El pueblo es como un niño

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     El español es un pueblo que se ha acostumbrado a vivir en la ficción de que es el héroe de su propia historia, el dueño de sus propios tiempos y de los acontecimientos que cree estar protagonizando. Gracias a la labor de los narradores del régimen, ha terminado tragándose el cuento de que se ha ganado la libertad, se ha dado a sí mismo una constitución y vive ahora feliz y come perdiz en una democracia avanzada (como si pudiera haber democracias atrasadas) que es el fruto de sus ímprobos esfuerzos. Preso en este bucle narrativo, el pueblo ha caído finalmente en ese otro bucle mucho más asfixiante que es vivir por siempre jamás en una mentira de 504.645 kilómetros cuadrados y haber perdido las ganas y las fuerzas para combatirla.

     Desde el principio de la crisis, el pueblo ha estado vigilado por los dos partidos hegemónicos, los Jaquín y Boaz del régimen, que son quienes tienen el monopolio de la información y la ingeniería social. Prueba de ello ha sido el modo como se han desarrollado los acontecimientos en los últimos años, o mejor aún, cuál ha sido finalmente su desenlace. El 15-M, el “no nos representan” de aquellas sorprendentes primeras veinticuatro horas, está ahora en plena campaña electoral, siguiendo a rajatabla las mismas reglas que antaño decía querer abolir. El regeneracionismo se ha metido de lleno en el relato inveterado y todo lo basa en la falsa dicotomía entre izquierda y derecha. El cuento es el mismo y se escucha en silencio, porque desde que existen Podemos y Ciudadanos, se han terminado las acampadas en las plazas, las calles se han vaciado y ya nadie habla de procesos constituyentes. Todo ha sido un espejismo con el que se ha controlado la intemperancia de la gente ante el sablazo que estaba a punto de propinarle un Estado en quiebra.

     Así que al final debo dar la razón a aquel tópico dieciochesco que aseguraba que el pueblo es como un niño. De hecho, creo que excluyendo a Rusia y a algunos países del este, no hay pueblo en Europa más niño que el español, pues está demostrado que necesita un adulto que le trace límites precisos. Entiéndase esta necesidad como algo impuesto que ha terminado arraigando con fuerza; no cabe esperar otro resultado de cuatro décadas de dictadura y casi otras tantas de partidocracia. Aquí la servidumbre voluntaria ha prevalecido por hábito; no es ley social, como pretendiera Étienne de La Boétie, sino inercia que ha terminado diluyendo el país en el bromuro de su propia historia. Esto lo sabían Franco y los que mantuvieron su legado tras su muerte. Solo así se explican fenómenos tan hispánicos como el franquismo sociológico, las legendarias mayorías absolutas de Felipe González y la perpetuación del caciquismo en regiones como Andalucía, Valencia o Cataluña.

     Pero también el pueblo español es como un niño porque le gusta que le cuenten las historias que ya conoce. Al igual que el niño desea que se le repita cada noche el mismo cuento, el pueblo concibe todo hecho histórico como una narración que ha de reiterarse indefinidamente, goza con lo consabido porque así se siente dueño de lo que se cuenta. Por eso los cantares de gesta devinieron romances, porque la gente quería oír una y otra vez los pasajes que más le gustaban. Y ay de aquel juglar que osara saltarse un octosílabo, o del pobre padre que ahora no se atenga al orden exacto de los pasajes de Caperucita Roja.

     Ay de aquel que en estos días oscuros intente advertir a sus contemporáneos de que, como en el 78, están siendo engañados otra vez.

FUENTE: La AUTOPSIA, Blog de David López Sandoval

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