BELLEZA DEL SECRETO

joan miro 2

 

LA RAZÓN. JUEVES 28 DE MARZO DE 2002

ANTONIO GARCÍA TREVIJANO

 

     Asistimos desde hace tiempo a un desbarajuste de los criterios sociales de la belleza. Respecto de las personas, las cosas y las artes. No porque sean más variados que antes, sino porque cada vez son menos personales. Oímos decir que el gusto es tan libre como el miedo. Pero lo que vemos es esclavitud en uno y otro, aunque haya menor libertad de gusto que de palabra. Pues a fin de cuentas resulta más fácil liberarse del miedo a la libertad de expresión que del horror a diferir de los gustos comunes.

     Causas demagógicas y económicas producen la uniformidad en los gustos. Y como sólo se iguala por abajo, la gran masa impone la zafiedad como estética y el mercado, como negocio. El refinamiento se recluye en lo desapercibido para no parecer despreciativo de la vulgaridad. En otros tiempos, el buen gusto de unos pocos artistas de la imagen elevó a grados decorosos el mal gusto popular. Mientras que hoy el placer consumido por las masas inspira y justifica la creación artística.

     La corriente igualitaria del gusto transcurre suavemente cuesta abajo hacia las anchas praderas donde pastan las emociones de las muchedumbres. Y allí, olvidando que en lugar de poder tiene servidumbre, el pueblo encuentra el mismo tipo de orgulloso placer que los poderosos. Todo lo suyo le parece bello.

     Lo exquisito y sublime lo comprende, no le parece absurdo, pero vive tan alejado de esas formas antiguas de la belleza que le parece más natural admirar y someterse, como hace en todos los ámbitos de su vida, al poder de lo que menos comprende. Las obras de arte moderno, tan oscuras y misteriosas como las de la ciencia, la técnica o los secretos de Estado, pueda hacerlas suyas porque no las entiende.

     Y los artistas supieron que ahí estaba el porvenir de sus inspiraciones. Ya no buscan los secretos de la belleza, como los grandes maestros de antaño, sino la belleza del secreto que dio gloria y dinero a los grandes secretarios del poder.

     El siglo XX, pese a la propaganda interesada de los críticos profesionales y marchantes de arte, no ha sido un tiempo propicio a la búsqueda artística de la belleza. Le ha sobrado inteligencia crematística y faltado sinceridad. ¿Claro que el arte siempre debe ser la representación estética del mundo de cada generación! A un mundo cruel y sin sentido, como el del último siglo, le corresponde ciertamente una estética de lo horroroso y lo absurdo. Pero expresada con belleza que anime la fealdad, al modo como la pintura regresiva de Miró responde al anhelo de tutela de una sociedad que no quiere salir de la infancia.

     Los artistas plásticos actuales reclaman dinero, respeto y admiración por la secreta belleza de unas obras de arte que sólo ellos, sus colegas, sus galeristas, sus marchantes y sus críticos apadrinadores (cuyo lenguaje denota que no tienen nada que decir) se empeñan en comprender. Nunca he leído una línea con sentido, ni oído una palabra con significado, que me hiciera sentir, o al menos entender, la belleza encerrada en composiciones sin forma o combinaciones sin contenido. Salvo en el simbolismo y en las insinuaciones de lo inacabado, la obra de arte que necesita ser explicada para ser admirada está privada de la primera condición de la estética. Esa obra puede ser valiosa, incluso interesante, pero no bella.

     Cuando una sociedad o una época pierden todos los ideales nobles, incluso el de la belleza, surge indefectiblemente la necesidad de nuevos dogmas para el arte. La modernidad trajo el de que la belleza está en el secreto de las abstracciones. La postmodernidad, el de que reside en lo que gusta al pueblo. Los dos juntos alimentan en el hogar de las autonomías la vanidad aldeana de promocionar, para «adquirir o comprar cultura», los mayores disparates de lo absurdo y lo grotesco.

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