sido incapaces de adoptar estas formas aunque tratan de ampliar la esfera hacia los simpatizantes para que les sean útiles”

     Sostiene Joan Subirats:

     “La decadencia de la forma de partido es bastante universal, con las lógicas diferencias en capital social, en educación, en trayectoria democrática… Están naciendo nuevas formas y entramados de movilización política, más horizontales, más compartidas, menos institucionales; por tanto, surge un eje de contradicción claro entre nueva y vieja política que se une (o sustituye) a los clásicos de derecha-izquierda, religioso-laico… Pero aún está por ver dónde nos llevará todo ello, lo que parece evidente es que no se trata de una crisis pasajera”

     La tentativa de reforma del sistema inglés … para poner una partidocracia

     El sistema electoral proporcional, en su forma de voto único transferible (VUT) se intentó introducir recientemente en Inglaterra por parte del partido liberal demócrata (minoritario), pero fue rechazado por los votantes ingleses. El motivo argumentado por sus defensores fue que dicha reforma electoral sería necesaria en un Parlamento sin mayoría (“hang parliament”).

     El sistema actual para las elecciones a Westminster, es el “first-past-the-post” (es elegido como miembro del parlamento, MP, el candidato que obtiene más votos en su circunscripción en la primera ronda). Si un partido obtiene a una mayoría global (más MPs que todos los otros partidos juntos) forma el gobierno. Si ningún partido obtiene una mayoría general, se produce un Parlamento sin mayoría, y entonces es necesario que dos o más partidos trabajen juntos para formar un gobierno.

     Los liberales demócratas consideran este sistema como injusto, diciendo que el “first-past-the-post” discrimina a los partidos más pequeños. Por ejemplo, a pesar de obtener el 23% de los votos en las elecciones, el Lib-Dems ganó sólo un 9% de los escaños. Los reformistas dicen que efectivamente se desperdician demasiados votos minoritarios en el reparto de escaños, especialmente en los distritos donde los laboristas o los conservadores tienen mayorías relativas suficientes, y esto deprime la concurrencia. Como resultado, los partidos minoritarios cada vez más dependen de las preferencias de un pequeño número de votantes en un puñado de circunscripciones, lo que es antidemocrático.

     Los liberales demócratas apoyan el sistema de voto único transferible (VUT). Dicen que esto le dará a la gente “la elección entre los candidatos, así como los partidos“.

     La abstención como método de lucha por la libertad política

     Los partidos del establishment, del centro, en el sur de Europa, se auto inmolan tras años de corrupción, ausencia de control, desprecio hacia la ideología y los votantes. Antes de plantearse la pregunta entre votar o abstenerse, hay que preguntarse ¿para qué sirve, que utilidad tiene mi voto?

     La postura abstencionista de Antonio García-Trevijano se resume en este párrafo:

     “Considero a la abstención como el modo coherente de vivir en la realidad política, la manera útil de estar presente en la ciudad, la forma digna de participar, críticamente, en la oposición a lo público, cuando los gobernados, por la condición antidemocrática del Régimen que los gobierna y domina, no pueden intervenir en la cuestión decisiva de la libertad: la formación del Poder. La naturaleza y el alcance del poder político están decididos de antemano en el Estado de partidos. El control administrativo de lo público pertenece en exclusiva al consenso oligárquico de los partidos. Y el dominio privado de lo público, al consenso de la oligarquía financiera y mediática de la comunicación. La disputa por la hegemonía entre ellos no tiene la trascendencia de una verdadera acción política, no es una contienda civilizada sobre el modo de gobernarse a sí misma la sociedad civil. Aunque se llamen legislativas, si las juzgamos por su función y sentido, las elecciones son administrativas. La política se disuelve en «las» políticas, en las medidas o providencias que se ofrecen al criterio administrativo. Las elecciones para designar a los jefes administrativos del Estado, pues de eso se trata con el sistema de listas de partido, son un asunto burocrático. De ellas resulta que gobierna, legisla, juzga y administra… la administración. Los ciudadanos acuden gozosos a las urnas porque, en ellas, se hacen funcionarios por un día. El sueño de las clases medias. Se integran en la máquina administrativa del Estado, se olvidan de sí mismos y de la sociedad. Y eligen pirámides de burócratas de partido, con un jefe absoluto en la cúspide, que aspiran a estar detrás de la ventanilla en todas las manifestaciones externas del Estado, incluida la judicial. Mientras que los resortes del poder interno del Estado, los que otorgan privilegios y concesiones al gran capital, ni se rozan en las elecciones ni en los programas de los partidos gobernantes. No hay izquierda o derecha que osen oponerse, desde el Gobierno y en defensa de la libertad, a las grandes concentraciones de poder financiero y mediático. El dato es suficiente para deducir que la corrupción es inseparable del Estado de Partidos y que la naturaleza del Régimen es la propia de una oligarquía. Pero la democracia institucional es posible. Basta con cambiar el sistema electoral y separar los poderes del Estado. Basta con dar a los ciudadanos el derecho de elegir a sus representantes de distrito y el de nombrar o deponer directamente a sus gobiernos. Basta con prohibir el escandaloso cinismo de que hombres o mujeres de un mismo partido, y de una misma elección, sean a la vez legisladores, gobernantes, jueces, administradores, consejeros jurídicos y auditores del Estado. Dictadura plural.

