EL ESCRITOR Y EL PERIODISTA

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La Razón. Lunes 25 de enero de 1999

ANTONIO GARCÍA TREVIJANO

Cuando hoy se habla en plural de políticas de empleo, políticas sanitarias, políticas de educación o políticas de Estado se está disimulando, con el plural, la falta de política singular en el gobierno y la oposición. Para comprender el engaño que se esconde con esta impropiedad del lenguaje, basta observar que, en agudo contraste, no se habla de políticas militares o internacionales. La utilidad del plural, para aparentar espíritu de apertura a la imaginación, en los fines, sería en estos casos nula. A los que destrozan el lenguaje, para no hacer añicos su ficticia imagen de antidogmáticos y pluralistas, hay que recordarles la obviedad de que el fin de la política, en la dictadura, la oligarquía o la democracia, sigue siendo uno, por mucho que se pluralicen y se diversifiquen los medios administrativos, propagandísticos o ideológicos.

La deformación gramatical del discurso público -uso de tiempos condicionales o desiderativos no sujetos a condición o deseo, nombres inadecuados a las sustancias de las cosas designadas, revoltosos giros del idioma que no expresan nada- siempre fue un modo de huir del compromiso moral y de la sinceridad intelectual. Pero durante la transición, el idiotismo ha sido modo específico de traducir, con expresiones inanes o deformes, la deformación de un pensamiento tan débil que nunca ha podido salir del fangoso terreno de la propaganda. La ficción política imprime su carácter falaz en las cosas sociales. Nada es lo que aparenta. La mentira ha llegado a ser, en el Estado de partidos, ontológica. Sólo el consenso, pura voluntad de mantener la apariencia de civilización en pueblos desalmados, le da visos de realidad. La única política posible dentro del consenso, como dijo Ortega y Gasset del pacto de conciliación, durante la Restauración canovista, es la del reparto por cuotas de partido del botín del Estado. El consenso nace como fruto espontáneo de la corrupción ideológica, y termina siendo el gran corruptor de la probidad de las magistraturas y la moralidad pública. Sin él, el felipismo hubiera sido, más que imposible, inconcebible.

Como acción de conquista y conservación del poder, la política necesita ser una empresa de simplificación y unificación de la complejidad y pluralismo de las opiniones individuales. Lo cual puede obtenerse mediante una combinación de fuerza y propaganda única (dictadura); consenso y reparto de medios de propaganda, con libertades públicas limitadas (régimen de partidos); o plena libertad de los gobernados para decidir su representación y su gobierno en el Estado, con justicia independiente (democracia).

Para no ser propagandista de la dictadura o de la oligarquía de partidos, el pensamiento ha de colocarse, sea cual sea el régimen de gobierno, bajo tres únicas perspectivas: la de la verdad de los hechos, por encima de sus apariencias; la de la libertad política de los gobernados, por encima de las mediaciones de partido; la de la autonomía de la justicia, por encima de su independencia formal. Esta triple perspectiva nos enseña unos aspectos de la realidad que han subsistido , por la miseria del pueblo y el miedo de las clases dirigentes, en estado subyacente y sin aflorar en el debate público de la acción o de la teoría. Negarse a mirar las cosas desde el punto de vista del consenso es comenzar a ver y comprender la realidad de las situaciones. Desde esa inédita perspectiva, lo que se escriba con sinceridad ha de ser considerado por los demás como originalmente profundo, aunque bien mirado no lo sea. Y no tanto por la originalidad o profundidad del talento del escritor, cuestión siempre relativa, sino por el hecho de que se está tratando de lo silenciado por los demás, y de lo situado en un nivel más hondo de realidad que el de la espesa superficie dominante. El periodista sagaz debe sacar a la luz del día las relaciones que enlazan a los fenómenos visibles del poder, que se producen aparentemente separados. El escritor de pensamiento político, las causas invisibles de esas relaciones. Ambos son igualmente indispensables para entender las situaciones y estados del poder en la medad y el Estado. Uno Y otro se necesitan. Pero hoy fallan y faltan los escritores de política. Les sobra el estilismo. Les falta la verdad.

 

Publicado en el Grupo de Facebook del MCRC por Ioana Ghemu:

https://www.facebook.com/groups/republicaconstitucional/permalink/10152328684827043/

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