Demagogia, populismo y electoralismo

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     La ciencia política, siendo uno de los conocimientos más útiles, necesarios e interesante para la ciudadanía, es también uno de los más ignorados.

     Demagogia (del griego δῆμος -dēmos-, pueblo y ἄγειν -agein-, dirigir) es una estrategia utilizada para conseguir el poder político. Consiste en apelar a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del público para ganar apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la retórica y la propaganda.

     La demagogia es frecuentemente asociada con el favorecimiento y la estimulación de las ambiciones y sentimientos de la población, tal como se presentan espontáneamente. Las promesas que suelen realizar los políticos durante las campañas electorales son habitualmente criticadas como demagógicas cuando aparecen como irrealizables.

     Las Repúblicas liberales modernas han sido reiteradamente cuestionadas atribuyéndoles la condición de sistemas demagógicos debido a la utilización intensiva de técnicas publicitarias características del marketing, a la personalización de las candidaturas, la manipulación de los medios de comunicación de masas postergando el análisis político escrito, y el recurso sistemático a polarizaciones absolutas (bien-mal, desarrollo-atraso, honestidad-corrupción), o conceptos imprecisos (“el cambio”, “la alegría”, “la seguridad”, “la justicia”, “la paz”).

     Es habitual que las dictaduras recurran a la consideración de las Repúblicas derrocadas como demagogias para justificar los golpes de estado y la imposición de sistemas no democráticos.

     Quienes cometen actos de demagogia son denominados demagogos. Para ello suelen contar con equipos de profesionales que aprovechan particulares situaciones histórico-políticas excepcionales, dirigiéndolas para fines propios, para ganar el apoyo de la población, mediante mecanismos publicitarios, dramáticos y psicológicos.

     La demagogia puede ser utilizada también para enfrentar poderes legítimamente constituidos, haciendo valer sus propias demandas inmediatas e incontroladas. En este caso el historiador griego Polibio hablaba más propiamente de oclocracia (gobierno de la muchedumbre) como desvirtuación de la democracia (gobierno del pueblo). En este sentido, pensadores como Michael Hardt o Antonio Negri consideran que el gobierno del pueblo es el único sistema democrático real, y cuestionan como demagógicas a las Repúblicas occidentales modernas basadas en la utilización intensiva de los medios de comunicación de masas y la realización de elecciones fuertemente influidas por la demagogia, la falta de educación y la mercadotecnia.

     El demagogo no necesariamente conduce a las masas a la revolución sino que las instrumentaliza para sus propios fines personales, para proceder, una vez obtenida una amplia aprobación, no ya a un proceso de democratización o de trasformación del sistema sociopolítico, sino a la instauración de un régimen autoritario, del que el demagogo sea el indiscutido y despótico jefe, o al acuerdo con las autoridades y las instituciones existentes con tal que éstas le reconozcan una función indiscutible. De esta manera los mecanismos represivos acentúan, en lugar de disminuir, las características autoritarias del gobierno y de la sociedad, e impiden la toma de conciencia por parte de las masas.

     Demagogo es el que presume de lo que no tiene, o exagera el valor de lo que tiene, o pide lo que es imposible de tener. Demagogo es, literalmente, “conductor del pueblo“. Demagogia, ambición desmedida. Abandono de la ideología. La demagogia clásica es “prometer lo que no se puede cumplir“, es “presumir públicamente de lo que no se tiene, y exagerar lo que se tiene o los méritos propios“.

     Las reglas del poder son conquistarlo, conservarlo y aumentarlo si es posible. De esto puede seguirse un bien común. Pero los que usan el poder sólo para enriquecerse o por vanidad son unos ignorantes y unos mediocres. La demagogia pide el poder para el pueblo, un poco al estilo de Lincoln en su discurso de Gettysburg, en el que afirma que la democracia es “el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo“.  

     El gobierno es del pueblo, de los gobernados, pero no por el pueblo. El pueblo nunca es el agente gubernamental, es el sujeto paciente. Ni en las revoluciones ni en las guerras, menos aún en la antigüedad, ni en el comunismo, el pueblo jamás ha gobernado. Para el pueblo se puede gobernar si el gobernante es honesto, pero se entendería mejor si de afirmase “en beneficio del pueblo“.

      En política, donde no hay grandes ideas, hay grandes ambiciones. El demagogo es oportunista. El oportunismo es la degeneración de la ley de la oportunidad. La oportunidad es respetable, el oportunismo no, abandona los principios para centrarse en la búsqueda de la oportunidad en sí misma, llegar al poder como sea. Los oportunistas y aventureros son atraídos por los acontecimientos y éstos cambian día a día. Son como imanes a los que les atrae el hierro. La estructura, en cambio, requiere un motor que genere cambios y movimiento, pensar en grande, sólidamente.

     El poder no garantiza que los problemas se resuelvan. El discurso de la toma del poder por sí mismo es demagogia. Los demagogos no tienen proyecto político serio, pero saben difundirlo. Según Antonio García-Trevijano Forte, los demagogos son como los niños, tienen gran imaginación para idear soluciones, pero desconocen que para conseguir algo hacen falta unos medios y un proceso, que requiere tiempo. Lo quieren todo en el acto, sin esfuerzo. En cuanto tienen que enfrentarse y pelearse en el colegio, los niños aprenden que ciertas cosas hay que ganárselas, que el deseo no se convierte en realidad inmediatamente, y maduran. Prometer lo que no se puede cumplir, porque depende de otros, es infantilizante. El poder no es infantil, pero la propaganda del poder es necesariamente infantilizante. Muchas veces el que va de buena fe es un simple tonto útil que ayuda a los otros a aprovecharse. Por eso hay que distinguir el discurso serio del populismo y la demagogia.

