LOS MUSEOS COMO PROBLEMA

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LA RAZÓN. JUEVES 13 DE JUNIO DE 2002
ANTONIO GARCÍA TREVIJANO

 

     Una falsa polémica quiere enfrentar los Museos de Arte Moderno con los de la excelencia en pintura y escultura tradicionales, como si el Prado o el Louvre albergaran la obra muerta de un buque fantasma a la deriva sobre mares pretéritos. En el nuevo director español de una famosa Galería londinense, el barbarismo del especialista en arte moderno sólo es superado por la insensibilidad estética del comerciante al por mayor. El triunfo de estos ejecutivos se asienta sobre el montón de cadáveres vivientes que el vil oficio de ejecutor acumula en el cadalso del arte.

     Por definición, todo Museo es una ilustración de la Historia viva del arte, una muestra de las normas estéticas que nos legaron las obras geniales de la imaginación plástica de otros tiempos. Sin ellas, nuestros criterios sobre la expresión artística de emociones grandiosas o sublimes serían tan arbitrarios como los de los legisladores sin el patrón del derecho romano o los de los pensadores sin el «logos» griego.

     El gran arte nunca pierde actualidad. No tiene edad y, moderno o antiguo, pertenece a todas las generaciones. A diferencia de lo que ocurre con la ciencia y la técnica, las grandes innovaciones artísticas nunca quedan obsoletas gracias a las que le suceden. El Museo no consiste en una colección de arqueologías de la belleza ni es un cementerio de expresiones artísticas muertas. Cada generación añade nuevo sentido estético a las obras geniales del pasado y ninguna puede completar el inagotable significado que tienen para la humanidad.

     Los Museos clásicos permanecen abiertos no sólo por razones de convención cultural o de prestigio nacional. Tampoco para que en ellos se aprenda la historia del arte o los secretos del oficio artístico. Con ser importantes, estas funciones son incomparables a la necesidad de mantener vivas las fuentes originales de los placeres estéticos y de los gustos que educan y refinan la sensibilidad de los pueblos.

     Pero sucede que, por razones de espacio y colocación, los Museos no pueden resolver el problema de la contemplación singular de las obras geniales. El oído no resistiría la audición simultánea de una docena de sinfonías diferentes. La vista lo hace a duras penas, y a costa de no ver lo esencial.

     Al recorrer las recargadas salas de los Museos sin sentir la emoción única que transmiten sus piezas maestras cuando se las mira una a una y con distancia de tiempo, el visitante sale, fatigado y confuso, creyendo que por deber ha ganado en cultura erudita lo que ha perdido de placer natural en un bello día de sol. Pues la erudición en arte implica una derrota de las emociones placenteras. Problema que se agrava en los Museos de Arte Moderno, donde tan difícil es para el profano de la secta separar el trigo de la paja.

     El Museo nació cuando la gran arquitectura murió. La idea de un Museo en tiempos de creación arquitectónica no sólo era inconcebible para el arte. Habría supuesto un sarcasmo para los artistas. Y como suplente de la arquitectura, el Museo no pudo sustituirla como marco de las esculturas y pinturas que adornaron los jardines y salones de los palacios reales o mansiones burguesas para las que fueron concebidas. En ellos tenían su proporción espacial, su luz natural, sus referencias culturales, sus alianzas artísticas y artesanales. Otro gallo cantaría en el arte contemporáneo si se prohibiera la entrada en los Museos a las obras de los artistas vivos.

     Cuando entre vecindades artísticas no hay «pendant» o armonía de conjunto, el estilo mata al estilo y la expresión de un cuadro dominante anestesia la de los demás. El caos producido por el abuso intensivo del espacio lo trasladamos sin querer al arte. La inteligencia de las emociones se ofende con la estrecha unión visual de obras importantes y diferentes.

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