La degeneración de la partidocracia

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     Vamos a incluir en esta entrada una serie de notas variadas y heterogéneas sobre la partitocracia o estado de partidos:

  • Los dictadores clásicos, protegen las libertades civiles y personales, a costa de las políticas y pueden ser una especie de “curativo” para enmendar ciertas cosas. Recordemos que, en cambio, el totalitarismo regula la sociedad política y la civil, mientras que la dictadura sólo restringe a la sociedad política.
  • Ni España ni Italia (ni el resto de países europeos, a excepción de Inglaterra) han combatido jamás la dictadura. Fueron los Aliados los que derrotaron a las dictaduras fascistas europeas (salvo la española, que duró hasta 1975). Si no hay una guerra, una catástrofe, una crisis o una revolución, quienes suceden al dictador son siempre los que están más cerca del mismo. La dictadura en España, por ejemplo, no es derrocada. Simplemente el dictador se muere y el estado se reforma, se consensua el paso por encima de una mera irregularidad en el camino, de la mano, entre otros, de Torcuato Fernández-Miranda (1915-1980), verdadero capitán junto con Adolfo Suárez, de la llamada transición española. En sistemas opresivos seculares, se van o desaparecen los más nobles y se quedan los que se adaptan, los conformistas y mansos. La picaresca florece cuando el poder es grande y está concentrado. Practicando la inmoralidad de costumbres, adquieren la posibilidad de ser respetados, un “lugar bajo el sol“. Con el tiempo, a hipocresía y el “como si” en política, que en origen son debidos a una situación transitoria, se acaban convirtiendo en la nueva normalidad, cuando los espíritus se acomodan a la situación y entienden el nuevo funcionamiento.
  • En los países europeos excepto Inglaterra, tras el final de la II Guerra Mundial, el régimen implantado es el estado de partidos que describe Gerhard Leibholz. La partitocracia no es una degeneración de la democracia. No hay ningún país en el mundo ha sido primero democracia y luego partitocracia, ni viceversa. La partitocracia es la colonización del estado por parte de los partidos, que se garantizan el control de las administraciones públicas por medio de cargos de confianza y mecanismos que impiden la separación de poderes. La partitocracia se basa en el control de los candidatos por medio del sistema de listas cerradas. En la partitocracia, es la burocracia interna y secreta de los partidos la que nombra a los candidatos. El comité de nombramientos y de listas tiene el poder de designar a los ocupantes de los cargos políticos.
  • En medio de una situación de marasmo de la IV República francesa, Charles De Gaulle da un golpe de estado en 1956 contra la partitocracia de la IV república, y reformando la constitución francesa, para que el presidente sea elegido directamente, terminar con la partitocracia y poner una democracia representativa. Se funda así a V República, en la que Francia se acerca a la democracia (pues hay elecciones separadas al legislativo y el ejecutivo, aunque el legislativo tiene que autorizar el plan de gobierno) y se distingue del resto de Europa. Esta reforma institucional que fundamenta V república es específica de Francia (no obstante, con posterioridad se aprueba la financiación estatal de los paridos, lo que en la práctica trae de nuevo un cierto grado de partitocracia).
  • Antonio García-Trevijano afirma sobre el papel de la falsa izquierda en la transición española: (en su Discurso de la república) “Ha sido el miedo a la libertad y no la libertad el verdadero artífice y protagonista de la transición española. Si me limitara a decir que el miedo ha desempeñado un papel importante en el paso del estado de un partido al estado de varios partidos, todos compartirían esta opinión, porque ha sido un dato evidente para todos. Si dijera que el miedo de los hombres de la dictadura a las libertades ha impedido la transición a la democracia, muchos estarían de acuerdo porque esta opinión, aunque falsa, concuerda con lo que se espera de ellos. Pero si afirmo que la democracia fue eludida por el miedo de los jefes de partido de izquierda a la libertad política del pueblo, muy pocos estarán dispuestos a admitirlo aunque sea una verdad demostrable”. En España sólo hay un partido que es el Estado y la falange. El miedo de la izquierda a la libertad, para Trevijano, demuestra que es una izquierda falsa. Dice Erich Fromm sobre el miedo a la libertad: “La imagen familiar del hombre, durante los últimos siglos, había sido la de un ser racional cuyas acciones se hallaban determinadas por el autointerés y por la