CONFIANZA Y TRADICIÓN

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     La vida social, la sociabilidad, descansa en la confianza que da la tradición. La tradición crea y fomenta el hábito de confiar en los demás, la comunicación existencial. La famosa descripción de Hobbes de la vida humana en el hipotético estado de mera naturaleza, sin sociedad, como una guerra de todos contra todos en la que el hombre es lobo para con los demás hombres, es la pintura de una situación, la de su época de guerras civiles religiosas, en que rota la tradición por la Reforma protestante, quebraron los hábitos de confianza.

     El pensamiento moderno depende de la idea protestante de que estando la naturaleza humana irremisiblemente corrompida, sólo puede haber sociedad, socialidad, mediante un contrato social y/o político que legitime la fuerza en la que pueden confiar los individuos para dar cohesión, a la postre artificial, a la vida colectiva. Esto explica y justifica la aparición de un Estado muy fuerte, capaz de imponer coactivamente el lazo social, que antes establecía automáticamente la tradición creando hábitos de solidaridad al dar certidumbre sobre la conducta que cabe esperar en las relaciones entre los hombres.

     La tradición reserva en cambio la coacción sólo para aquellos que conculquen los hábitos, la moralidad – la moral se refiere a la conducta – establecida o generalmente reconocida. Si una tradición es suficientemente vigorosa, basta la presión de lo social para dar seguridad. Pero si se debilitan gravemente los usos, costumbres y hábitos de la tradición que regulan la conducta, no basta la presión de lo social y la coacción aparece en primer plano. Por eso aumenta la coacción en las revoluciones, si son auténticas revoluciones, es decir, cuando estas alteran gravemente los usos en que, como enseñaba Ortega, consiste lo social. La religión, el derecho y lo político son los usos fundamentales de una sociedad, pues se refieren directamente al modo de con-vivir, a la convivencia, que no es mera coexistencia, co-existir. El continuo aumento en las actuales sociedades occidentales – principalmente en las europeas – de la conflictividad delictiva, constituye una consecuencia de la ruptura con las tradiciones de la conducta, ruptura acelerada por la revolución de mayo del 68.

     Bajo la tradición, que hace posible la comunicación, se convive, bajo la coacción se coexiste, aumentando la incomunicación. Si la tradición es fuerte, está viva, el aparato coercitivo, ortopédico como en el caso del Estado, de una sociedad, es muy reducido y simple; si la tradición es débil o se diluye, el aparato coercitivo, si al menos se quiere coexistir tendrá que aumentar. La tradición es ante todo, en sentido muy principal, educación, la educación en los hábitos de convivencia que suscitan la confianza tanto en uno mismo, al darle seguridad, criterios de orientación al individuo, como la confianza social, al dar seguridad sobre las actitudes que cada uno puede esperar de los demás.

     La tradición fortalece el sentimiento personal de la obligación, del deber, de las obligaciones y deberes con uno mismo y con los demás. Sin embargo, debido a la importancia creciente de las relaciones industriales y económicas, la idea de deber ha sido paulatinamente sustituida por la de motivación. Pero la motivación se inspira en último análisis en criterios puramente utilitarios, economicistas por lo que, en el conjunto de la vida social tiene que ir acompañada de premios y sanciones. Pues en lugar de ser el sentimiento puramente moral, desinteresado del deber lo que motive las conductas, éstas son orientadas por fines que buscan una recompensa, frecuentemente el éxito.

     Así, la aplicación generalizada de la motivación, como ocurre en la educación, en vez de desarrollar el sentimiento de la obligación y el deber, aumenta la incomunicación, fomenta la desconfianza y la permanente reivindicación de derechos sin la contrapartida del deber. La cultura actual basada en los derechos sin la contrapartida del deber. La cultura actual basada en los derechos disminuye u omite el sentido de la obligación y el deber, desintegrando la sociedad al dificultar la comunicación existencial.

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