ATEÍSMO ESTÉTICO – Descubrimiento de un Donatello inédito

     La última gran obra del insigne sabio y admirado amigo Antonio García-Trevijano Forte, Ateísmo estético, Arte del siglo XX (De la Modernidad al Modernismo) (Landucci, S.A.) no sólo es una soberbia historia analítica del arte plástico del siglo XX, sino que también es un magnífico, valiente y penetrante ensayo de carácter muy marcadamente apologético. Trevijano se convierte con ello en el apasionado Lactancio de las “pastueñas” y hebetadas Historias del Arte Contemporáneo que desde hace cien años padecemos por una especie de locura insuflada desde el Poder, fundado una vez más en una Tetrarquía consensuada, en donde un nuevo Galerio lleva otra vez la voz cantante.

     La degeneración inhumana del arte actual descansa en ese fenómeno cultural que se etiquetó como “modernismo”.

     El modernismo extendió el consenso a todos los sectores sociales que antes estaban dirigidos por la jerarquía de los saberes, desde la educación escolar, hasta la sanidad pública, pasando, naturalmente, por la justicia, la ciencia y el arte.

     Bajo el imperio de las modas, la ingente masa adocenada carece de gustos estéticos, y estos dejan de responder a las divergencias de los temperamentos naturales y de refinamientos culturales. Y se uniforman por la efectividad de la propaganda de los fabricantes del gusto social.

     Para justificar la legitimidad democrática de la igualación de la belleza humana, y el derecho individual o colectivo al mal gusto, se propaga la falsa vulgaridad de que el gusto es una cosa personal, tan libre y respetable como los colores, ajeno por completo a la educación escolar y académica. Pero la sensibilidad sólo puede igualarse rebajándola, y el color, ensombreciéndolo. El daño causado por la demagogia de la igualdad en la jerarquía de los valores estéticos, y en la libertad de elección, no cuenta. Pero lo bello ha sido siempre irreconciliable con el mal gusto, aunque el modernismo haya derogado esa constante.

     La corriente igualitaria del gusto se desliza cuesta abajo hacia las anchas praderas donde pastan las emociones de las muchedumbres. El pueblo olvida allí que en lugar de placer, tiene aturdimiento. Y, como le sucede a los poderosos, todo lo suyo lo encuentra bello. Vive tan alejado de las antiguas formas de la belleza, que ha tomado por costumbre admirar y someterse a lo que menos comprende. Pues “omne ignotum pro magnifico est” (Tacitus, De Vita Iulii Agricolae, 30).

     El arte “modernitario” se detiene ante las puertas de lo bello. Y no por temor reverencial a lo clásico. El artista avanzado no las abre para no parecer antiguo o convencional. Como si fuera una rama de los saberes técnicos, la estética del “modernitarismo” ha pasado a ser cuestión de especialistas. El arte actual no representa otra absurdidad que la de sí mismo. Puede expresar así algo de interés para la comprensión de una vida social sin ideales colectivos, pero no la estética, ni la sinceridad de las emociones naturales.

     Libro imprescindible por sus penetrantes vislumbres y colosal erudición, nos deja claro que el modernismo trajo el dogma de que la belleza del arte está en el secreto de sus abstracciones. Cuanto menos inteligibles, más modernas. El espíritu de los tiempos actuales hace de estos vanguardistas de la esoteridad críptica en la expresión, los primeros demagogos del arte. La maravillosa igualdad estética de la abstracción consiste en que nadie la comprende. Por eso es el arte predilecto de las pseudo-democracias. Todos lo pueden crear y disfrutar, y nadie entender. El nuevo arte de la postmodernidad, derivado de la popularidad del consenso, “la belleza está en lo que gusta al pueblo”, alimenta de vanidad aldeana el cultivo artístico de lo grotesco. El conceptualismo estético empieza donde la inspiración acaba, y la vulgaridad la anula si el criterio del gusto se democratiza. El arte no se pondera ni se mide con criterios democráticos.

     La búsqueda de originalidad en la temática o en la fantasía, tan común en los artistas e intelectuales de la segunda mitad del siglo pasado, es signo de impotencia creadora. La única fuente de originalidad artística, y también del pensamiento, está en la invención de reglas o perspectivas inéditas con las que recrear o mirar los eternos temas. Así se fundan los paradigmas del arte y de las ideas. Sólo eso hace geniales a los autores de lo que antes de ellos no existía o se veía de otra manera.

     Se ha dicho que el Renacimiento devolvió a los artistas libertad técnica e inspiración exótica, por lo que su arte tuvo una visión retrospectiva de la Antigüedad, sin incidir en la conciencia de la realidad, y sin influir en las preocupaciones de la sociedad de su tiempo. Hay algo de cierto en la creencia de que el arte del Renacimiento fue un hermoso sueño sin propósito moral. Pero esta afirmación no deja de ser una vaga generalidad. Pues el arte auténtico siempre ha sido tan inocente como la naturaleza.

     Aquellos artistas forjaron las realidades del mundo sensible —morales, estéticas y eróticas-, con más fidelidad que los estadistas y filósofos las del mundo inteligible. Salvo la ciencia, la técnica o la religión, ninguna otra manifestación del espíritu ha labrado tanta dicha a los hombres como el arte. Ya lo dijo Santayana, tan admirado por Trevijano: “Cuando se considera el confuso estado actual del gobierno y la religión, sirve de gran consuelo apartarse de ellos hacia cualquiera de las artes, donde lo bueno es total y finalmente bueno, y donde lo malo al menos no es traicionero”. Por eso, el arte “modernitario” ha devenido fraude y traición.

     Finalmente, la irresistible atracción hacia las grandes obras maestras de las Bellas Artes por parte de los individuos sanos es siempre instintiva y no conceptual. “¿Acaso ama, quien a la primera mirada no ama?” – se preguntaba Shakespeare.

FUENTE:
http://www.elimparcial.es/cultura/ateismo-estetico-34807.html

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