capacidad de obrar en consecuencia. Hasta escritores como Hobbes, que consideraban la voluntad de poder y la hostilidad como las fuerzas motrices del hombre, explicaban la existencia de tales fuerzas como el lógico resultado del autointerés: puesto que los hombres son iguales y tienen, por lo tanto, el mismo deseo de felicidad, y dado que no existen bienes suficientes para satisfacer a todos por igual, necesariamente deben combatirse los unos a los otros y buscar el poder con el fin de asegurarse el goce futuro de lo que poseen en el presente. Pero la imagen de Hobbes pasó de moda. Cuanto mayor era el éxito alcanzado por la clase media en el quebrantamiento del poder de los antiguos dirigentes políticos y religiosos, cuanto mayor se hacía el dominio de los hombres sobre la naturaleza, y cuanto mayor era el número de individuos que se independizaban económicamente, tanto más se veían inducidos a tener fe en un mundo sometido a la razón y en el hombre como ser esencialmente racional. Las oscuras y diabólicas fuerzas de la naturaleza humana eran relegadas a la Edad Media y a períodos históricos aún más antiguos, y sus causas eran atribuidas a la ignorancia o a los designios astutos de falaces reyes y sacerdotes. Se miraban esos períodos del modo como se podría mirar un volcán que desde largo tiempo ha dejado de constituir una amenaza. Se sentía la seguridad y la confianza de que las realizaciones de la democracia moderna habían barrido todas las fuerzas siniestras; el mundo parecía brillante y seguro, al modo de las calles bien iluminadas de una ciudad moderna. Se suponía que las guerras eran los últimos restos de los viejos tiempos, y tan sólo parecía necesaria una guerra más para acabar con todas ellas; las crisis económicas eran consideradas meros accidentes, aun cuando tales accidentes siguieran aconteciendo con cierta regularidad. Cuando el fascismo llegó al poder la mayoría de la gente se hallaba desprevenida tanto desde el punto de vista práctico como teórico. Era incapaz de creer que el hombre llegara a mostrar tamaña propensión al mal, un apetito tal de poder, semejante desprecio por los derechos de los débiles o parecido anhelo de sumisión. Tan sólo unos pocos se habían percatado de ese sordo retumbar del volcán que precede a la erupción. Nietzsche había perturbado el complaciente optimismo del siglo XIX;lo mismo había hecho Marx, aun cuando de una manera distinta. Otra advertencia había llegado, algo más tarde, por obra de Freud. Por cierto que éste y la mayoría de sus discípulos sólo tenían una concepción muy ingenua de lo que ocurre en la sociedad, y la mayor parte de las aplicaciones de su psicología a los problemas sociales eran construcciones erróneas; y, sin embargo, al dedicar su interés a los fenómenos de los trastornos emocionales y mentales del individuo, ellos nos condujeron hasta la cima del volcán y nos hicieron mirar dentro del hirviente cráter.”
  • Alexis de Tocqueville describe e intuye las claves políticas y sociales de su época con brillantez: de hecho, auguró el dominio del mundo por EEUU y Rusia. Triunfa como escritor, pero fracasa como político (fue diputado en la monarquía burguesa de Luis Felipe, pero se equivocó al proponer soluciones, porque estaba condicionado por sus prejuicios familiares, pensaba que la aristocracia era más libre que lo que resultó de la Revolución francesa). Este fracaso es comprensible, pues Tocqueville proviene de una familia aristocrática y se muestra siempre nostálgico de lo que se fue, fracasado y pesimista. Tocqueville afirma sobre los partidos de masas y la dictadura de la mayoría: “Hasta los más pequeños partidos pueden tener la esperanza de convertirse en dueños y señores de los asuntos públicos cuando la masa de los vasallos no quiere ocuparse más que de sus intereses privados. Entonces no es raro ver en el vasto escenario del mundo, al igual que en nuestros teatros, una multitud manejada por un grupito de personas que son las únicas que hablan en nombre de la multitud ausente o distraída; solamente ellos actúan en nombre de la inmovilidad universal; disponen según su capricho de todas las cosas, cambian las leyes y tiranizan las costumbres a su antojo y causa asombro ver en qué pocas e indignas manos puede caer un gran pueblo”.
