LA TOMA DE LA BASTILLA III

Odalisque couchée, 1814, Ingres jean Auguste Dominique

 

Antonio García-Trevijano Forte

     La toma de la Bastilla, mito o realidad

     La creación de mitos no es atributo exclusivo de los pueblos primitivos. La condición social del hombre siempre ha mantenido dividida a la humanidad en grupos separados que marcan sus diferencias con una fuerte cohesión interior. Los mecanismos biológicos que posibilitan y condicionan el recuerdo, hacen de la memoria grupal una máquina prodigiosa de fabricar consenso por medio de mitos unificadores.

     El mayor conocimiento racional en las sociedades modernas no ha eliminado la necesidad del mito, pero sí ha cambiado la función que desempeñaba en el proceso de constitución y mantenimiento de las formaciones sociales.

     El origen legendario del mito primitivo permitía que, sin mediaciones voluntarias, produjera directamente el consenso social. Pero el mito moderno, para alcanzar ese mismo resultado, necesita la mediación consciente del consenso político. Si éste no altera significativamente la realidad histórica, el mito fundacional comunica una profunda estabilidad evolutiva al consenso social. Pero si el consenso político sustituye la realidad histórica por una fábula que altera el significado de lo real, la sociedad se verá condenada a sufrir la violencia institucional y la propaganda ideológica para que el mito fabuloso pueda cumplir su función.

     La Declaración de Independencia americana es una realidad histórica, ocurrida el 4 de julio de 1776, ennoblecida y embellecida por el recuerdo de un mítico consenso político de honestidad y valentía fundadoras de la nación. La identidad sustancial entre la realidad y el mito ha permitido la adaptación del consenso originario a los grandes desafíos de la guerra de secesión y de la segregación.

     La toma de la Bastilla es el ejemplo más notable del tipo bastardo de mito moderno. La diferencia sustancial entre la realidad el día 14 de julio de 1789 y el mito fabuloso creado en los tres días siguientes hizo imposible el desarrollo pacífico de la Revolución, causó su fracaso democrático y, en consecuencia, el de los Estados que hoy se legitiman, como el nuestro, en el bicentenario mito.

     La realidad de lo sucedido en París el día 14 es bien conocida. Pero la historia no explica cómo nació la fábula de la toma de la Bastilla y de la Revolución el día 15, ni por qué tuvo que ser solemnemente consagrada en los días 16 y 17 de julio de 1789.

     Sin esta fábula, la jornada del 14 de julio habría pasado a la historia como lo que realmente fue. Nadie tuvo ese día conciencia de que se estaba realizando, con el asalto a la Bastilla, algo trascendental. Ni siquiera era un objetivo táctico entre la Corte y la Asamblea. El día 14 fue la simple continuación de una insurrección defensiva de la alta y media burguesía de París comenzada el día anterior.

     Por razones de necesidad vital los electores burgueses se autoconstituyen en Comuna municipal y asambleas de distrito. Designan un comité permanente. Forman una milicia burguesa. Piden a la Asamblea que apruebe esta iniciativa. Obtienen del preboste municipal Fresselles autorización para retirar los fusiles almacenados en los Inválidos. Se oponen a la masa popular que, agitada por los agentes del duque de Orleans controlados por Choderlos de Laclos, desvía hacia la Bastilla al cortejo que regresaba de los Inválidos. Negocian con el gobernador de la fortaleza, el marqués de Launay, la entrega de pólvora y la integración de una guardia burguesa en la guarnición de la Bastilla. No participan en el insensato abordaje de la desordenada multitud de artesanos, soldados y pequeños burgueses que entra en un patio interior donde es fusilada impunemente por la guarnición suiza, dejando más de ochenta muertos y otros tantos heridos. Se oponen a que una columna de trescientos soldados de la guardia francesa, al mando del teniente Elie, y unos mil ciudadanos, la mayor parte artesanos, marche a la Bastilla con los cuatro cañones recogidos en los Inválidos. No toman parte en las negociaciones para la capitulación de Launay. Y quedan horrorizados cuando la furiosa multitud, que deseaba vengar a sus muertos, degüella y cuelga a seis prisioneros suizos, decapita al gobernador y al preboste de la villa y pasea en triunfo hasta el Palais Royal sus cabezas ensartadas en picas.

