LA TOMA DE LA BASTILLA II

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Antonio García-Trevijano Forte.

     Mirabeau o el contrarevolucionario

     La incomprensión habitual de los intelectuales del fenómeno del poder, su fascinación ante quienes lo protagonizan no pueden dejar de afectar a la visión de unos acontecimientos tan llenos de enigmas como los ocurridos en 1789, y de un personaje tan equívoco y complejo como el vizconde de Mirabeau.

     Ni la Revolución Francesa fue los que nos cuentan hoy los historiadores del bicentenario, ni la toma de la Bastilla tuvo significación histórica el día 14, ni Mirabeau puede servirnos de arquetipo para definir, como hizo Ortega, al hombre político. A lo sumo puede ser considerado como el más resplandeciente espécimen de esa clase política, tan actual, que se instala en la revolución para hacer la contrarrevolución, o sea, en la izquierda para hacer la política de la derecha.

     Cuando se trata de conocer la historia real hay que tener la modestia de dejar hablar ante todo a los acontecimientos. Para captar a Mirabeau hay que observarlo en ese momento decisivo para Europa en que tradición y revolución se unen en Asamblea Nacional.
La jornada del 27 de junio fue crucial para el porvenir de la Revolución. Aparentemente simboliza el triunfo de los representantes del estado llano en su pretensión de votar por cabeza en una sola Asamblea. Realmente señala el momento de la traición de los diputados a sus electores, a la causa de la libertad. Es ley histórica del consenso.

     El eufórico optimismo de la victoria jurídica será aprovechado por Mirabeau para embarcar inconscientemente a la Asamblea Nacional en el golpe militar que Luis XVI se dispone a asestar al pueblo de París.

     El plan contrarrevolucionario de la Corte dependía tanto de la actividad de los mandos del Ejército, en manos de la nobleza, como de la pasividad del pueblo de París, dinamizado por los 407 electores de la capital en nombre de los 50.000 electores de distrito. Si los guardias franceses, el electorado burgués y el pueblo consiguieran hacer frente común a las tropas alemanas y suizas del rey, el golpe militar degeneraría en una guerra civil que se transformaría en guerra nacional contra un ejército extranjero. Era fundamental evitar ese riesgo.

     Para la ejecución del plan militar, el ministerio moderado y liberal de Necker sería sustituido por un ministerio duro y fiel. Pero no antes de que todo estuviera a punto. No había que prevenir a la población y darle tiempo a organizar su defensa. El rey tenía que retener unos días a Necker.

     El pueblo está soliviantado, alarmado contra los rumores de un complot de los aristócratas, dominado por el pánico de la inminente llegada de los regimientos extranjeros al mando de esa misma nobleza que había boicoteado durante 50 días la reunión de los Estados Generales. La Asamblea Nacional, foco de la atención nacional, debía ser paralizada y enmudecida.

     El rey ordenó a la nobleza y el clero que se reunieran en ella para impedir que los comunes se orientasen hacia la minoría liberal de la nobleza. El hombre fuerte de la Asamblea, comprometido con el duque de Orleans, debería ser ganado para el rey. No hizo falta. El genio de Mirabeau demostró que podía servir a todas las causas al mismo tiempo y que todo en él era falso, incluso cuando decía la verdad.

     Al instante mismo de completarse la Asamblea consigue embaucarla con uno de los discursos más inteligentes y deshonestos, más brillantes y perversos, más hábiles e insidiosos, más confiantes y más traidores que el talento puede concebir. Convirtiéndose en “relaciones públicas” de Luis XVI, mientras éste prepara su golpe militar contra el pueblo de París, Mirabeau logra una “Declaración de la Asamblea Nacional” destinada a confiar y desarmar a los tres frentes de resistencia que se estaban organizando en París. Su discurso para medir esta “Declaración” fue un modelo táctico de astucia psicológica y ficción política.

     Los diputados del pueblo, a diferencia de éste, dice Mirabeau, “juzgan sanamente los objetos y no son engañados por las apariencias. Donde los representantes de la nación no han visto más que un error de la autoridad (el golpe feudal de 23 de junio), el pueblo ha creído ver una decisión formal de atacar sus derechos y sus posesiones.

     ¿Han visto en las miradas mismas del rey, han sentido en el acento de su discurso cómo este acto de rigor y de violencia hacía sufrir a su corazón? ¿Han juzgado por sus propios ojos que él es el mismo cuando quiere el bien, el mismo cuando invita a los representantes de su pueblo a fijar una manera de ser equitativamente gobernados, y que cede a impresiones ajenas cuando restringe la generosidad de su corazón, cuando retiene los movimientos de su justicia natural?

     Es un deber sagrado para los diputados invitar a sus electores a descansar enteramente sobre ellos el cuidado de sostener sus intereses…haciéndoles ver que, lejos de haber alguna razón de desesperar, jamás su confianza ha estado mejor fundada. La tranquilidad de la Asamblea devendrá poco a poco la tranquilidad de Francia”.

     Mirabeau pide al pueblo toda su contribución al mantenimiento del orden y la autoridad para que, “cualesquiera que sean los acontecimientos”, pueda justificarse ante sí mismo de que al menos ha permanecido en la moderación y la paz.

     El contenido de la Declaración es un fulgurante ejemplo de aberración. Los héroes de la libertad, los juramentos del 20 y del 23 de junio piden al pueblo que se convierta en “promotor de la subordinación” a las autoridades reales que marchan militarmente contra él, no en calidad de enemigos sino como meros discrepantes de opinión. Una capitulación tan flagrante de la Asamblea no estaba al alcance de un hombre corriente. Necesitaba la argumentación disparatada de una elocuencia genial.