  • La evolución reciente de los sistemas políticos europeos nos obliga, quizá, a revisitar la teoría de la anaciclosis de Polibio. Recordemos que Polibio afirma que la tiranía degenera en oligarquía, y la oligarquía en democracia. En Italia asistimos al fin del consenso de oligarquías políticas que da origen al estado de partidos. Aunque el cambio en la ley electoral tiene un precedente en Grecia, la imaginación política italiana ha demostrado en el pasado ser muy superior a la alemana, la francesa y la española. En lugar de la degeneración polibiana hacia un sistema más democrático, asistimos a un último intento de retener el poder oligárquico o, incluso, de transformarlo en una tiranía de partido de duración temporal. Antonio García-Trevijano llama al nuevo sistema italiano “bipartitocracia” para diferenciarlo del bipartidismo propio de los sistemas democráticos presidencialistas. A veces, los golpes de estado son simplemente para mantenerse en el poder, en este caso, porque las coaliciones no son de fiar o quienes están en el gobierno temen perder el poder (es, por ejemplo, el golpe de Napoleon III, que cambia la naturaleza del estado, armado simplemente con una pistolita, se proclama emperador). Los golpes se pueden dar, como ya discutimos, para alcanzar o para mantenerse en el poder. En este sentido, la ley italiana que “regala” varias decenas de diputados a la lista más votada, la ley “Italicum” es, en realidad, un “golpe de estado“, pues modifica la estructura del poder, la forma de llegar al poder y la forma de conservarlo y ser desalojado. El partido del gobierno dispone de todos los resortes, en el nuevo sistema italiano, e instaura una especie de neoturnismo decimonónico, el fortalecimiento artificial de la partitocracia.
  • Recordemos que los italianos han llevado la partitocracia a la perfección (el pentapartito, los 81 gobiernos en 80 años). El sistema de listas era una solución temporal tras la II Guerra Mundial, pero se convierte en algo consolidado por la Guerra Fría. Como única concesión, se da al votante las listas abiertas. Su objetivo es quizá “sacrificar” a unos pocos corruptos y saciar así la sed de venganza del pueblo. No obstante, en el pasado esto ya se probó y se verificó que no funciona. Es más demagógico aun, pues da la impresión de que el elector realmente puede elegir. En una democracia, el que da el poder tiene que poder quitarlo. Si no, no es representación. La nueva ley “Italicum” consagra el acuerdo (hasta ahora, tácito) de que el partido más votado gobierne, y lo haga con mayoría absoluta (pues regala votos al partido más votado). Intenta evitar la degeneración que predice la anaciclosis. Es un tapón que pretende evitar la destrucción de la oligarquía por medio de un acto administrativo y dictatorial. Recordemos que las élites políticas y económicas tienen rutinas de pensamiento fijas, con las que enfocan los nuevos temas, sin entenderlos bien, y por eso suelen fracasan al detectar los grandes cambios y revoluciones. En palabras de Antonio García-Trevijano, todo el nuevo sistema que se quiere implantar en Italia implica una “dictadura con libertad de voto”, consolida un nuevo paso al frente de la oligarquía. Surge el concepto de “partido facción”. El partido “premiado” deja de ser un partido como los demás. Se convierte en un dictador temporal porque no puede ser derribado. Partido facción es el que, siendo igual que los demás, tiene el privilegio de convertirse en la facción predominante en el Estado. Recordemos que predominio es lo que es previo al dominio, por tanto, todos los partidos irán a las elecciones con la expectativa de predominio, de cara a convertirse en dominante (es una pre-dictadura).
  • Un partido-facción no es partido único (por ejemplo, la falange de Franco), pero sí políticamente hegemónico. De este modo, en la ley “Italicumse sustituye el concepto de hegemonía cultural (de la sociedad civil, la escala de valores) por el concepto oligárquico de hegemonía política. Ese premio de diputados extra ya no está justificado por hegemonía cultural, sino que es un acto administrativo arbitrario. El derecho administrativo es dictadura: nada más redactarlo, se aplica (luego se protesta y si hay suerte te hacen caso). Esto cambia el sistema: lo que nace es algo intermedio entre estado del partido único y el estado de partidos estatales, la trasformación de oligarquías en dictaduras con libertad de voto. Este sistema de golpe de estado “bipartitocrático”, de la oligarquía de los dos partidos dominantes, es posible que se extienda disfrazado de “regeneración democrática” a otros países europeos, a modo de solución a todos los problemas con un supuesto “bipartidismo”. En la bipartitocracia se jugarán clientelas y presupuestos votar será importantísimo.