     La impresión que este día dejó en la conciencia ciudadana está descrita por el testigo de excepción Saint-Just. “No sé que se haya visto jamás, salvo en los esclavos, llevar el pueblo la cabeza de los más odiosos personajes en la punta de lanzas, beber su sangre, arrancarle el corazón y comerlo… Yo lo he visto en París”.

     En la jornada del 14 es fácil distinguir una acción principal y premeditada, la de los electores burgueses; una acción incidental e improvisada, la de los artesanos y soldados, y un crimen pasional, el de la masa desesperada y vengadora.

     La acción principal de la burguesía tenía como finalidad defenderse a sí misma, y al pueblo de París, contra el golpe militar que el rey anunció para mantener el orden público. Lo más inteligente era suprimir el pretexto, suprimir el desorden público provocado por la dejadez de la policía y por el celo de los aduaneros, que impedían o retrasaban el suministro de alimentos a la capital.

     Los electores hicieron lo imposible para legitimarse con una autorización de la Asamblea Nacional. Pero este órgano representativo estaba paralizado desde que la nobleza y el clero se integraron en él. Los “revolucionarios de juramento” se negaban a intervenir en las cuestiones del poder ejecutivo del monarca absoluto. Sólo al final del día 13 el diputado bretón Le Chapelier pudo arrancar esta autorización a la Asamblea. La organización de la Comuna municipal, la constitución de un poder ejecutivo local por los electores chocaba frontalmente con la idea de sus diputados de limitar la revolución de la Asamblea Nacional a la sola conquista del poder legislativo.

     El error incidental, el intento espontáneo de asaltar la Bastilla y el crimen pasional que siguió a la capitulación del gobernador no podían definir, ni caracterizar como revolucionaria, a la jornada del 14 de julio.

     Antes y después de esa fecha ocurrieron hechos parecidos que hoy, salvo los historiadores, nadie recuerda. El asalto y pillaje de la fábrica de papeles pintados Reveillon el día 28 de abril produjo más víctimas que cualquiera de las jornadas revolucionarias posteriores. El día 22 de julio otra vez la “masa vengadora” decapita al ministro de finanzas Foulon y arranca el corazón a su yerno Bertier, intendente de París. Y otra vez un testigo de excepción, el joven Babeuf, expresa la ambivalencia de sus sentimientos. “He visto pasar esta cabeza de suegro y el yerno conducido detrás por más de mil hombres armados… en medio de doscientos mil espectadores que lo apostrofaban y se divertían con las tropas de escolta… ¡Cómo esta alegría me hacía mal! Estaba a la vez satisfecho y descontento. Recogen y recogerán lo que han sembrado, porque todo esto, mi pobre mujercita, tendrá continuaciones terribles, no estamos más que en el principio”.

     Aquí está la respuesta al enigma que los historiadores silencian. Mientras Babeuf sabe que la Revolución no ha hecho más que empezar, el rey y la Asamblea pretenden, con la fábula “consensuada” de la toma de la Bastilla, darla por terminada. Inventaron una Revolución que no había existido para conjurar la que podía existir.

     En pleno régimen feudal, en plena monarquía absoluta, la insurrección municipal de los electores de París no era suficiente para modificar la relación de fuerzas, realmente existente, en sentido favorable a una nueva constitución del reino. Había que alterar ficticiamente esta relación. Exagerar el significado de las acciones incidentales y criminales del 14 de julio. Transformar la revuelta en Revolución. Hacer de la Bastilla el símbolo de la monarquía absoluta. Convertir el asalto a una prisión semiabandonada en la “toma de la Bastilla”, en la conquista del Estado. El crimen será violencia revolucionaria. Los asesinos, héroes.

