LA TOMA DE LA BASTILLA I

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Antonio García-Trevijano Forte.

     Golpe feudal de Luis XVI

     En un ambiente social de “fermentación universal”, como se decía entonces, la situación política en Francia, a principios de julio de 1789, estaba ya lejos del entusiasmo de consenso que abrió, dos meses antes, la reunión de los Estados Generales. La doblez del monarca y el natural egoísmo de la nobleza y del clero retardaron la reunión de los diputados en una sola asamblea. El Estado absoluto se oponía a las reformas exigidas por una nación convocada para expresarlas.

     Los diputados del Tercer Estado, confiados en la fuerza de su razón teórica, retaron a la nobleza y al clero constituyéndose ellos solos en Asamblea Nacional. En una sesión tormentosa, que terminó el 17 de junio, la diputación común se atribuyó la soberanía nacional y dictó habilísimas leyes que declaraban nulos los impuestos y ponían a la nación en garantía de la deuda pública del Estado.

     El guante de tan singular desafío tuvo que ser recogido por el propio rey. Por primera y última vez Luis XVI habló clara y libremente. La sesión real de 23 de junio marcó los límites de las reformas aceptables: libertad individual y de prensa, descentralización administrativa, aprobación por los Estados Generales de los impuestos y de la deuda pública, igualdad fiscal si la aceptasen los órdenes privilegiados.

     Luis XVI declaró intangibles “los asuntos referentes a los derechos antiguos y constitucionales de los tres órdenes, la forma de dar constitución a los próximos Estados Generales, las propiedades feudales y señoriales, los derechos útiles y las prerrogativas honoríficas de los dos primeros órdenes”.

     Confirmó el privilegio de la casta aristocrática para el acceso al mando militar, y aumentó el poder de la jerarquía eclesiástica en todo lo referente a la religión.

     En consecuencia, declaró inconstitucionales las decisiones de la Asamblea Nacional y amenazó con disolver los Estados, y gobernar en autócrata, si no era obedecido. “Si me abandonáis en esta bella empresa sólo yo haré el bien de mis pueblos, sólo yo me consideraré su verdadero representante”.

     Este golpe feudal del monarca fue decorado dentro del salón con la ausencia del ministro Necker y fuera del palacio con la presencia del aparato militar. Los diputados comunes trataron en vano de disimular su derrota.

     “Estamos aquí por la fuerza del pueblo y sólo nos moverá la fuerza de las bayonetas” (Mirabeau). “Somos hoy lo que éramos ayer, deliberemos” (Sieyès).

     La fermentación que produjo en París la noticia del golpe de fuerza del rey estalló el día 25 en tres frentes revolucionarios. El frente burgués se organizó en el Hotel de la Ville. Los 407 electores que habían elegido a los diputados derrotados en Versalles tomaron su relevo. El frente militar se estableció en los cuarteles de la Guardia francesa, donde los soldados permanecían retenidos desde el desafío de la Asamblea Nacional. El frente popular se concentró en el Palais Royal, donde una abigarrada multitud acudía para seguir los acontecimientos de Versalles y escuchar las inflamadas arengas de jóvenes periodistas como el prematuro republicano Camilo Desmoulins.

     Nada más conocer el golpe feudal del monarca los 407 electores quebrantaron la prohibición de reunirse.

     Los más radicales, Bonneville (traductor de Shakespeare) y el periodista Carra, consiguieron la aprobación de su agenda: organizar una guardia burguesa, constituir una verdadera comuna municipal electiva y anual, y dirigirse al rey pidiendo el alejamiento de las tropas y la libertad de la Asamblea.

     Negando la oficialidad a quienes iban a ser los más grandes generales de la historia militar de Francia, el golpe de Luis XVI provocó la indisciplina en el Ejército. Los guardias franceses rehusaron el servicio en varios regimientos, y centenares de soldados salieron de los cuarteles para acudir al Palais Royal. Aclamados y agasajados por la multitud prometieron no obedecer órdenes contrarias a las de la Asamblea Nacional si los regimientos alemanes y suizos entraban en París.

     Esta intensa agitación de la capital y la manipulación del duque de Orleans, que aspiraba a ser lugarteniente del Reino, empujaron al bajo clero y a la facción liberal de la nobleza a los brazos de los comunes.

     La inutilidad de mantener ya la separación indujo a Luis XVI a ordenar el 27 de junio al resto de la nobleza y de la jerarquía eclesiástica que se integraran también en la Asamblea Nacional. Fracasada su batalla política, el rey concentró su estrategia contrarrevolucionaria en el golpe militar que había empezado a preparar el día anterior, con la orden a seis regimientos suizos y alemanes de marchar sobre París.

     La mayoría de los historiadores considera el período transcurrido desde el 5 de mayo, en que se inauguran los Estados Generales, hasta el 27 de junio, en que triunfa la tesis jurídica de los comunes, como el primer paso de un solo y único movimiento revolucionario de la burguesía contra el feudalismo. Hoy ha perdido vigencia el mito de la Revolución como bloque histórico.

