LUJO, CALMA Y VOLUPTUOSIDAD

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LA RAZÓN. JUEVES 12 DE SEPTIEMBRE DE 2002

Antonio García-Trevijano Forte

     Antes de la primera guerra mundial, los herederos del impresionismo esbozaron en París todas las corrientes artísticas del modernismo actual. Bajo la sombra protectora de Pisarro, Seurat formaba los colores de los objetos en la retina con la técnica puntillista, y su discípulo Signac, con la divisionista. Contra esa tiranía de la física del color, los «fauvistes» (Derain, Marquet, Vlamink, Rouault, etcétera) retornaron a las composiciones planas de Gauguin y los arabescos expresionistas de Van Gogh. Pero el líder del grupo, una de las mayores inteligencias pictóricas en la historia del arte, no se apartó del clasicismo de Cézanne. Entre 1904 y 1905, Henri Matisse se fue a Saint Tropez con su amigo Signac, y allí convirtió en obra plástica la poesía de Baudelaire: «Tout est ordre et beauté. Luxe, calme et volupté».

     En este bellísimo óleo (Museo d’Orsay, 98 x 118 cm) está definida la nueva visión de la pintura moderna. El objeto pintado no tiene interés por sí mismo. Es el entorno lo que crea el objeto. El propio Matisse lo dirá mejor: «He trabajado durante toda mi vida delante de los mismos objetos, que seguían dándome la fuerza de la realidad. Mi espíritu lo dirigía hacia todo lo que estos objetos habían representado para mí y conmigo. Un vaso de agua con una flor es diferente de un vaso de agua y un limón. El objeto es un actor. Un buen actor puede tener un papel en diez obras diferentes. Un objeto puede tener un papel diferente en diez cuadros diferentes».

     Una jarra y unas tacitas de porcelana puestas sobre el mantel en una mesa tienen un valor de cotidianidad diferente al valor de lujo que tendrían en un mantel extendido sobre la arena de la playa. No es igual el erotismo de seis mujeres desnudas y un varón vestido tomando café en la habitación de un burdel que la voluptuosidad de hacerlo en la playa. Tampoco es el mismo objeto una barca de pescador faenado en el mar que varada en la playa. Hasta aquí el cuadro de Matisse es meridiano. El secreto de su pintura está en cómo ha podido llegar a integrar las pasiones de lujo y voluptuosidad en una calma que exprese orden y belleza.

     El análisis de esta pintura confirma mi teoría de que el gran arte consiste en la expresión de una pasión que ha sido dominada por las reglas del oficio. El lujo y la voluptuosidad de lo representado en el cuadro están doblemente entornados, es decir entrevistos y rodeados, por la calma que los encuadra en el orden y belleza de la naturaleza en una tarde apacible de verano. La cuestión está en la técnica que permitió a Matisse dar a su pintura una expresión tan poética y equilibrada como la del propio Baudelaire.

     El orden lo consigue el clasicismo de la composición. La horizontalidad del paisaje está asentada en el espacio por la verticalidad de un tronco de pino en primer plano y del mástil de la embarcación en plano medio. La profundidad está marcada, sin líneas de fuga, por la diagonal del palo que cruza el mástil enrollando la vela y las cuatro ramitas del pino señalando las cuatro orientaciones del espacio.

     La expresión de calma proviene del modernismo neoimpresionista en el tratamiento del color. La ausencia de tensiones o conflictos, entre una humanidad placentera y una naturaleza sosegada, la hace visible la identidad de los pequeños trazos de pincel rojo y azul con los que se colorean por igual firmamento, tierra, mar, vegetación, objetos y figuras humanas. Un homenaje a la técnica divisionista de Signac, que es el hombre vestido y sentado a la vera de las mujeres desnudas. La belleza sensorial del conjunto expresa la belleza moral de la plácida situación.

     Un año después Matisse pintó «La alegría de vivir». Un cuadro que lo consagró como maestro de los artistas europeos congregados en París, al que el ambicioso Picasso respondió, para disputarle ese liderazgo, con el disparate pictórico de «Las señoritas de Avignon».

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