     Demagogia, según Antonio García-Trevijano es halagar al pueblo con mentiras, que son de dos tipos: exagerando sus escasas virtudes o disminuyendo sus defectos. El demagogo es un delincuente, porque hace criminales a los pueblos, por ejemplo, fomentando el victimismo, el odio, la sensación de injusticia, la venganza

     Dice Voltaire sobre el poder de convicción, el tercer poder de Aristóteles:

     “Aquellos que te hacen creer en absurdos pueden hacer que cometas atrocidades.”

     Formas de demagogia

  • Falacias: Falacia es “un argumento que parece cierto, pero no lo es“. Argumentos que equivocan las relaciones lógicas entre elementos, o bien adoptan premisas evidentemente inaceptables. Entre ellas se encuentran la falacia de causa falsa, la petición de principio, el argumento ad verecundiam, el argumento ad hominem, y la apelación a una autoridad irrelevante para el caso citado. A veces, se cae en tonos proféticos-bíblicos ridículos: “atacarme a mí es atacar a xxx”, “el pueblo es xxx”, “el pueblo debe hacer xxx“. Confundir la parte con el todo. El argumento de la neutralidad, del “algo no es malo porque no hace daño” (que es cobarde o malintencionado).
  • Simplificación exagerada: Eslóganes, discurso grandilocuente. La expresión “interés general” es una de las favoritas de los demagogos cuando no quieren dar explicaciones sobre los engorrosos detalles. Cuando se habla de “interés general” ¿están todos los sectores sociales realmente interesados? Los mensajes simplificados son adecuados para la propaganda (literalmente “Lo que debe ser difundido o propagado“). El político demagogo tiene la misma cultura del pueblo, la de los refranes. Al político omnipresente y de estilo personalista, le gusta auto-identificarse con el estado y la nación, y promover el culto a la personalidad.
  • Manipulación del significado: Las palabras, además de un sentido denotativo, tienen un sentido connotativo implícito, aportado por el contexto y conocimientos compartidos de los interlocutores, que añade ideas y opiniones, muchas veces de forma menos consciente que en su sentido denotativo. En la elección de las palabras, un discurso denotativamente neutro, puede connotar significados adicionales, dependientes de su contexto y su relación con la opinión de la audiencia, o los oyentes del discurso, afectando así a la interpretación, la pragmática y el significado. De esta manera, los contenidos implicados son difíciles de refutar. La terminología no es inocente, y el deslizamiento semántico es difícil de detectar (por ejemplo, “democracia” acaba siendo “demasiadas cosas diferentes”). Uso de un lenguaje de trileros y de falsas ideologías. Lobaczewski identifica al discurso patocrático por dos características: la paramoralidad o locura moral que intenta justificar acciones inmorales de modo que el público las acepte como normales y hasta buenas, y la paralógica, que es la corrupción de la lógica normal que debe tener un discurso aceptable. El tópico favorito de muchos demagogos es: “democracia es tal o cual cosa”. Democracia son reglas de juego, sistema representativo y separación de poderes. Democracia, por ejemplo, no es poder decidir sobre todo, sino sólo sobre lo que es decidible, lo que está de acuerdo a los principios morales universales y la tradición cultural. El “derecho a decidir sobre todo” (incluso sobre cosas que no pertenecen al ámbito de decisión de la democracia, por ejemplo, principios morales, temas científicos y de razón práctica, religión, hechos históricos…etc.) no existe. La verdad no siempre pertenece a la mayoría. Además, los colectivos son abstracciones y no se deben antropomorfizar. Sólo puede hablar en nombre de un colectivo (una nación, una comunidad…etc.) quien es representativo (oficial) de dicho colectivo de cara al exterior. Muchos demagogos empiezan asegurando que la voluntad popular está por encima de las leyes y de las instituciones, continúan erigiéndose en intérpretes únicos de la voluntad popular, y terminan destrozando las leyes y las instituciones en el nombre del pueblo.
  • Omisiones: Se presenta información incompleta, excluyendo posibles problemas, objeciones, dificultades, lo que resulta en la presentación de una realidad falseada, sin incurrir directamente en la mentira. Se serpentea enlazando los hechos que apoyan la versión propia y evitando los hechos incómodos. Es como una nube de puntos, se pueden unir formando figuras muy diferentes según las preferencias de cada uno. Las explicaciones que no se dan a veces son peores que las que se dan. Hacerse el sueco, hacer como que no se saben ciertas cosas. Insinuar sin decir abiertamente. Poner sordina a los temas que no interesan. Dejar de nombrar, omitir, relato omisorio (como el que impuso Stalin sobre Trotski). Discurso elíptico. No hay mayor mentira que ocultar la verdad.
  • Quitar para luego devolver: una maniobra que aprovecha la mala memoria del electorado. Falsedades difundidas para crear un clima favorable a un acuerdo, por ejemplo, para que se acepte un acuerdo oneroso, difundir el rumor de una amenaza mucho más grave.
  • Desinformación: Isaac Asimov critica el anti-intelectualismo como una falsa concepción “democrática” y lo resume en una frase “mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento”. Amenazas para asustar niños, sin base real, improbables. Montañas pariendo ratones. Tormentas en un vaso de agua. Hacer, de la necesidad, virtud. Llamarse coautor de algo cuando en realidad se han obedecido órdenes al dictado de terceros, alardear de cumplir lo que simplemente es un deber. Vender como iniciativa propia lo que es una imposición de terceros o viene impuesto por unas circunstancias ineludibles. Biombos y cortinas de humo.