     Los electores votan pero no eligen. Refrendar una de las listas de partido no es elegir. Los integrantes de lista no son elegidos por los votantes, sino por los jefes de partido. No representan, pues, a los electores ni a la sociedad civil. El Régimen político resultante tampoco. La distribución de cuotas electorales entre partidos sólo puede representar a la sociedad política costeada con fondos públicos, es decir, a la sociedad estatal. No se vota a diputados de los electores, del pueblo o la sociedad, sino a puros delegados de los partidos estatales. Esta realidad formal, que todos pueden ver sin emplear apenas la inteligencia, se tapa torpemente con impúdicos velos de propaganda democrática. Todos, gobernantes y gobernados, apuntalan la colosal mentira de llamar legislativas a estas burocráticas elecciones administrativas para cubrir puestos de relieve en el Estado; de llamar representantes del pueblo a simples delegados de partidos; de llamar separación de poderes a la simple separación de funciones públicas entre personas de una misma obediencia de partido; de llamar democracia representativa a esta degenerada oligarquía estatal.” 

     En España, a diferencia de Bélgica, nadie está obligado a votar. Allí, el voto blanco o nulo única forma de expresar el rechazo del sistema electoral. Aquí ese rechazo solo puede manifestarse por medio de la abstención electoral.

     El voto blanco desprecia todas las candidaturas, aprecia el sistema electoral por listas de partido. La abstención, que no rechaza las personas candidatas, sino el modo autoritario y partidista de meterlas en un parlamento ficticio e innecesario, no atenta directamente contra la forma del Estado, sino contra el sistema electoral.

     Dejar de votar no es, por ello, un privilegio de los republicanos, sino un derecho de las personas coherentes, sean republicanas o monárquicas, que no quieren votar sin elegir, ni ratificar partidos irresponsables sin escoger representantes responsables; que no pueden verse como menores en una representación legal, sino como mayores en una representación voluntaria; que les repugna participar en una farsa electoral cuyos resultados jamás serán representativos de la sociedad civil; que no serán cómplices de un fraude que otorga apariencias de representación a lo que solo es doble presentación de los partidos en el Estado; que no quieren financiar con sus impuestos a los partidos adversarios de su ideología personal; y que no aprueban que los partidos estatales se repartan el poder según las cuotas obtenidas en las urnas.

     La abstención es el enemigo esencial de los partidos de integración de las masas en el Estado. Pero no lo es de los partidos de representación, como en EE.UU., Gran Bretaña y Francia. Pues mientras que en estos países una pequeña participación electoral no priva a los partidos de su carácter representativo, en España una participación inferior al 50 por ciento del censo electoral, priva a todos los partidos estatales de su potencial integrador de las masas, en virtud del cual se justificó su conversión en órganos permanentes del Estado. Una abstención de un 30% se considera muy alta, y si es superior al 50% teóricamente invalida el resultado, ya que deslegitima a la clase política.

FUENTE:

Blog Teoría Antropológica Sociológica

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