LA ESTATUA DE CONDILLAC

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LA RAZÓN. LUNES 5 DE AGOSTO DE 2002

Antonio García-Trevijano Forte

     El arte de lo informe puede ser interesante pero no bello. La belleza está en la expresión acabada de formas particulares de la materia física u orgánica que, más allá de las impresiones que inhieren nuestros sentidos, convierten las sensaciones materiales en emociones conmovedoras del espíritu humano. El valor estético de cada obra de arte corresponde a la calidad y magnitud de lo expresado en ella como emoción comunicable.

     La informidad de la materia y el experimento con materiales inesperados pueden causar sensaciones interesantes, como las experimentadas por los adultos ante los primeros trazos infantiles o las novedades superfluas, pero no emociones orgánicas o morales que nos inquieten o conmuevan. El artificismo del arte de chocar ni siquiera rompe la inercia de la mente.

     Lo feo y lo bello no agotan la escala de los valores estéticos. Esa escalera sutil también tiene peldaños para lo sublime, lo hermoso y lo terrible. La estética sólo excluye de su ámbito las sensaciones de placer y dolor que compartimos con los animales. La teoría materialista de las sensaciones, formulada por Condillac bien avanzado el XVIII, pudo ser adecuada para explicar el origen de las ideas, como hicieron los ideólogos del Instituto donde se matriculó Napoleón, pero inadecuada para fundar las bases de una estética que, en esa filosofía, sólo podría ser de lo sensacional.

     La célebre metáfora de la estatua de mármol dotada de cerebro y carente de sentidos exteriores, a la que se comienza añadiendo el olfato, ilustra la creencia de que un solo sentido basta para crear la memoria, la distinción entre objetos y las ideas universales. Pero esa estatua, como los ordenadores de inteligencia artificial, nunca accedería al mundo de las intuiciones alógicas que inspiran las creaciones del gran arte ni a las emociones suscitadas por la contemplación de sus mejores obras.

     Mi formación estética no proviene de la filosofía. Rechazo la consideración del arte como fuente de saberes sensibles inferiores a los saberes intelectuales de la lógica, como creyó el fundador de la estética como disciplina autónoma, Baumgarten. Lo que la emoción estética tiene de irracional está de sobra compensado con la autenticidad de las intuiciones de lo verdadero. Pero aunque comporte conocimiento intuitivo, la finalidad del arte es la contemplación. También rehúso la confusión kantiana de equiparar su objeto con lo que agrada universalmente. Un plato bien sazonado será un deleite para todos, no una belleza. Y la escultura helenística Laocoonte es tan bellísima como angustiosa.

     Más que de los primeros tutores y los primeros amores, como se ha dicho, en mi caso los criterios del gusto estético proceden de la Historia del arte. En ella encuentro todo lo que hay que sentir o saber para distinguir con fundamento objetivo los valores estéticos expresados en cada obra de arte, incluido el literario. Esto no quiere decir que la estética se reduzca a un buen conocimiento de la tradición artística, pero sí que las innovaciones estéticas han de responder siempre al sentido y a la función que dieron los grandes maestros a sus obras de arte, como expresión de nuevas intuiciones formales, que fueron inteligentes para la comprensión del mundo de su tiempo y conmovedoras para siempre de la vida ordinaria. No se debe olvidar que el gran arte complace porque evade. Cosa que no puede lograr el sensacionalismo artístico, sin más propósito que el de chocar.

     Me encanta que la erudición en humanidades del profesor Martín-Miguel Rubio le permita descubrir paralelismos entre mis ideas y las de lo clásicos, de las que yo mismo no soy consciente. Pero me satisface mucho más que mis artículos de pensamiento político o estético lo distancien de su tragedia familiar, aún tan cercana, embarcándolo en nuevos viajes de ida y vuelta a la vieja Grecia y la antigua Roma.

 

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