  • Propaganda (literalmente, “Lo que debe ser propagado”): Idea fuerza, tópico repetido sin descanso. La propaganda inventa una narrativa con el único requisito de que tenga plausibilidad, cuando en parte esa plausibilidad está generada en parte por la propaganda anterior. Al final todo encaja, como en el lecho de Procusto. Es común referirse al lecho de Procusto como sinónimo de inflexibilidad. De esta manera, cuando alguien pretende que todo lo demás se ajuste a lo que él dice, se afirma que tal persona pretende que los demás se acuesten en el lecho de Procusto. Dentro de la Mitología Griega, uno de los máximos héroes, y el principal de lo que podríamos llamar el “ciclo ateniense” (es decir, de héroes relacionados con la polis de Atenas) es Teseo. Una de las batallas que libró Teseo, fue contra el malvado Procusto. Procusto era un sádico criminal que convencía a los viajeros de acompañarle a su casa, en donde podrían descansar y reparar fuerzas. Una vez allí los tendía en un lecho de hierro, en donde los inmovilizaba. Si el viajero era demasiado alto, le agarraba los pies y le cortaba lo que sobrara a hachazo limpio. Si el viajero era demasiado bajo, le descoyuntaba las articulaciones para alargarlo y dar la medida del lecho. Para su desgracia, uno de estos viajeros resultó ser el joven Teseo, entonces en ruta hacia Atenas. Procusto lo llevó hasta su lecho, pero Teseo le castigó con su propia ley, tomando a Procusto, echándolo en el lecho, y cortándole todo lo que sobraba… Después de lo cual, le dio muerte.
  • Concesiones simbólicas, gestos vacíos: “Para ti la perra gorda“. El simbolismo tiene importancia, lo simbólico y lo aparente, la vanidad, tienen mucho valor y son muy apreciados en ciertas culturas como la mediterránea. Salvar el honor por medio de triunfos simbólicos, que se celebran como si fuesen triunfos materiales (“hemos suprimido la troika, ahora ya podemos pagar más“). Las medidas políticas que no cuestan nada son, generalmente, una tomadura de pelo, mera apariencia. Meras concesiones simbólicas, que no son reales. Hacer por hacer, cuando hay que dar la impresión de que se hace algo, aunque no se sepa muy bien qué, se finge interés (“we care”, “nos preocupamos”) aunque sean palos de ciego. Las leyes y derechos que no se pueden cumplir (por ejemplo, el derecho a una vivienda en la constitución Española) no son leyes ni derechos.
  • Redefinición del lenguaje: Mediante la eliminación progresiva o eliminación de las palabras que menoscaban su posición, intentar modificar o hacer desaparecer la forma de pensar que se opone a sus argumentos. Numerosos ejemplos de esto pueden verse en la literatura (la novela 1984 de George Orwell; El Cuento de la Criada de Margaret Atwood), pero también en la realidad y particularmente en la política. Según Lakoff, usar mal las metáforas es signo de poca inteligencia y de mala fe. Las malas metáforas y los intentos fraudulentos de llevarlas al extremo son peligrosos. Mandar no es servir al pueblo: es mandar a otros que le sirvan (justamente lo contrario de servir). Buscar nombres y eufemismos para designar con otro nombre a las cosas y que parezca que han cambiado o que son de otra manera es también fraudulento. Otro ejemplo es el uso de expresiones que ya llevan implícito un juicio de valor. Por ejemplo, “gasto público” en vez de “inversión pública“. Otro ejemplo es cuando el concepto patria se usa mal, de forma demagógica: dice Samuel Johnson ” El patriotismo es el último refugio de los canallas”. Ser “respetuoso” es muchas veces un eufemismo para no estar de acuerdo y hacer lo que uno quiere. Los partidos comunistas modernos, en teoría marxistas, ya no usan términos como obreros, proletarios, clase trabajadora…etc. Hablar de “gente” para no decir otras expresiones como “pueblo”, “clase obrera”…etc. que tienen connotaciones. Hablan de obreros intelectuales (catedráticos, abogados…), talleres de artistas, y clases medias. Todo para halagar.
  • Tácticas de despiste: Consiste en desviar la discusión desde un punto delicado para el demagogo hacia algún tema que domine o donde presente alguna ventaja con respecto a su oponente o contrincante. No se responde directamente a las preguntas ni a los desafíos. A veces, se oculta el conflicto, que permanece larvado. A veces es necesario que haya conflicto, exteriorizarlo y que se manifieste. Evitarlo es malo. Dar un espectáculo teatral para distraer a los gobernados de los verdaderos problemas. Hay gobiernos que convocan ellos mismos manifestaciones para usarlas a modo de respaldo y exhibirlas fuera. Muchas manifestaciones “espontáneas” son, en realidad “teledirigidas” (en inglés este fenómeno se conoce como astroturfing) y están hechas para impresionar con la fuerza interior (escenificar un apoyo unánime: “tenemos a nuestro alrededor un pueblo unido“). Algunas movilizaciones ciudadanas conceden la iniciativa a quienes no deberían tenerla (por ejemplo, las manifestaciones antiterroristas en realidad conceden la iniciativa a los grupos terroristas.
  • Estadística fuera de contexto: Consiste en utilizar datos numéricos para apoyar una hipótesis o afirmación, pero que estando fuera de contexto no reflejan la realidad. Aquí también se cuenta el uso tendencioso de estadísticas, también conocido como demagogia numérica. Por ejemplo, ¿crear empleo o repartir el tiempo de trabajo? Las falacias estadísticas son habituales y cada vez más usadas. Ernesto Laclau afirma en “la razón populista” que “la extrapolación de datos económicos y políticos, ajena a cualquier análisis tecnocrático, permite sobrevolar la realidad y exigir una transformación tan radical en sus pretensiones como indeterminada. Importa la “claridad formal” del discurso, asentado en “la mayoría social” por encima del contenido, aunque el contenido sea nefasto.”
  • Demonización: Esta aproximación consiste en asociar una idea o grupo de personas con valores negativos, hasta que esa idea o grupo de personas sean vistos negativamente. Crear histeria entre los ignorantes hacia algo o hacia alguien y sentarse a esperar los ataques. Crear chivos expiatorios, víctimas propiciatorias y enemigos únicos. Buscar culpables fuera, el enemigo exterior. Acusaciones tendenciosas, insinuaciones y asociaciones fraudulentas (de colectivos con ideologías e intenciones). La táctica del enemigo único y la identificación (Goebbels).
