ARTE DE MIRAR EL ARTE

Imagen

     Se ha escrito mucho y bien sobre el arte de leer una obra literaria. Poco sobre el modo de escuchar una pieza teatral o una sinfonía musical. Y nada, salvo la distancia a que debe colocarse el espectador, sobre la manera de mirar y contemplar una obra de arte plástico. Y, sin embargo, el miramiento, que es un cuidado en el mirar y un respeto a lo mirado, condiciona la duración, calidad e intensidad de la admiración y disfrute de las artes de la imagen.

     Sin miramiento no hay dignidad en la mirada a lo bello, sea espectáculo sobresaliente, rostro de mujer expresiva de belleza o pieza de arte. La vista alcanza la visión de todo con la misma indiferencia pasiva, pero cada objeto merecedor de atención singular pide que se le mire de manera activamente diferente. El miramiento hace ya una primera especulación sobre el placer o displacer del objeto mirado. Los griegos llamaron teoría al acto de mirar los espectáculos, y teórico al observador o contemplador de los mismos. Con el arte de mirar comenzó la reflexión filosófica.

     Es un error suponer que las bellezas del arte de la imagen saltan a la vista y gratifican al espectador al modo natural y pasivo como la vista recorre, sin posarse, las cosas de la Naturaleza. ¿Dónde estaría entonces la socialidad de la belleza artística? ¿En las fuentes sociales de la inspiración solitaria del artista? Sin la cooperación contemplativa de los admiradores del arte no habría sido posible el nacimiento de la estética. Y sin saber mirar un dibujo, una pintura o una escultura no se podrían captar, en toda su extensión e intensidad, las bellezas descriptivas o emotivas que expresan.

     El instante supremo del miramiento se produce, como en la subyugación hechicera que prende nuestros ojos en los de una mujer atractiva, cuando la obra de arte devuelve la mirada y nos descubre el secreto de su belleza.

     Ése es el momento contemplativo de la recreación. El tiempo y la distancia se desvanecen al comenzar una nueva vivencia de la creación. El artista no domina el ritmo ni la extensión de las emociones estéticas del espectador.

     Cada generación cultural completa, sin agotarla, la potencia expresiva de las obras geniales. A solas con esas obras vivimos, en lapsus indefinidos de intimidad, no ya la solitaria inspiración del artista, siempre inacabada de expresión, sino todo lo que siendo expresable, en su ya de por sí bella apariencia, quedó retenido en las prometedoras insinuaciones de su forma material. Ahí reside el misterio de su encanto permanente y de nuestro encantamiento participativo.

     A la belleza la ofenden los miramientos excesivos o defectuosos. Hay exceso ofensivo en la crítica profesional que pone en las obras de arte cosas, conceptos y significados que ellas no contienen en sus expresiones, bien porque están inexpresadas siendo expresables, o bien porque las abstracciones y los materiales informes permiten deducir de ellos todo lo que se quiera, incluso las mayores sandeces. Los artistas que se sienten halagados por esta crítica, tan ininteligible como las obras comentadas, carecen de sentido del honor artístico.

     Pero también hay ofensa a la belleza cuando falta, en el miramiento del que la contempla, la sensibilidad o la cultura indispensables para percibir en su expresión la armonía inteligente que la vida interior de la obra, no la del artista, presta a la materialización de las formas bellas.

     Las sensaciones físicas no se convierten en emociones morales si no anticipan valores o ideales de la vida de la razón o del espíritu de humanidad. Lo que solamente complace a los sentidos corporales, sin trascenderlos, no es una cualidad bastante para definir el arte de la belleza.

     Lo más parecido al adecuado miramiento de una obra de arte plástico es el modo especial de mirar que tiene la potencia de amar, cuando su mirada queda prendada del atractivo personal que le produce encantamiento.

ANTONIO GARCÍA TREVIJANO

LA RAZÓN. LUNES 26 DE AGOSTO DE 2002

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de MCRC Alicante Publicado en ARTE

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