     “¡Qué funestos son a la libertad quienes la creen sostener por sus inquietudes y sus revueltas! Se exagera mucho, señores, el número de nuestros enemigos… quienes no piensan como nosotros están lejos de merecer por esto este título odioso. Conciudadanos que no buscan, como nosotros, más que el bien público, pero que lo buscan por otra ruta… todos estos hombres merecen consideración de nuestra parte. No hay que degenerar en querellas de amor propio, en guerra de facciones, diferencias de opinión. En su nombre y en el nuestro os recomendamos esta dulce moderación de que ya hemos recibido los frutos”. La Asamblea ataca a los defensores del pueblo de París y presenta a los señores feudales como meros disidentes de opinión, no como adversarios de intereses.

     El historiador Edgar Quinet consideró en el siglo pasado que esta “mentira” de la Asamblea Nacional al pueblo no será necesaria, y que si hubiera dicho toda la verdad, si hubiera revelado la responsabilidad directa del rey, la Revolución habría evitado muchas de sus dificultades y sufrimientos. En cambio, el socialista Jaurès juzgó conveniente esta mentira para que la Asamblea pudiera resolver su problema de conciencia mediante una ficción política: suponer que la voluntad verdadera era favorable a la Revolución para poder atacar sus actos como si estuvieran inspirados por la perfidia de la Corte.

     La ilusión de Mirabeau de encontrar un nuevo consenso constitucional, haciendo del rey el jefe de la Revolución, se vino al suelo tan pronto como se había levantado. El día 30 de junio varios miles de ciudadanos liberaron de una prisión militar a once soldados que habían prometido no obedecer órdenes contrarias a las de la Asamblea, llevándolos en triunfo al Palais Royal. La solidaridad de los cuarteles de la Guardia francesa con el pueblo parisino se fraguó definitivamente.

     Al llegar esta noticia a Versalles, el rey ordenó que otros diez regimientos alemanes y suizos marchasen a París. La delegación de electores que acude a la Asamblea para que intervenga a favor de los soldados no consigue ser recibida. Un motín en los cuarteles, una prisión militar asaltada, todo el pueblo de París movilizado en defensa de estos soldados era un asunto menor al lado del respeto de Mounier al principio de no intervención de la Asamblea en los asuntos del poder ejecutivo.

     Ante la protesta de varios diputados Mirabeau propuso otra vez pedir moderación al pueblo. Afortunadamente, el diputado más sincero y valiente de toda la Asamblea, el bretón Le Chapelier, impidió esta gravísima irresponsabilidad. “Sería peligroso testimoniar una insensibilidad cruel. ¿Cuál es el origen de las revueltas que estallan en París? Es la sesión real. Es el golpe dado a los Estados Generales. Es esta especie de violación, esta usurpación de la autoridad ejecutiva sobre la legislación”. Arrastrada por la emoción de la sinceridad, la Asamblea envió una delegación al rey en solicitud de clemencia.

     Concedida la gracia el 3 de julio, el rey se dirige a los diputados: “No dudo que esta Asamblea dará una igual importancia a todas las medidas que tomó para restablecer el orden en la capital. Si el espíritu de licencia y de insubordinación continúa creciendo se terminará quizá por desconocer el precio de los generosos trabajos a los que los representantes de la nación se van a consagrar”. La amenaza de disolución es ya directa.

     Nadie dudaba en Versalles de la inminencia del golpe militar contra París ni de la trampa tendida a la Asamblea. Si se solidarizaba con el pueblo sería acusada de promover la agitación. Si se solidarizaba con el rey perdería por completo la confianza de los electores y su credibilidad ante la opinión.

     Otra vez va a encontrar Mirabeau la más alta expresión de su talento para arrastrar a sus oyentes con otro discurso genial, que no logra esconder del todo la oculta disponibilidad de la Asamblea para legitimar al vencedor de París.

     “¿Es, pues, a nosotros a quienes hay que prender si el pueblo que nos ha observado, ha murmurado? Yo no he dudado jamás que la nobleza se interpondrá entre nosotros y las bayonetas, no es a ella a quien temo; yo los conozco, los consejeros pérfidos de estos atentados a la libertad pública, y juro sobre el honor y la patria que los denunciaré un día”.

     La Asamblea acuerda, con el voto favorable de toda la nobleza, conjurar al rey a que “reenvíe a los soldados a los puestos de donde vuestros consejeros los han sacado”. La aristocracia, que tiene el monopolio del mando en el Ejército, retira su apoyo político al golpe de la Corte y del monarca contra el pueblo.

     La respuesta del rey el 11 de julio, el mismo día que ordenó a Necker abandonar Francia, reveló que el golpe militar era cuestión de horas. “Es necesario que haga uso de los medios que están en mi potencia para restaurar y mantener el orden en la capital y los alrededores”. La destitución de Necker, conocida en París el domingo 12 de julio, será el fulminante de la insurrección.

     Nada tiene de extraño que el movimiento defensivo de las masas populares, sin dirección política de la Asamblea, desarrollase un espontaneísmo revolucionario que asaltara la Bastilla improvisadamente, sin darle especial importancia, cometiera crímenes gratuitos y celebrara macabramente el descabezamiento de la autoridad. Lo grave, lo que la historia no debe, no puede justificar es lo sucedido al día siguiente tanto en la Corte como en la Asamblea.

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