  • Falso dilema: También conocida como falsa dicotomía, hace referencia a una situación donde dos puntos de vista alternativos son presentados como las únicas opciones posibles. Como ejemplo tenemos el típico: “Estás conmigo o estás contra mí“. Supone una definición simplista de la realidad y de esa forma se consigue evitar la toma en consideración de las demás posibilidades.
  • Halago: Halagar el oído y la vanidad de las poblaciones. Hacer como el flautista de Hamelín y decir a la gente lo que la gente quiere oír. Desde que John F. Kennedy dijo “ich bin ein berliner” (“Soy berlinés” o “Soy ciudadano de Berlín” en Berlín occidental desde el balcón del edificio del ‘Rathaus Schöneberg‘ con motivo del decimoquinto aniversario del bloqueo de Berlín impuesto por la Unión Soviética (con el consecuente levantamiento del muro de Berlín) en un intento de solidarizarse con la población, esta frase se ha convertido en todo un tópico. Decir “yo soy…” o “todos somos…” es ya un lugar común insoportable. “Estoy a la disposición de la justicia”, “Tengo plena confianza en la justicia“, “Deseo aportar transparencia” … se han convertido también en lugares comunes, frases protocolarias que no quieren decir nada y se dicen para rellenar el hueco, para no permanecer callado en momentos en los que hacerlo les perjudica (pues “quien calla, otorga“). Los actos de contrición pública pueden ser reparadores, pero sólo si van acompañados de hechos que demuestran ese arrepentimiento y tienden a corregir el daño causado. Además, sólo tiene obligación de rendir cuentas quien es responsable del resultado.
  • Deslizar “paquetes ideológicos” con segundos significados: En marketing, se llama venta cruzada (del inglés cross-selling) a la táctica mediante la cual un vendedor intenta vender productos complementarios a los que consume o pretende consumir un cliente. Su objetivo es aumentar los ingresos de una compañía. Así, a una persona que va a comprar un teléfono móvil recibe la recomendación de comprar también una funda, un cargador para el coche o un soporte para utilizarlo como GPS. Se le ofrecen productos relacionados con el producto en el que está interesado que encarecen la venta. En política, esta táctica se resumen en “todo o nada” o “si eres partidario de tal ideología tienes que aceptar xxx”. Agenda oculta, tener el pie en dos zapatos.
  • El llamado método Ollendorf, consistente en hablar todo el rato (para no dejar hablar al otro), hacer insinuaciones, faltar al respeto e insultar. Dominadores con la palabra, aspiran a tener todo el espacio, impiden que el otro hable, y cuando habla, hacen ruidos, gestos, provocaciones…etc. que impiden a los demás hablar. Típico de fascismo. Cantinflas que engañan al pueblo con su verborrea. Trileros. Buen dialéctico se considera a quien no tiene pelos en la lengua y contesta siempre a su interlocutor, aunque sea con el insulto y la descalificación. Esta conducta conecta con los instintos básicos de la audiencia que escucha. La verborrea sirve para “enrollarse”, para ocultar la verdad y no responder a las preguntas. Es también la táctica de la tinta de calamar, “irse por los cerros de Úbeda”. Hablar sin pensar en las consecuencias de lo que se dice. A veces, este tipo de demagogia se complementa con acciones destinadas a meter miedo físico, chulería, de temer al orador. Apagar un fuego con gasolina. Elevar la voz, tapar con el ruido de la propia voz a quienes hacen preguntas, recriminan y acusan. Amenazar veladamente con lo que ocurrirá si se alcanza el poder. Son pedantes e ignorantes, con una temeridad desmesurada, oradores demagogos, que no han pensado en su vida. La ignorancia es atrevida. Los necios responden a las acusaciones atacando, criticando a la prensa y advirtiendo. Su defensa es con un ataque “ad personam” dirigido a quien acusa. Curiosamente, los que más insultan, amedrentan y amenazan son los que tienen la piel más fina, esto se conoce inglés como “crystal jaws” (“mandíbulas de cristal”). La poca consistencia de los argumentos se asemeja al viento y al aire, al “flatus vocis“, la simple vibración del aire al pronunciar palabras. La voz latina flatus vocis indica, en la tradición filosófica medieval, la acción de emitir palabras carentes de sentido y defenderlas como si lo tuviesen. La inconsistencia es una característica de este discurso. Se critica en unos lo mismo que se alaba en otros. Los que son pillados y no tienen una mínima autocensura o autocrítica, cada vez que se enfrentan con algo o con alguien, quedan en evidencia. Es famosa la frase de Groucho Marx: “si no le gustan mis principios, tengo otros“. En “La pasión de hablar” Antonio García-Trevijano cita a un empresario que lanzó al estrellato a un humorista español cuyo gancho era hablar in parar. Según dicho empresario, el humorista es una imitación grotesca (necesaria para “matar simbólicamente” al modo freudiano) de cierto político español muy conocido en la época, que hablaba continuamente sin decir nada. En “Pasiones de servidumbre”, llama babilismo (del francés babil) a la manía de hablar sin decir nada, al arte de muchos contertulios de radio y televisión. Orwell los llama hablapatos o patohablas (duckspeakers).
  • A veces, tenemos lo contrario de los charlatanes. Son los líderes-oráculo y sus intérpretes. El “político oráculo” es el político que habla poco, permanece en silencio o habla de formas extrañas y hay que interpretar sus gestos y sus silencios. Hay asesores que recomiendan a los políticos no hablar para no equivocarse ni definirse. “Jarrones chinos” que no se pueden tocar porque se rompen. El prestigio (falso) del silencio funciona en algunos contextos.

