LOS ENEMIGOS DE LA BELLEZA

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LA RAZÓN. LUNES 1 DE ABRIL DE 2002

ANTONIO GARCÍA TREVIJANO

 

      Durante más de diez siglos, la civilización cristiana no toleró otra belleza que la que pudieran expresar las piedras sobre piedras. Y el arte se concentró en la producción de catedrales y tumbas. La belleza del cuerpo humano era cosa del diablo. La rebelión contra la fealdad de los iconos góticos trajo consigo un tipo de belleza descriptiva o emotiva, distinto de la clásica, que a través de distintas escuelas y estilos constituyó el ideal de la creación artística durante quinientos años. Exactamente, desde comienzos del XV hasta finales del XIX o, lo que es lo mismo, desde los escultores florentinos a los pintores impresionistas y Modigliani. La cultura occidental ha admirado la belleza la mitad del tiempo que dedicó a cultivar la fealdad.

     Nada tiene de extraño que, al difundirse la conciencia de clase, los artistas de la imagen buscaran en el arte de las máscaras primitivas, en las geometrías cúbicas de las ideas totalitarias del poder, en la plástica de los ingenios mecánicos o en las fantasías de los sueños, las alternativas revolucionarias o reaccionarias a los ideales aristocráticos o burgueses de la belleza en imágenes. La monstruosidad y la deformación nunca dejaron de tener su particular atractivo. Y siempre habrá críticos masoquistas que encuentren sublimes o inefables las expresiones plásticas del sadismo artístico.

     Con nuevas técnicas, nuevos materiales y nuevas temáticas, las mentalidades artísticas miraron a las personas y a las cosas bajo las insospechadas perspectivas que les ofrecía una imaginación liberada de sus tradicionales acomodos a la razón, al sentido común y al buen gusto, considerados valores burgueses o convencionales. Con la originalidad por la originalidad, sin propósitos estéticos ni morales, nació el arte contemporáneo.

     Como era de esperar en él había sitio para todo. Incluso para bellas delicadezas, armonías cromáticas o potencias expresivas de vitalidad. Pero lo que perduró en la segunda mitad del siglo XX estuvo dominado sobre todo, y en conjunto, por el absurdo, el infantilismo o la fealdad. Es decir, las condiciones idóneas para comercializar o subvencionar el arte antes de producirlo. El reino de los marchantes y de los Secretarios de cultura del Estado.

     ¿Cuál ha sido el factor decisivo para que, después de la última guerra mundial, se produjera en el arte y en los criterios estéticos una selección al revés? Pese a la continuidad de ciertas formas abstractas, el arte europeo del siglo XX está separado en dos mitades por la frontera que le marcó primero la crueldad bélica, lo que le empujó a repudiar la belleza en el realismo o la figuración, y por el vacío en que lo sumió después la evaporación de las ilusiones del 68, lo que lo metió en el nihilismo de lo absurdo, en la repetición mimética de las cosas que invaden el consumo cotidiano o en las demagogia de las intuiciones populares.

     El arte cumple una función reaccionaria cuando representa no el absurdo de la realidad, cosa legítima y necesaria, sino cuando la expresión absurda se convierte en objetivo prioritario de la obra artística, para no parecer convencional. Y, de otro lado opuesto, la demagogia de la igualdad, que indefectiblemente se encarna en el cuerpo social cuando no hay democracia política, promueve un tipo de arte, propio del Estado de Partidos, que todos puedan crear y gozar.

     Sería tentador atribuir a la demagogia la destrucción del arte de la belleza. Pero qué demagogia. ¿La que complace al pueblo dándole la apariencia de que tiene lo que precisamente le falta, o la que lo indigna exagerando la falta de lo que no tiene? Esta última era la misión del clásico demagogo. Mientras que aquella se ha convertido desde el fin de la guerra mundial en la razón de ser y de existir del Estado de Partidos y de sus artistas de Estado. Falta belleza en el arte. No importa. Marchantes, críticos y secretarios del poder se la ponen.

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