MUSEO ARTIUM DE VITORIA

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LA RAZÓN. LUNES 29 DE ABRIL DE 2002
ANTONIO GARCÍA TREVIJANO

 

     En tiempos de sequía de satisfacciones espirituales colectivas y de placeres estéticos generales, las inauguraciones de museos de arte moderno adquieren la dimensión política que tuvieron las de pantanos en la dictadura.

     La similitud de estos exhibicionismos de la autoridad no carece de fundamento. Pues en ambos casos se trata de mostrar la preocupación de los poderes públicos, en épocas de inundaciones de imágenes plásticas o de aguas torrenciales, por tener asegurados en diques de contención suficientes metros cuadrados de cultura o muchos metros cúbicos de embalse.

     Tamaños colosales y firmas consagradas. Es la idea de la grandeza estética que tienen los nuevos Museos. Lo que cuenta a la hora de elegir las adquisiciones son los autores, no las pocas y verdaderas obras de arte que hayan logrado crear en sus extensas producciones industriales de imágenes plásticas. Sobre todo si estas producciones, por ser las peores manifestaciones de su talento artístico, están disponibles y son las más baratas.

     El orgullo de la ciudad que inaugura un Museo de la experimentación pictórica no se pone en las bellas obras de arte que pueda contener, y cuya contemplación, de tenerlas, sería fuente de emoción digna de recuerdo, sino en el número de firmas famosas puestas al pie de enormes lienzos o arpilleras, cuyo valor estético no se alcanza a percibir aunque, para no parecer incultos o idiotas, muchos se pavoneen de sentirlo o conocerlo. Es un arte para sectas de iniciados, donde las interpretaciones son tan obscuras o vacías como lo interpretado.

     Cuanto más desconocido sea el sentido de lo representado en la imagen, mayor gloria proporciona al artista y mayor complacencia cultural al que, por estar en el secreto de su lenguaje esotérico, la admira como obra de arte. Una reflexión parecida la encontré por primera vez en Baudelaire.

     Con más tristeza que placer recorrí las salas subterráneas del Museo Artium de Vitoria, donde sólo me topé con media docena de obras interesantes, el día en que se inauguró el altísimo cilindro metálico ubicado en la plaza delantera de su fachada.

     Ese mástil en tierra firme se llama escultura de «La Mirada» porque en su cúspide tiene, como en las máscaras de hierro, una estrecha rendija horizontal. La vulgar altura de la obra no es tan grande como la soez palabra fálica de su acomplejado autor. Nunca he presenciado mejor exhibición de mal gusto que en la explicación dada por este «artefactor de constructos mecánicos».

     Las obras interesantes tienen valores estéticos que no pertenecen al reino de las bellezas artísticas. Pero el hábito puede hacerlas entrar en él. Eso pensaban los vanguardistas de ayer y retaguardistas de hoy. El rasgo de lo interesante en el arte, como en la mujer, no puede reducirse al gusto por lo sensacional o por lo exigido en los mercados de la moda.

     Mientras que en la belleza hay una llamada a la inteligencia del instinto, lo interesante convoca a la inteligencia de la razón. Por eso pudo decir Adorno que, sin ser un sello de la verdad, lo interesante en el arte se ha hecho hoy condición necesaria de la misma.

     Los cosas y las personas son interesantes cuando están entre algo esencial (inter-esse) para la vida, sea la proximidad a una utilidad o la cercanía a una autenticidad, que sin embargo no llega a definirlas.

     Ése es el misterioso atractivo de las obras de arte que, no siendo formalmente bellas ni emocionalmente atractivas, son interesantes como promesas de formas expresivas futuras o como intrigas alegóricas al desconocimiento del sentido de la vida. Lo interesante legitimaría las obras abstractas si la misión primordial del arte no fuera dar placer, sino conocimiento o cultura.

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