     

     La manipulación emocional y la histeria

     En la política hay un 90% de mentiras y un 10% de verdad, que además está al alcance de muy pocas personas. Cuando empieza la propaganda política, desaparecen en sentido común y la inteligencia, se cae en el delirio colectivo, la masa se lo cree todo.

     “La mala literatura se hace con bellos sentimientos” (André Gide).

     La muchedumbre tiende a reducir el intelecto al sentimiento, a una sensación, a la fantasía a veces infantiloide. Georges Lefebvre, historiador de la revolución francesa, habla en “La Grande Peur” del miedo a la reacción de los aristócratas a la toma de la Bastilla, que hizo levantarse a miles de pequeños agricultores simultáneamente en 17 sitios diferentes y alejados, y les hizo dirigirse a los castillos de los nobles y prenderlos fuego. Lefebvre lo explica diciendo que fue un cambio de estado, del pacífico la violento, que se producía por simple contacto físico, casi como por el “olor de las feromonas“, igual que las langostas, cuando se acumulan en un sitio, cuando la densidad es muy grande, el propio olor las excita, levantan un vuelo destructivo que no para hasta que se dispersan.

     Quizá por eso los demagogos tienen muchos partidarios y simpatizantes “de aluvión“, es decir, se alimentan de decepcionados e insatisfechos, hartos del sistema actual. Los demagogos se alimentan de ilusos y aprovechados. Los falsos líderes se ponen delante de la masa para hacerse la ilusión que la masa les sigue, intentan capitalizar el movimiento ciudadano. Muchos demagogos son meras cajas de resonancia de la opinión mayoritaria.

     A veces se acompañan de un aire “isaíaco”, como de profeta, gritando y clamando. La histeria (del francés hystérie, y éste del griego ὑστέρα, «útero») es una afección psicológica que pertenece al grupo de las neurosis. Técnicamente, se denomina Trastorno de conversión. Según el Concilio de Investigación Médica (Medical Research Council, 1941) se definió la histeria como una condición en la que el paciente muestra síntomas físicos y mentales, que no tienen un origen orgánico por el cual puedan ser explicados, y se originan y se mantienen por motivos no totalmente conscientes, dirigidos a una ganancia real o simbólica que deriva de tales síntomas. La histeria se puede dar y amplificar en la masa.

     El lenguaje de la política es sentimental. Los grandes demagogos son encantadores y sugestivos. En este sentido, los mítines son como bálsamos o drogas para los asistentes, de forma que puedan verse, aplaudirse entre sí y ver que son muchos. Las ceremonias y otros encuentros (de miles o decenas de miles) son para favorecer alguna identidad colectiva. No son encuentros para la reflexión, como las conferencias, que estimulan tertulias y que a su vez que estimulan conversaciones y reflexiones. Por eso el lenguaje protocolario, palabras y comunicados, que no significan realmente nada, tienen un efecto en la psique colectiva cuando traen mensajes de esperanza, de solidaridad, de apoyo, pedir paciencia… Por ejemplo, son un clásico las diferentes versiones del:

     “todo va en la buena dirección” 

     Es lo que dicen siempre los gobernantes. Dice Chomsky que el sistema sabe más sobre los individuos que los propios individuos saben sobre sí mismos, y ese conocimiento se puede usar para manipularlos. En palabras de John Kenneth Galbraith (1908-2006), economista estadounidense de origen canadiense:

     “Para manipular eficazmente a la gente, es necesario hacer creer a todos que nadie les manipula.” 

     Una parte del discurso político va dirigida a conmover y compeler, es decir, mover a la acción al auditorio. 

     En esto se diferencia del discurso neutro, académico: el discurso político no es académico. El caso extremo de discurso académico es el discurso de los bancos centrales, notablemente el ya famoso “Fedspeak“, un discurso diseñado al milímetro para reducir o incluso eliminar las posibles reacciones al mismo, para la gestión de las expectativas. Es famosa la anécdota de Greenspan, que afirma que recién llegado a su puesto, mientras hablaba, podía ver en las pantallas el efecto de sus palabras y el movimiento de las cotizaciones. Los precios se movían en función de lo que dijese.

     “Las verdades más cabales parecen siempre fantásticas.” (Gilbert Keith Chesterton, 1874-1936, ensayista y novelista británico)

     El demagogo, en cambio, gusta de la provocación, de ir hasta el límite de lo permitido. Es frecuente entre los demagogos el argumento según el cual “los sentimientos populares, que vienen de abajo, del pueblo, no se pueden criminalizar” Estos sentimientos ¿surgen espontáneamente o son provocados y se pretende que son espontáneos? El pueblo se expresa siempre con sentimientos. Incluso cuando vota lo hace por simpatías y antipatías. El sentimiento no se puede censurar hasta que no se materializa y se expresa en actos reconocibles por los demás, como el uso de símbolos anticonstitucionales, racistas, de incitación a la violencia…etc.

     Dice Aristóteles en su “Retórica”:

     “La persuasión es claramente un tipo de demostración pues la mayor parte de nosotros está completamente persuadido cuando consideramos que una cosa ha sido demostrada. De los modos de persuasión que provee la palabra hablada, hay tres tipos:

     Ethos: La persuasión se consigue por el carácter personal del orador, cuando el discurso es tan contundente que nos lo hace aparecer como creíble.

     Pathos: En segundo lugar, la persuasión puede venir de los que escuchan, cuando el discurso agita sus emociones.

     Logos: En tercer lugar, la persuasión se efectúa a través del propio discurso cuando demostramos una verdad o una verdad aparente por medio de argumentos persuasivos adecuados al caso en cuestión.”

     Si no hay un fondo verdadero en la retórica y la oratoria, el discurso se ve teatral, de cartón-piedra. La reacción del sentido común ordinario a veces tarda en llegar, pero cuando llega es devastadora.

     Activismo

     El activista es el que no conoce la acción política. Actúa “ad calendas grecas“, persigue utopías, y no para de actuar porque la única prueba que tiene de esas utopías es su propio activismo. Activismo es la acción por la acción, la acción sin norte, para entretener y mantener la confianza en que una idea es muy buena. La acción política está dirigida por una idea que se va desplegando por etapas. Los partidos estatales producen mucho activismo.