  • En palabras de Antonio García-Trevijano: “La Constitución de los EEUU no sólo ha sido la primera y, hasta ahora, única respuesta a la organización inteligente de un Estado moderno. Ha sido la primera filosofía de la acción constituyente de la libertad política y de la República Constitucional. En comparación con la filosofía de la acción colectiva que la construyó y la ha mantenido, Platón y Rousseau son lo que nunca dejaron de ser. Maravillosos poetas de ideas universales o del ucrónico, atópico y distópico pacto social. Aquella afortunada experiencia americana, como la exitosa postguerra parlamentaria inglesa culminada en 1688, tienen de común que fueron consecuentes a conflictos bélicos, en contraste con la malaventurada Revolución francesa, motivada por ideas ilustradas de reforma pacífica del Estado tradicional. El hecho de que también la Revolución Rusa estuvo ligada a la guerra europea, puede conducir al error del gran historiador Mathiez, que confundió los factores históricos de las revoluciones, que las propician pero no determinan, con la acción principal que triunfa, o con los poderes constituyentes de las Constituciones que fracasan respecto de la libertad política colectiva. Distinguir entre acción continuada y potencia de actualizar relaciones de poder, tiene importancia capital para el concepto de filosofía de la acción constituyente de la libertad. Siendo conceptos diferentes, pues el poder actuante presupone la acción que lo constituye como tal, la doctrina no los distingue. En el mejor de los casos se ha contentado con englobarlos en la acción del sujeto o grupo constituyente. Para Friedrich, “no demasiado pocos”, “la parte más inteligente e importante” de la sociedad (obra citada, p.132). Pero los criterios cuantitativos o cualitativos sólo pueden identificar al grupo constituyente una vez consumada su proeza. No son pautas de la acción política, sino de la historia constituyente. La sustitución de la teoría de la acción colectiva por la simple cuestión de identificar al grupo constituyente que promovió o hizo la Constitución formal, crea un problema insoluble y una contradicción inevitable. El problema de no saber nada de la cuestión hasta el fait accompli. La contradicción de considerar Constituciones las no formalizadas en un texto, como en el Reino Unido o Israel, que vienen constituyéndose como acción continuada, sin unidad de grupo constituyente simultáneo. De esta contradicción no escapa la inteligente obra C. Friedrich, por el simple hecho de llamar funcionales a las constituciones no realizadas en el mismo tiempo, ni en un mismo texto. Las que antes se llamaban constituciones materiales o leyes fundamentales del Reino. Incluso las enmiendas constitucionales en los EEUU, siendo productos del mismo poder constituyente, reservado en la propia Constitución, no han sido debidas a un mismo grupo constituyente, pues éste ha variado en el tiempo al compás de la hegemonía política de los partidos societarios.”
  • La verdad va antes que la justicia, y para el conocimiento de la verdad requiere libertad. El miedo a la verdad lo tienen todos los poderes que no están fundados en la autoridad. ¿Quién necesita la libertad política? La libertad no la necesita el oligarca poderoso, porque su dinero, herencia, su poder y sus privilegios de dan una posición fuerte en la sociedad que la libertad perjudica. Sin embargo, los enemigos de la libertad han sido siempre los partidos de izquierda. La socialdemocracia (el comunismo, en cambio directamente quiere la igualdad y desprecia la libertad, es famosa la frase de Lenin a los mencheviquesLibertad, ¿para qué?”). La libertad política sirve, entre otras cosas: para poder destituir a quienes maladministran los recursos públicos o directamente roban; para poder decidir el uso de los recursos procedentes de los impuestos; para decidir a qué sectores se dan ayudas o incentivos fiscales; para decidir si se suben o no los impuestos y a quiénes…etc. Ninguna de estas cosas está, hoy en día, en manos de los votantes de muchos países europeos. Aplicar a la política una mentalidad economicista es un error. ¿Cuánto valen (en euros) la libertad personal, los derechos civiles? Las reglas de la política no son económicas. Los socialdemócratas (degeneración del socialismo) tienen miedo a la libertad. Quieren ser los defensores de los débiles, pero disfrutando de los privilegios de servir a los intereses de los más pudientes. Ni siquiera se atreven a llamar proletarios a los trabajadores. Ser clase obrera da vergüenza en la actualidad, todo el mundo es clase media. Por eso los sindicatos de clase están en decadencia. Los sindicatos de clase se diferencian de los gremiales y patronales en que defienden en teoría a una clase. Hasta el feminismo de cuota es, en el fondo, una forma de machismo.

 

Referencias:

 

FUENTE:

Blog Teoría Antropológica Sociológica

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