La catilinaria del verano

García-Trevijano y Vilallonga

El Mundo, miércoles 24 de agosto de 1994

Antonio García-Trevijano Forte

     Si el Rey no lo hubiera tomado en serio encargándole su novelada biografía, jamás se me habría ocurrido pensar que algún día me tomaría la molestia de responder a una mentira injuriosa de José Luis de Vilallonga. Todo el mundo informado sabe que ése es su oficio y que de eso vive. Pero muchos lectores de La Vanguardia, periódico que ha publicado la «valerosa» catilinaria de nuestro celador de la patria en peligro, pueden creer que un biógrafo del morador de La Zarzuela, por mucha imaginación que le eche al asunto, algo debe saber. Y que por ello denuncia en público una siniestra confabulación para «desviar en beneficio propio el curso de la historia de España», incluyéndome entre los conjurados. Por lo que se refiere a los hechos personales que sobre mí «cuenta» el fabulador de historietas, me basta con afirmar que ni uno solo es verdad. Y no contestaré en La Vanguardia porque estoy habituado a ser difamado con dossiers tan fácilmente preparados, como confiesa saber hacer ese «catilinario» de verano.

     Pero me importa mucho, por la dignidad de las ideas democráticas que defiendo desde hace cuarenta años, sin haber podido cambiar en ellas ni una coma, aprovechar esta ocasión para desmentir que yo haya dicho en público o en privado, alguna vez en mi vida, que pretendía o deseaba ser presidente de la República. Y, para colmo, se me ofende con esa imbecilidad de suponerme capaz de soñar con la piel del oso antes de cazarlo. Mi posición ante el tema de Monarquía o República ha sido siempre la misma. Y la tengo escrita y razonada en el libro La alternativa democrática, que publiqué en la primavera de 1977.

     Lo que España necesita para preservar su unidad nacional, evitar la corrupción y garantizar los derechos de las minorías y de los ciudadanos, y gobernar, es la democracia. Esta Monarquía parlamentaria, como cualquier otro Estado de partidos, no es una democracia, sino una oligarquía. La única forma democrática de gobierno es el presidencialismo, con sistema electoral uninominal para la representación en el Parlamento de la sociedad civil. El sistema proporcional de listas de partido sólo lleva al Parlamento la redundancia de la sociedad política financiada por el Estado. El presidencialismo es la única forma democrática de gobierno, porque es la única que separa al poder ejecutivo del legislativo.

     Entre una Monarquía Parlamentaria, como la actual, y una República Presidencialista, yo defenderé siempre a la República. Entre una República parlamentaria, como la italiana o la alemana, y una Monarquía presidencialista, yo defenderé siempre a la Monarquía. O sea, que en ambos casos mi combate no tiene otro objetivo que la democracia. Y si de una cosa estoy seguro es de que la democracia jamás puede llegar desde arriba por un golpe de Estado o una conjuración de iluminados. O la conquista el pueblo con un cambio de la opinión pública o no hay democracia. Por eso colaboro habitualmente en la prensa, escribo libros, doy conferencias y hablo en la radio.

     Por mí, no diría ahora nada más. Pero ni el Rey ni su padre, el Conde de Barcelona, son merecedores de la conducta maleducada que, por herirme, les atribuye el «catilinario». Dos veces he visitado La Zarzuela. La primera, cuando Don Juan de Borbón (con ocasión de su primer viaje a Madrid para el bautizo de su nieto) me pidió que le presentara allí a las fuerzas políticas de la oposición a la dictadura. La segunda, a petición del príncipe Juan Carlos, para pedirme una información del entorno de su padre, que yo no sabía ni quería saber. Tuve contactos con los más altos mandos del Ejército, pero siempre de acuerdo con Don Juan. Y fruto de ellos fue la entrevista secreta que celebró, en mi piso de la Plaza de Cristo Rey, con el teniente general Díaz Alegría. Respecto a los demás conjurados, y aunque ellos sepan defenderse solos, he de decir que no he tenido la ocasión de conocer a don Alfonso Guerra ni a ninguno de sus amigos, y que supongo no tendrá el menor interés en conjurarse conmigo, si fuera cierto el odio a los socialistas que me atribuye el «catilinario». En cuanto a don Pedro J. Ramírez, son patentes nuestras diferencias de opinión sobre la situación política, porque las publicamos todas las semanas. Mientras él cree en esta Monarquía Parlamentaria y culpa al «felipismo» de la degradación nacional, yo no creo en ella y considero que el llamado felipismo no es causa, sino efecto, de esa degradación. Y culpo de todos los males políticos que causa a España el Estado de partidos y las Autonomías, a la Constitución. Respecto al Sr. Ansón sólo puedo decir que toma en serio la seriedad, no esta supuesta fantochada de carbonarios. En cuanto al Sr. Aznar, yo no puedo olvidar lo que representa el partido creado por Fraga. Y siempre pido la abstención.

     Lo extraño de esta «catilinaria de verano» es que periódicos serios, como La Vanguardia que la publica y El País que se hace eco, no la hayan dado a cinco columnas en primera. Si piensan que es verdad, ése era su único tratamiento. Y si saben, como es el caso, que es mentira, no podían acogerla en sus páginas. Pero tengo demasiada experiencia para no saber lo que saben esos periódicos. Es decir, que se trata de un trabajo de encargo para meter miedo entre los miembros fundadores de la AEPI. Una asociación de escritores y periodistas independientes (entre los que me encuentro, junto a prestigiosas firmas de la literatura, el ensayo y el periodismo), que ha sido constituida hace unos días precisamente para defender la libertad de expresión y el disentimiento, contra el consenso totalitario que tratan de imponer a la opinión pública tanto los medios estatales de comunicación, controlados por el Gobierno, como los medios privados del oligopolio editorial. Del que nos da un claro ejemplo el comportamiento informativo del diario El País, que silencia un hecho cultural y político tan novedoso como la constitución de la AEPI, y trae a su página editorial la catilinaria fabricada en La Vanguardia contra esa asociación.

Carta de París: García-Trevijano de José Luis de Vilallonga, publicado en la sección de Opinión de La Vanguardia el día 22 de agosto de 1994

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