     Populismo

     Populismo es un término de gran ambigüedad, ampliamente utilizado, aunque no recogido en el Diccionario de la lengua española, que sí recoge «populista» con el significado de «perteneciente o relativo al pueblo»—idénticamente a la primera acepción de «popular» (ambas palabras proceden de la latina popŭlus, ‘pueblo’)― indicando como ejemplo la expresión «partido populista», que en realidad no es de uso común en castellano, aunque sí en francés (Parti populiste, Francia, 2005) y en inglés (Populist Party, Estados Unidos, de 1891 a 1908).

     En cambio, el mismo diccionario sí recoge «popularismo» (definido como ‘tendencia o afición a lo popular en formas de vida, arte, literatura, etc.’, lo que también se designa con los términos «casticismo» o «folclorismo»). Posiblemente el primer movimiento político con esa denominación fue el narodnik (como adjetivo, naródnichestvo como sustantivo) ruso del siglo XIX.

     El uso de los términos «populismo» y «populista» se hace habitualmente en contextos políticos y de manera peyorativa, sin que del término se desprenda una evidente identificación ideológica (dentro del esquema o espectro político izquierda-derecha), sino más bien con procedimientos políticos (demagogia o “estilo plebeyo”). También se ha aplicado en contextos religiosos para calificar a la teología de la liberación y a la teología del pueblo.

     El populismo político en el sentido en el que lo usaremos aquí, no entiende la diferencia entre la esperanza (basada en datos objetivos observables por cualquiera) y la mera ilusión (basada en percepciones subjetivas e imposibles de transmitir a otros).

     Los populismos suelen ser demagógicos, pero tienen un fondo de verdad. La demagogia pura, en cambio, es una mentira. Son cantos de sirena. El límite de la demagogia es la realidad.

     “Menos impuestos y más gasto” 

      Sin decir cómo. La inmoralidad empieza cuando el pueblo toma por viable cosas que el gobernante sabe que no lo son.

     El populismo es pretencioso: ambiciona grandes cosas con pocos medios. Presentarse con un programa que es imposible cumplir es un fraude al elector. Las clases populares, pobres e incultas, creen que el poder no tiene límites, que los ricos pueden todo y lo tienen todo y que todo está en su mano, que el gobierno lo puede todo y es sólo cuestión de voluntad.

     ¿Cómo se puede hacer un programa prometiendo cosas imposibles, o cuyo cumplimiento depende de un tercero o de otros países, o de personas que también tienen que responder de su mandato? La frustración es inevitable. Por eso hace menos daño un gobierno de ladrones que un gobierno que levanta al pueblo bajo consignas falsas e imposibles de conseguir. Echar la culpa a externos de cosas que en realidad son culpa del propio gobierno permite reconciliarse con el pueblo, pero el desengaño y la ira contra el exterior pueden ser terribles y provocar altercados, revueltas y problemas también en el interior.

     Populista es el que se atiene a lo que se llama sentido común popular, y que es pedir las cosas que necesita el pueblo sin tener en cuenta el coste ni los recursos disponibles para atender esas cosas. Es el que no hace más que abrir la boca para expresas sus deseos naturales: el que tiene hambre, pide pan, un sueldo, sanidad y educación. No es lo mismo que la demagogia. El populismo es, por eso, maximalista: “lo quiere todo ya”.

     Es muy diferente crear expectativas que concretarlas, es decir, “pasar de las musas al teatro”. La economía no puede ser democratizada porque depende de actores con intereses y voluntad propios. Hay que desconfiar de quien promete cosas a unos a costa de otros, a unos territorios, colectivos o minorías a costa de otros territorios, colectivos y minorías. Prometer una cosa que no se puede dar porque no está en las manos de quien promete es estafar.

     El populismo es una corriente que ha existido siempre, en la modernidad los populismos han sido y siguen siendo corrientes muy poderosas, a veces han llegado a triunfar, pero han durado poco tiempo, porque el populismo desprecia al pueblo, que sabe lo que pide, pero no sabe lo que cuesta lo que pide, ni siquiera cómo conseguir los recursos necesarios para ello. La moral del populismo es una retórica hueca que sólo busca controlar todos los resortes del poder y aprovechar el momento. Pero los populismos son flores de un día, “soufflés”, globos que se deshinchan, realidades líquidas (usando la metáfora de Zygmunt Bauman).

     Tocqueville censura a quienes carecen de práctica y experiencia en el ejercicio del poder y que de repente se convierten en una opción de poder. Lobaczewski afirma que los países con escasa tradición y cultura política son el caldo de cultivo de sistemas políticos enfermos, es decir, de patocracias. Dice José Múgica:

     “Me da miedo los sin partido, los que no responden a ninguna disciplina. Los partidos son el primer elemento de control que tienen los individuos. Se llame PP, socialismo, Podemos. Pero es algo colectivo. Pero ojo, si populismo es la lucha por elevar el nivel de vida de la gente o las políticas de igualdad, ese pecado lo pueden tener muchos. La frontera de eso es cuando las medidas que se toman paralizan a la economía, porque querés repartir tanto que al final quebrás el interés en el trabajo y la inversión. Si matás eso no tenés para repartir. Yo llamaría populismo a eso.”

     Dice Ralf Dahrendorf:

     “Populistas a la derecha, populistas a la izquierda. Quien dice «populismo» se adentra en un terreno difícil… En todo caso, el concepto de populismo es peyorativo…. Hablamos entonces de demagogia, y la demagogia tiene un gran repertorio de métodos.” 

     El populismo tiene ciertos rasgos característicos, como la simplificación dicotómica, el antielitismo (propuestas de igualdad social o que pretendan favorecer a los más débiles), el predominio de los planteamientos emocionales sobre los racionales, la movilización social, el liderazgo carismático, la imprevisibilidad económica, el oportunismo, etc.

     Una parte importante de los estudios latinoamericanos cuestiona el uso eurocéntrico y universalizador del término «populista», cuando se aplica a corrientes políticas latinoamericanas, obviando el estudio puntual y las circunstancias históricas particulares de las mismas.

