LA PINTURA NAIF

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LA RAZÓN. LUNES 23 DE SEPTIEMBRE DE 2002

Antonio García-Trevijano Forte

     Siempre han existido pintores y pintoras de fin de semana. La novedad estuvo en que el Art Nouveau y el gusto por lo primitivo los puso de moda a comienzos del XX. Muy pocos lograron combinar su ingenuidad pictórica, su falta de oficio, con la inocencia intelectual de sus representaciones simbólicas. El más famoso de todos, Henri Rousseau, el Aduanero, no carecía de oficio. Su obra fue calificada de naïf porque no seguía el estilo de ninguna escuela y pintaba cosas irreales, de fantasía simple, con el realismo preciosista de los miniaturistas.

     En el mismo año en que Picasso presentó a sus amigos las sofisticadas señoritas de Aviñón, Rousseau sorprendió a todos con una composición colosal, exótica y lírica: «La encantadora de serpientes». Bajo la luz de una luna llena y entre una vegetación tropical a la vera de un lago, una mujer de piel oscura, ojos brillantes y una serpiente colgando de su cuello, encanta con su flauta a varios ofidios que se acercan a ella desde el suelo y los árboles, junto a una hermosa ave del paraíso y tres plantas cuya luminosidad en dorado metálico acentúa la nocturnidad de la escena. El sueño feliz de un funcionario municipal.

     Picasso le ofreció un banquete en el Bateau-Lavoir, con Max Jacob, Apollinaire y los pintores de la vanguardia parisina. Allí, el nada modesto Aduanero, que ya se había autorretratado de pie ante un paisaje urbano de París en 1890, afirmó que Picasso era el gran pintor del estilo egipcio y él el gran pintor del estilo moderno. Aparte del grupo de artistas del Bateau-Lavoir, sólo el coleccionista Von Uhde apreció la pintura de Rousseau, cuya cotización se disparó al morir aquel «ingenuo» autor, que estuvo a punto de ir a prisión a causa de un fraude cometido por el oficinista de un banco.

     El caso más auténtico y llamativo de pintura naïf lo protagonizó Séraphine Louis, la mujer de la limpieza del mencionado coleccionista Von Uhde. Acosada por voces interiores, aquella devota de la Virgen pintó alucinadas visiones de arbustos, follajes, frutos, aves e insectos, salpicadas de ojos inquietantes de ángeles y demonios. Su óleo «Árbol del Paraíso», de casi dos metros de altura, en el Museo Nacional de Arte Moderno de París, continúa sorprendiendo por su riqueza cromática y la sabia composición de dos masas vegetales, separadas por la claridad de una estrecha franja de cielo blanquecino con manchitas azules, que divide en diagonal la extraña foresta enfebrecida, que a su vez está cruzada por la diagonal contraria del tronco rojo de un árbol en primer plano.

     La lista de pintores ingenuos continuó en París con Bauchant, Bombois y Vivin; en Holanda, con el criador de caballos Van Weert, que cogió los pinceles a los setenta años; en EE UU, con los desnudos esquematizados de Hirshfield y las granjas idílicas de la centenaria Grandma Moses, que también comenzó a pintar a los setenta años. El éxito popular del género naïf indujo a su imitación por muchos profesionales (Maurice Utrillo, el más sincero), que lo convirtieron en la alternativa estética de lo bonito a las sofisticaciones abstrusas de la pintura conceptual o abstracta.

     El hábito a lo naïf facilitó por un lado la pronta aceptación de las complejas creaciones de Kandinsky y las figuraciones infantiles de Miró, en una sociedad que se resiste a salir de la infancia, pero de otro lado ha inundado el mercado del arte de pinturas de aficionados convertidos en profesionales de la abstracción o del simbolismo, gracias a lo fácil que resulta a la simpleza mental y a la carencia de sensibilidad emotiva, tanto manchar una tela con colores imprecisos o delimitados a regla y compás, como rellenarla de grafismos esotéricos. El profano aún no ha comprendido que, a diferencia del arte figurativo, donde caben gradaciones en su valor estético, en el arte abstracto sólo son tolerables las obras geniales. Por eso, hasta un maestro como Léger se prohibió a sí mismo acometer la pintura abstracta.

 

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