     El proceso fabulador lo inicia Luis XVI, quien escribe al rey de España Carlos IV, para hacer constar oficialmente a las monarquías europeas, que todos los actos realizados a partir del 15 de julio no son imputables a su libre voluntad y consentimiento. El rey simula confiar en al Asamblea Nacional, que esperaba y temía una inmediata represión militar, presentándose de improviso ante ella para rogarle que comunique a París su orden de retirar las tropas y que le ayude a mantener el orden. Tan pronto como pronuncia “soy yo quien me confío a vosotros”, el entusiasmo y el consenso son instantáneos. La revolución está consumada. El Rey es su jefe.

     La Asamblea ha de legitimar y asumir como propios el error y el horror del asalto a la Bastilla. Ese mismo día envía una delegación de 88 diputados a felicitar a la Comuna insurreccional de los electores, esos mismos electores a quienes antes no quería ni siquiera recibir. El presidente de la Asamblea, el científico Bailly, pasa a ser presidente de la Comuna de París, y el aristócrata Lafayette, comandante general de la milicia burguesa, denominada guardia nacional. El arzobispo de París, el consejero de la Reina que había inspirado la destitución de Necker y el golpe de fuerza del rey contra la Asamblea, propone y celebra un solemne “Te Deum” en acción de gracias ¡por los hechos del día 14! El abate Sieyès, que había inspirado la usurpación de la soberanía de los electores por la Asamblea constituyente, escribe en su noticia que “así fue probada la voluntad cierta de la Nación sobre la naturaleza y extensión de los poderes conferidos a los diputados”. La Asamblea legitima y glorifica el error y el crimen de la Bastilla, los hace suyos como representante de la nación, porque es la Nación, es decir, la Revolución quien los ha cometido. Las cabezas del marqués de Launay y del preboste Fresselles probaban que la Nación había conferido a los diputados poderes constituyentes del Reino.

     Al día siguiente, 16 de julio, mientras parten para el exilio la mitad de la Corte, el ministerio Breuteil y el jefe del ejército, mariscal Broglie, el rey y la Asamblea llaman con urgencia a Necker. Bailly y Lafayette toman posesión de sus nuevas funciones.

     El proceso fabulador del mito lo terminó también Luis XVI, visitando el día 17 a la Comuna insurreccional de París y diciendo “yo apruebo el establecimiento de la guardia burguesa”. Esa misma milicia que la Asamblea negó hasta el último segundo.

     El mito fabuloso de la toma de la Bastilla permitió a Luis XVI y a la Asamblea Nacional organizar una Revolución, con una Monarquía constitucional que retuviera el poder ejecutivo y el judicial y que compartiera con la representación nacional el poder legislativo. Pero este simulacro de revolución por consenso, esta glorificación de un error de espontaneidad de una pequeña masa del pueblo sin conciencia política, esta santificación del crimen, no podían dejar de producir errores y crímenes mayores.

     El mito fabuloso de la toma de la Bastilla fundó la práctica y la teoría de las revoluciones y contrarrevoluciones europeas, sobre la falsa creencia de que el Estado es un aparato externo a la sociedad que se puede tomar, con violencia o sin ella, para dirigirlo contra la burguesía o contra la clase obrera, o simplemente contra el pueblo. Tomar el Palacio de Invierno, marchar sobre Roma, ocupar electoralmente el Reichstag, conquistar el poder político y utilizarlo desde el Estado para controlar la sociedad han sido y son monstruosas aberraciones doctrinales que traen su causa de la mítica toma de la Bastilla y que han ocasionado las mayores tragedias de la humanidad.

     Finalmente, la santificación del crimen, elevado a violencia inevitable de las masas revolucionarias, condujo a la institucionalización del terror que sepultó a la Revolución y a la violencia institucional de la razón (nacional) de Estado y del principio (antidemocrático) de autoridad que hoy desnaturalizan la libertad de la sociedad civil y la moralidad del poder.

     La eficiencia de la propaganda ideológica del Estado y de la violencia institucional, utilizadas para suplir la debilidad del consenso social fabuloso, ha sido tan grande que ahora, a diferencia de lo que acontecía en el siglo XIX, el peligro del sistema no está ya en el sufragio universal, sino exactamente en su contrario. Una abstención electoral motivada por la opinión cada vez más justificada de que la clase política sólo aspira a tomar la Bastilla. Con error y con crimen.

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