     El populismo con una «significación peyorativa» ―que es la principalmente usada―, es el uso de «medidas de gobierno populares», destinadas a ganar la simpatía de la población, particularmente si esta posee derecho a voto, aún a costa de tomar medidas contrarias al estado democrático. Sin embargo, a pesar de las características antinstitucionales que pueda tener, su objetivo primordial no es transformar profundamente las estructuras y relaciones sociales, económicas y políticas (en muchos casos los movimientos populistas planean evitarlo) sino el preservar el poder y la hegemonía política a través de la popularidad entre las masas.

     En sentido general, sectores socialistas y comunistas han utilizado el término «populista» para definir a los Gobiernos que ―aun favoreciendo a los «sectores populares» (principalmente a la clase obrera)― no pretenden terminar con el sistema capitalista.

     Tanto la economía keynesiana, como una posición crítica de la política exterior de Estados Unidos han sido prácticas sustanciales del populismo latinoamericano, tanto de los años 1930-1950, como la más reciente ola de la «nueva izquierda» de los 2000. En el caso europeo de los 2010, la crítica principal es a la hegemonía y dominio de los intereses políticos alemanes y el sector financiero global.

     En palabras de Juan Carlos Torre (en La Audacia y el Cálculo”):

     “La crisis de la representación política es una condición necesaria pero no una condición suficiente del populismo. Para completar el cuadro de situación es preciso introducir otro factor: una «crisis en las alturas» a través de la que emerge y gana protagonismo un liderazgo que se postula eficazmente como un liderazgo alternativo y ajeno a la clase política existente. Es él quien, en definitiva, explota las virtualidades de la crisis de representación y lo hace articulando las demandas insatisfechas, el resentimiento político, los sentimientos de marginación, con un discurso que los unifica y llama al rescate de la soberanía popular expropiada por el establecimiento partidario para movilizarla contra un enemigo cuyo perfil concreto si bien varía según el momento histórico ―«la oligarquía», «la plutocracia», «los extranjeros»― siempre remite a quienes son construidos como responsables del malestar social y político que experimenta «el pueblo». En su versión más completa, el populismo comporta entonces una operación de sutura de la crisis de representación por medio de un cambio en los términos del discurso, la constitución de nuevas identidades y el reordenamiento del espacio político con la introducción de una escisión extrainstitucional.”

     Desde un punto de vista opuesto, los sectores conservadores han utilizado el término «populista» para definir a los gobiernos que presentan los intereses de las clases económicamente más altas (grandes grupos económicos, etc.) como separados y contrarios a los de las más bajas consideradas como una mayoría permanente con intereses homogéneos autoevidentes que no requerirían así del pluralismo político, destruyendo la posibilidad del disenso político y del crecimiento económico por vías privadas.

     Electoralismo

     Electoralismo es la tendencia a conceder exagerada importancia a los actos electorales en el desenvolvimiento de una sociedad política, hasta el punto de confundir democracia con elecciones.

     El electoralismo considera a las elecciones como un fin en sí mismas y no como un medio para designar a los funcionarios representativos del Estado. Supone que la democracia se agota en el acto electoral y hace del voto un punto de llegada y no un punto de partida del sistema democrático. Lo cual lleva a una subversión de valores, por la sustitución del ritualismo electoral a la sustancia democrática. No debemos cometer el error de confundir democracia con electoralismo. La democracia no se reduce al rito periódico de depositar un voto en una urna. La democracia no se agota en el acto electoral. La democracia es un punto de llegada mientras que las elecciones son un punto de partida para organizar las cosas sociales, políticas y económicas en términos de libertad, justicia y equidad, es decir, en términos democráticos.

     El electoralismo es a veces una aberración en la que incurren los partidos políticos. Pierden de vista los grandes objetivos nacionales, descuidan la preparación ideológica de sus militantes, abandonan el análisis de la realidad nacional y concentran todos sus esfuerzos en las campañas electorales. En esas condiciones, las alianzas entre partidos se efectúan en función de las conveniencias electorales y no de consideraciones programáticas.   Ellos se reactivan cuando se convocan elecciones. Permanecen adormilados todo el tiempo que va de una elección a otra, abandonan sus obligaciones políticas y su actividad en este período es casi inexistente; pero cuando se aproximan elecciones salen de su apoltronamiento y reemprenden con fuerza sus manejos electoralistas.

     Gobernar a base de encuestas es populismo, y lo más parecido a la oclocracia. Dice François-René de Chateaubriand:

     “Los pequeños Maquiavelos de estos tiempos se imaginan que todo va a las mil maravillas en una sociedad cuando el pueblo tiene pan y paga los impuestos.”

     De los programas electorales poco se puede esperar. Pocos los leen y los políticos no se esfuerzan demasiado en hacerlos llegar a los ciudadanos. Les basta con enunciar cuatro o cinco propuestas estrellas y poco más. Pesa mucho aún en la conciencia colectiva la máxima del profesor Tierno Galván de que “los programas están hechos para no cumplirlos”. Por tanto, poco puede esperarse de los contenidos programáticos a la hora de determinar el voto. Junto a los programas aparecen los candidatos, los políticos que se esforzarán por mostrar su cara más amable y se pasearán pos plazas y mercados mezclándose con los ciudadanos para aparentar cercanía e identidad, aunque no sepan cuánto cuesta un café con leche. Si los programas pueden ser solo aproximadamente indicativos del rumbo que los políticos pretenden tomar, se puede y se debe tomar como referencia los antecedentes del candidato y lo que es más importante, lo que realmente piensa, es decir, sus principios y valores. Los antecedentes del candidato, su experiencia, su vida pueden claramente anunciarnos cómo se va a desenvolver cuando asuma responsabilidades de gobierno. Sin embargo, siendo quizás mucho más importante, hoy en día es mucho más difícil saber qué piensa un candidato, en qué cree y en qué no cree.

