«EL PAÍS», UN SUICIDIO MORAL

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EL MUNDO. LUNES 21 DE NOVIEMBRE DE 1994
ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO

 

     EL diario «El País» está sufriendo una transformación de su identidad cultural. Nació como un gran diseño que sintonizaba en el fondo, encubriéndola bajo una elegante forma cultural, con la falta de instinto moral y de vocación por la verdad que define a las clases intelectuales engendradas por una larga dictadura, incluso a las de oposición. El final de la brutalidad intelectual del franquismo tenía que dar paso a una de estas posibilidades de civilización editorial: a) un claro retorno a la naturalidad instintiva en la expresión pública de la sinceridad, es decir, una ruptura moral con lo anterior, que aún no ha sucedido y a lo que «El País» siempre se ha opuesto; b) una forma de hipocresía social que impusiera, con la buenas maneras, un silencio artificial sobre el pasado para permitir un nuevo reparto del poder, cosa que cumplió a la perfección «El País» como infalible intérprete del consenso; c) una cínica legitimación, con las libertades cívicas, de la barbarie cultural en que incurren las oligarquías fabricantes de opinión, cuando ven amenazada la continuidad de sus privilegios.

     Es lo que está ocurriendo ahora. Sin consenso, «El País» no puede mantener la elegancia con la que edificó su prestigio profesional y la hegemonía cultural en la transición. Las buenas formas, cuando falta el instinto social, que es la fuente genuina de la moralidad, son el último refugio de la sensibilidad privada y del decoro público. Sin el concurso de la moral instintiva y de la racional, sólo la buena educación y el profesionalismo podrían mantener a flote, aún sin demasiada dignidad cultural, un proyecto económico tan vasto como el de Prisa. Pero el nerviosismo del oligopolio editorial, ante el crepúsculo de la era socialista que lo ha parido y amamantado, está haciendo desaparecer de su dirección el menor atisbo de educación y profesionalidad. El caso Elorza, censurado como en los tiempos del franquismo por una crítica ligera al marco que ha enriquecido al cuñado del Presidente, no es una anécdota. Como tampoco lo es la manipulación praderista de los textos sometidos a la desfachatez de su crítica intelectual o literaria. Y la extravagante posición de «El País» ante el caso Palomino no tiene antecedente en la degradación editorial. El temor al supuesto matonismo cultural de los escritores que denuncia, a la par que invoca, un órgano de tanto poder político como «El País» no es, sin embargo, fingido. Cualquier jovenzuelo instruido sabe a partir de ahora que, hablando culturalmente, el ladrido de una mente falaz sin mordacidad no tiene dos bofetadas.

     Por primera vez desde su fundación, «El País» se coloca cultural y políticamente a la defensiva. Perdió ya la iniciativa, en la batalla de las ideas, desde que se desacreditó repentinamente la posmodernidad con la caída del muro de Berlín. Y, sin ideas, ha perdido la vergüenza en defensa descarada de un régimen de poder completamente corrompido. «Los cristales rotos» de Pradera y el «cuñadismo» editorial han rebasado los límites del decoro en ese periódico. Cuyo suicidio moral le obliga a vivir de las rentas. Muchos de sus periodistas seguirán haciendo una labor estimable. Pero, aparte de sus razones profesionales, tan respetables como la de cualquier otro puesto de trabajo, deben saber que ya no están en algo que pueda trascender, con novedades culturales, denuncias de corrupción o proyectos informativos, la ambición mercantil y de poder personal de su patrón. Me abstuve antes de criticar «El País», a pesar de su evidente desviación política de la democracia, por respeto a su dignidad profesional. Pero al haberla sacrificado a la pura propaganda del poder, la denuncia de la impostura intelectual de «El País» se convierte en un deber para todo escritor comprometido con la verdad descriptiva de los hechos constitutivos de la oligarquía corrupta que tenemos y con la verdad normativa de la democracia formal que, pudiendo tener, nos falta.

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