PRIMEROS TUTORES, PRIMEROS AMORES

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LA RAZÓN. JUEVES 4 DE ABRIL DE 2002

ANTONIO GARCÍA TREVIJANO

 

      Las manifestaciones del arte actual oscilan entre la afectación y el mal gusto. Aquella proviene del intelectualismo de los artistas. Éste, de su defectuosa educación estética. La finalidad de la obra de arte no es transmitir conceptos o reflexiones sobre la vida, eso es lo propio del ensayo, sino sensaciones y emociones de calidad superior a las que sentimos de ordinario. El conceptualismo invade el arte cuando la inspiración se agota. La vulgaridad lo anega cuando los criterios del gusto se democratizan.

 

     El gusto comienza siendo una inclinación natural y espontánea. No hay mal gusto en las maneras de cumplir las funciones elementales de la vida animal. Pero las reglas de urbanidad enseñan a no expresar naturalidad en la vida social. Esta no es, desde luego, la clase de educación que refina la sensibilidad artística. Incluso puede ser un obstáculo en aquellos géneros, como la pintura, donde la falta de respeto hacia las formas aparentes de la materia suele surgir de temperamentos poco gentiles con las apariencias constitutivas de la cortesía.

 

     El camino de formación del gusto estético, como en las autopistas de peaje, tiene un recorrido de ida y vuelta. En la juventud, el artista selecciona y exagera, para acumularlos en la expresión de su obra, los aspectos parciales de la vida que le placen o repugnan por instinto, al que confunde con la intuición. Tiene un sentido privativo y acumulativo de la belleza. En la madurez, elimina de la naturaleza las formas y matices que estorban la reproducción de las emociones simples que impresionaron su corazón en el viaje de ida. Su intuición tarda en descubrirle el carácter universal y único de las bellezas singulares.

 

     El gusto estético, a causa de su fase instintiva, tiende a mantener las preferencias iniciales. Y siempre asoma algún rasgo infantil en las más acabadas expresiones de belleza. La inteligencia intuitiva del artista puede elevar el rango de su gusto instintivo, haciéndolo más afín a manifestaciones de la excelencia en otros campos culturales, pero a fin de cuentas seguirá siendo su instinto natural quien elija las nuevas preferencias. La crítica que separa con radicalidad las obras de un mismo artista, según sus edades o estilos, cae en un doble olvido: el de la singularidad de cada obra de arte y el de la identidad final del gusto que sólo cambia de objeto.

 

     No es diferente el proceso de formación del buen gusto en todos los individuos. Una cuestión de enorme importancia en los avatares de las vidas personales que, sin embargo, ha sido poco advertida, salvo en el terreno sexual. De ahí la gran atención que debe prestarse a las edades, la primera infancia y la pubertad, donde se fijan las atracciones instintivas del gusto personal y las imágenes concretas de las bellezas vecinales.

 

     No es aventurado creer que la mitad de nuestras normas estéticas proceden de nuestros primeros tutores y la otra mitad de nuestros primeros amores. Esas experiencias pueden borrarse en el recuerdo, pero marcan para siempre los límites de los cauces estéticos por donde discurrirán, como si fueran libres, nuestros predeterminados criterios del gusto y nuestras prefiguraciones plásticas de lo bello.

 

     El buen gusto resulta ser, en definitiva, una correcta adecuación a la edad del instinto natural, que elige las afinidades, y a la elevación cultural del carácter que realiza la creación artística. Como estos factores mudan, los criterios del gusto se adaptan adecuadamente a esos cambios, si no se dejan arrastrar por las modas. Un fenómeno que, al domeñar el gusto de lo diferente, crea una adición a los patrones comunes de seguridad electiva en los artistas carentes de un sistema inmunológico de suficiencia estética. El imperio de las modas impide seguir siendo fieles a la evolución del temperamento natural y al refinamiento del carácter por la amplitud de la liberación cultural del artista.

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