     La clase política, de hecho, vive de su propio espectáculo, fama, entrevistas, luces y cámaras. Es uno de sus medios de mantenerse en el poder. A esto se añade que muchos políticos sólo son capaces de sobrevivir en un ambiente “de pecera”, de medios de comunicación favorables, acólitos que les llevan en volandas, y un ejército personal de propagandistas y de asesores. Son incapaces de sobrevivir fuera de esa burbuja, de resistir una réplica, porque se les ve la mediocridad.

     El político tiene que tener un discurso racional y una ideología, pero las elecciones no se ganan con la racionalidad. Antes de las elecciones, prolifera la publicidad institucional, el autobombo, lo que es una publicidad electoral encubierta, igual que las grandes inauguraciones. El consejo de ministros español, por ejemplo, repartió recientemente “el premio gordo”, (25.000 millones de euros) dos semanas antes de las elecciones. Son consejos de ministros que parecen el salón de la lotería del gordo. Reparto de millones antes de las elecciones. Lluvia de dinero en forma de ayudas, subvenciones, programas de ayudas y proyectos para regar el terreno electoral. En el fondo, es un fraude a la ley española de 2011, que intenta evitar el caciquismo y la compra de votos: prohíbe actos políticos de inauguración de obras y edificios públicos, limitación de campañas institucionales…etc.   durante las campañas electorales. El partido en el gobierno tiene una ventaja innegable sobre el resto en este aspecto, pues puede repartir dinero y anunciarlo (aunque hacerlo durante la campaña es fraude de ley). Ni siquiera se inauguran obras públicas, se limitan a anunciarlas. En el fondo, es ponerse la medalla con el dinero de los contribuyentes, atribuirse el esfuerzo de los contribuyentes. Caciquismo moderno, compra y mercadeo de votos.

     La política no es racional. Es una guerra y en la guerra vale todo. Por eso la campaña electoral es más bien una cuestión táctica y estratégica, como una operación militar. Se piensa y se ejecuta.

     En mercadotecnia se llama McGuffins a las actividades irrelevantes (promesas, actos, apariciones) que se hacen para despistar y mover el foco de atención (en concepto está basado en una idea original de Hitshcock). El mundo es un gran escenario y el poder hay que escenificarlo. Hay que aparentar seguridad y aplomo, con grandes gestos. El buen actor tiene “amplio el ademán“.

     La siguiente frase es atribuida al antiguo gobernador de Nueva York Mario Cuomo:

     “Se hace campaña con la poesía, pero se gobierna con la prosa”. 

     La masa, que es la que decide las elecciones, vota visceralmente . Dice Adolph Lowe que en una sociedad siempre hay tres tercios. Uno de ellos está a favor del régimen de forma incondicional. Otro está en contra también de forma incondicional. Y un tercero que está a favor o en contra de forma interesada y es quien suele definir finalmente en las ecciones. Son tres grupos, pero no se corresponden necesariamente con tercios exactos. Aunque se aproximan bastante: en Europa, la abstención típica es de un 30 o un 40% y muchas elecciones se deciden por menos del 4% de los que votan (es decir, de los 2/3 restantes). En las elecciones europeas, el votante cree que no se ventila nada importante, y por eso son más proclives al voto experimental y de castigo.

     Los mensajes electorales son, por tanto, de dos tipos. Unos buscan reafirmar a los incondicionales, y otros buscan arrastrar a los indecisos. A los que están en contra visceralmente se les intenta desanimar.

     A propósito de la idea de “Jornada de reflexión” en las elecciones, uno no puede dejar de pensar en el término “jornada” como propia de obreros que dedican excepcionalmente un día a reflexionar antes de las elecciones. Es imposible limitar la reflexión, y no tiene sentido una jornada de reflexión si no hay reflexión. En EE.UU. se puede hacer campaña hasta el último minuto.

     Para empeorar las cosas, dice Pierre-Joseph Proudhon:

     “el pueblo acierta siempre, salvo cuando piensa”

     Sobre la reflexión ciudadana en la política

     En política, siempre es posible renunciar a la razón y guiarse únicamente por el sentimiento, incluso en los países más civilizados (caso de la Alemania de los años 1930), pero los sentimientos ciegos en política conducen al fascismo y al nacionalismo. En los países civilizados, se racionaliza, se discute racionalmente sobre política para que los sentimientos se decanten en función de unas razones que sean esgrimibles y defendibles.

     Demos (masa amorfa, pueblo llano, corriente, ignorante, que sigue a los demagogos que lo engañan con facilidad) se opone a laos (el sector del pueblo que sigue a un líder, palabra usada por Homero en la Ilíada, Antonio García-Trevijano llama tercio laocrático a la parte politizada que quiere hacer cambios, transformar la sociedad y habla de laocracia como contrapuesto a demagogia). Las ideas políticas no proceden de las propias ideas, sino de los hechos, de lo empírico. Unos políticos piensan y sacan conclusiones, y otros no.

     Marx, de forma equivocada y tomando una idea hegeliana, decía que toda sociedad está preparada para resolver los problemas que ella misma plantea. En realidad, las necesidades son percibidas antes que las soluciones.

     Dice Jorge Wagensberg Lubinski, profesor, investigador y escritor español:

     “Conversación: hablar después de escuchar con alguien que escucha antes de hablar.

     Intercambio de ideas: un individuo es para la reflexión, dos individuos son para la conversación, unos diez son para la tertulia y unos cien para la conferencia.

     La conferencia (unos cien) favorece la tertulia (unos diez).

     La tertulia (unos diez) favorece la conversación (dos).

     La conversación (dos) favorece la reflexión (uno).

     La reflexión fomenta la independencia del individuo respecto de la incertidumbre.

     A las ceremonias y otros encuentros (de miles o decenas de miles) no se acude a intercambiar ideas, sólo a recibirlas o a confirmarlas.

     Una sala de conferencias en la que caben miles de personas está bajo sospecha.”

 

FUENTE:

Blog Teoría Antropológica Sociológica

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