     Modernos historiadores tratan a este primer período como una discontinuidad histórica con suficiente entramado para constituir una revolución autónoma, la de los abogados.

     La verdad, sin embargo, es muy otra. Sea cual sea el concepto que se tenga de reforma o de revolución, antes del 27 de junio no se dieron ni la una ni la otra. Sólo existió una batalla política. La del ministerio Necker contra la nobleza y el clero. El aliado de los privilegiados en esta batalla fue la Corte. El de Necker, el Tercer Estado. El ministro obtuvo del rey que duplicara el número de diputados comunes para igualarlos con la suma de los dos privilegiados. En la situación prevista, el arbitraje correspondería a la facción liberal de la nobleza encabezada por el duque de Orleans.

     Lo sorprendente, dada la voluntad real de igualar los votos, fue la negativa de la nobleza y el clero a reunirse con los comunes y la mala fe de Luis XVI al apoyarlos en su pretensión de votar por órdenes separados.

     Es extraño, es incomprensible que un hombre de la cultura y experiencia de Necker no se percatara de la causa de su fracaso.

     Varios años después se dolía de que, siendo el problema del déficit el que había convocado a los Estados y habiendo él encontrado la solución, los comunes recibieran con tanta frialdad su discurso de 5 de mayo.

     El Tercer Estado era aliado natural de Necker en un proyecto de reformas liberales y de igualdad de derechos, pero no de un ministro del Estado absoluto que tuviera la habilidad de resolver, él solo, el problema financiero sin necesidad de alterar la jerarquía social.

     El déficit del Estado era el tesoro de la nación, es decir, de la Revolución. Sin déficit, la reforma constitucional no era necesaria al Estado. Sin déficit, Luis XVI no necesitaba ya los Estados Generales salvo para aprobar el plan técnico de su ministro.

     El cambio de opinión del rey, que grandes historiadores atribuyen a su carácter mudable o influenciable, revela más bien una mayor sagacidad para percibir lo que su ingenuo primer ministro no vio: si con manipulaciones técnicas el déficit quedó reducido a 56 millones y la necesidad de un préstamo a 80, ¿por qué afrontar el riesgo de una reforma institucional?

     El clima de libertad de expresión en la redacción de los “cahiers de doleances” y en las elecciones, que había propiciado el propio monarca, hicieron imposible la solución tecnocrática de la crisis.

     La fuerza política de los comunes, su probabilidad razonable de alcanzar por consenso una reforma liberal del “ancien règime”, estaba precisamente en la permanencia del déficit.

     El éxito técnico del banquero fue la causa indefectible del fracaso político del ministro. La solución financiera convirtió la polémica en un pretexto que consumió un tiempo precioso en discusiones jurídicas que la situación de miseria social y de esperanza política no podían gastar sin mudar el consenso inicial en frustración revolucionaria. El tema legalista del voto por cabeza pasó a ser la primera consigna revolucionaria.

     En el combate por el voto individual la buena fe, el derecho estaban con los comunes. Pero el liderazgo no correspondió a los abogados (Mounier, Targuet, Barnave), sino al vizconde de Mirabeau y al abate Sieyès.

     El gran momento tampoco fue el día del juramento ni el de las frases brillantes, sino ese 17 de junio en que Sieyès impuso una doctrina que usurpaba la soberanía no sólo al monarca, por eso le siguieron los comunes, sino a sus propios electores, de lo que no fueron conscientes los diputados que se opusieron para no provocar al soberano real.

     La batalla política de palacio, perdida por Necker y la nobleza, fue ganada por la reina y la jerarquía clerical.

     La batalla jurídica terminó en una extraña victoria del Tercer Estado el día 27 de junio; a partir de este día se acabaron sus posibilidades de liderazgo. Reunidos en una sola Asamblea con toda la nobleza y todo el clero, la relación de fuerzas daba la iniciativa a la facción liberal de la gran aristocracia. Le pasó a la Asamblea lo mismo que a Necker. Su éxito especial acabó con su potencia y prestigio general.

     En breve, lo que realmente sucedió en este período inicial fue: un “cambio gótico” en las instituciones, que dejó resentida a la nobleza; una preparación militar de la contrarrevolución, que dejó encantada a la Corte; una preparación insurreccional de la defensa ciudadana de París, que dio la alternativa política al cuerpo de electores burgueses; y una reunión común en Asamblea Nacional, que bloqueó a “los comunes” y dio a la gran aristocracia la posibilidad de un desquite que debilitara al trono en su provecho. Las jornadas siguientes hasta la toma de la Bastilla van a madurar la conciencia de un frente burgués revolucionario, democrático y municipal, que será desviado de su curso el día 14 de julio por un error de entusiasta inocencia y por la impunidad de un crimen atrozmente legitimado.

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