Antieuropeísmo constitucional

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     El caso español, único en Europa, se elogia en España por haber conseguido el Estado más descentralizado, sin que falte en Europa quienes lo miren, según los casos, como ejemplo a seguir o como una especie de caballo de Troya dentro de la Unión Europea, aunque de momento todos aguardan a ver el resultado. El falso concepto de las nacionalidades impuesto constitucionalmente y tratado, mimado y fomentado con toda clase de cuidados por la clase política, no sólo falsifica la realidad histórica (con la ayuda interesada de multitud de pseudointelectuales) y con ello todo el tinglado establecido, tal como está resultando cada vez más fácil de percibir, sino que, paradójicamente en contra de la ideología europeísta —la «modernización» de España — inseparable del mismo, distancia cada vez más a España de Europa al hacerla más diferente. Posiblemente sea esto una de las causas — aunque hay las otras — de la distancia que quieren tomar respecto a España franceses y alemanes.

     El muy interesante libro de Santiago González-Varas Ibáñez «España no es diferente» lo explica tan bien, con tanta claridad y tan brevemente, que cabe pensar que por eso no parece tener el eco que se merece. Por una parte, va contra la corriente intelectualmente (aunque lo de intelectual sea un valor muy degradado) dominante que puede considerarse de ideología oficialista y, por otra, pone en solfa las virtudes atribuidas a la Constitución de 1978 de una manera que exige una explicación de sus intenciones por parte de los ideólogos del consenso.

     «La mención de la Constitución española de 1978 a las nacionalidades es fruto de una generosidad sin límites en el contexto europeo», ironiza el autor. «Si bien desde un punto de vista español es aquella legítima y hasta indiscutible para muchos, prosigue, desde un punto de vista europeo dicha legitimidad es difícil de ser admitida». A la vista de los resultados, cabe preguntarse: ¿a qué se debió tanta generosidad?; ¿a simple torpeza?; ¿a ignorancia?; ¿a resentimiento?; ¿a falta de sentido político?; ¿a una típica operación oligárquica para asegurar determinados intereses?; ¿a un plan preconcebido? En este caso ¿por quién, para qué, a favor de qué o contra qué? En definitiva, sea cual fuere la explicación, tal como están las cosas, aparte de la evidencia de que las oligarquías «nacionalistas» se han beneficiado claramente, empieza a ser imprescindible preguntarse de una vez; objetivamente, ¿«quid prodest»?

     La tesis de González-Varas se centra en el hecho de que la diferencia regional española se relativiza inexorablemente conociendo la realidad de otros Estados y la opinión de los pensadores europeos sobre sus propias realidades nacionales. A lo de que se relativiza se podría añadir que se banaliza, como así lo hace el autor examinando sucintamente la variedad regional europea. En bastantes casos mucho más enraizada e intensa histórica y políticamente, incluso lingüísticamente, que en España; sin que por ello se le ocurra a nadie hablar de «hechos diferenciales». Hasta el punto de que si se compara la situación española desde el punto de vista lingüístico utilizado en la Constitución como justificación de lo autonómico por la «riqueza cultural» que supone la variedad lingüística —lo que es cierto, aunque hay más variedades que esa (Europa misma se ha caracterizado siempre por su variedad) — con la de los demás Estados europeos, resulta que la política lingüística de cualquiera de éstos habría que calificarla «científicamente» de ultraderechista, reaccionaria o fascista.

     El artificio (carísimo cultural y económicamente) de las Autonomías —cuya realidad no es más que propaganda — , pero empieza a tomar definitivamente mal cariz, sobre todo al apuntarse absurdamente a ello el antiguo partido socialista obrero español, constituye, cualquiera que sea el resultado final si alguna vez hay un final, un ejemplo muy claro, salvo que hayan mediado segundas intenciones desconocidas, de que la política es, como decían los griegos, cosa de adultos y a la vez, como decía Jouvenel, el arte de prever las consecuencias de las decisiones políticas.

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