EL GRAN ARTE DE KOKOSCHKA

de-Kokoschka

 

LA RAZÓN. LUNES 30 DE SEPTIEMBRE DE 2002

Antonio García-Trevijano Forte

     Poco antes y durante la guerra del 14 no era París, sino Viena, la capital cultural del mundo. Allí estaba el foco de irradiación de la modernidad en psicología (Freud), filosofía (Wittgenstein, Carnap) y música (Mahler, Schönberg). El pintor Gustav Klimt había creado el prototipo de mujer vampiresa devora-hombres. La rodeó con tanto ornato de color que en realidad legitimó la pintura decorativa. Su discípulo Oscar Kokoschka, atormentado por sus propias pasiones y por la inhumanidad del mundo, penetró de tal modo en la psicología de los individuos, sintió tan amargamente el drama de ser devorado por una bella apasionada, que llegó a ser el primer retratista de enfermedades de los cuerpos y las almas. Los nazis le confiscaron 400 obras de «arte degenerado».

      Antes de 1911 hizo los retratos del profesor Forel y del ensayista Scher. Al primero lo pintó con el ojo derecho muerto, rostro de erudito y mano derecha agarrotada. El retratado sufrió dos años después una parálisis del lado derecho. Al segundo le puso una expresión de convicto, sin saber que había sido encarcelado por insultar a un ministro. El retrato de H. Walden, prodigio de técnica espectroscópica, comunica la impresión, con claros ocres grisáceos y ligera capa de manchitas blancas y radiaciones negras, de estar viendo de perfil, con rayos X, a un asténico inteligente para la observación, ciego para la introspección y lleno de fría pasión de dominio.

      La bella Alma Schindler, hija de pintor y esposa de varios hombres de genio, tuvo una relación tormentosa con Kokoschka, entre 1911 y 1914, estando casada con el compositor Mahler. Ella misma la describió como una «larga y violenta guerra amorosa». El pintor vivió la ambivalencia pasional de lo erótico y lo tanático. Sobre este tema compuso el poema «El asesino: la esperanza de la mujer» y el colosal óleo (181 x 225) «La novia del viento» («Die Windsbraut»), hoy en el Museo de Basilea. Para huir de la posesiva Alma, el pacifista Kokoschka se alista y es herido en 1915. Terminada la guerra, el solitario profesor de arte en Dresde siempre lleva consigo, incluso al teatro, una muñeca de tamaño natural. Viaja por Europa y Norte de África pintando el espíritu de las ciudades, hasta que el nazismo le hace buscar refugio en Londres.

      En «La novia del viento», una obra verdaderamente genial, el amor desenfrenado sólo es vencido por la naturaleza insobornable del hastío. El arte ha metido la crueldad del amor carnal en el torbellino etéreo de la lucidez de un hombre roto y despellejado, junto al que yace el vigoroso cuerpo intacto de una mujer que sólo es hermosa porque está dormida. Girando en el ojo del huracán de las pasiones, acostados en una frágil barquichuela cóncava que apenas los abarca, flotando entre alucinaciones apocalípticas, el pintor y su amante expresan con su falta de armonía la desarmonía universal del mundo. No se trata de una pintura alegórica ni simbólica. Aquí hay una descripción minuciosa de una mujer poderosa reposando tranquila junto a los restos aún vivos de su despedazado amado. Un dibujo tan barroco como en las descripciones de Rembrandt, pero tan sublime como en las visiones de El Greco. Esta original combinación aleja a Kokoschka del expresionismo alemán y lo acercan a la monumentalidad de los desnudos cadavéricos del suizo Hodler.

      Las meditaciones de estética no provenían en este originalísimo pintor de las teorías, sino de su consideración del arte como visión del mundo, «no ante la sociedad que dicta la moda y el gusto apropiado para su ambiente y su época, sino ante la juventud, ante las generaciones futuras que han sido abandonadas en un mundo bombardeado, sin conocer el temblor respetuoso del alma ante el misterio de la vida». Con casi 70 años retoma la nacionalidad austriaca, se instala en Villeneuve junto al lago Ginebra, sigue pintando temas de conciencia moral, funda la «Escuela de la Visión» en Salzburgo y muere a los 94 años en 1980.

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