A PROPÓSITO DE ARCO

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LA RAZÓN. LUNES 25 DE FEBRERO DE 2002

ANTONIO GARCÍA TREVIJANO

 

     Sin que todos los valores sociales de la vida suspiren por la belleza de las acciones y de las creaciones del espíritu no debemos esperar grandes satisfacciones del arte contemporáneo. Los artistas actuales, aunque podrían serlo por la nobleza de sus creaciones, no son seres ajenos a este tiempo de fanfarria y oro. Las ferias de arte atraen más a los amantes de curiosidades de la fantasía y de virtuosismos infantiles que a los buscadores de belleza en las obras recientes de la imaginación creadora.

 

     La nueva potencia de los Museos de arte clásico, junto a la bastarda creencia de que deben ser visitados para adquirir cultura, confiesa la frustración de la estética en las sociedades industriales que los promueven. Al borde de lo grotesco, y sin atender a la necesidad de humanidad en un mundo deshumanizado por las barbaries del poder, el dinero y el terror, los productores de artificios o artefactos de la fealdad no merecen el nombre de artistas o maestros. Rompen convenciones artísticas simplemente para no parecer anticuados y epatar a sus colegas, y no para sustituirlas por otras mejor acordadas con la Naturaleza o los substratos permanentes de la sociedad.

 

     La situación de la escultura es desesperante. Una estructura metálica instalada en la plaza pública puede ser una obra inútil de ingeniería, pero jamás una obra de arte. El auge de la fotografía insólita se debe al defecto de inspiración o disciplina en la pintura. La originalidad por la originalidad no expresa intuiciones reales en la literatura y pierde su sentido antes de que llegue la posteridad. La música, cuando no es fondo de realce de la voz, se ha convertido en una experiencia técnica de sonidos sin relación con la vida. Y los artistas de éxito, demasiado entusiasmados con su talento social, no pueden percibir la crueldad de sus inspiraciones sin sentido, ni comprender siquiera su dramática situación como artistas de la nada.

 

     El mundo necesita retornar a la belleza y restaurar el valor moral e intelectual de la estética. No para hacer más felices a los pueblos, sino para tornarse algo menos difícil de comprender y más placentero. No pienso, como Santayana, que el arte sea el mejor instrumento de la felicidad. Desde luego no lo es para los artistas actuales ni para las sociedades de consumo industrial. Aunque tal vez lo sea para marchantes y coleccionistas. Sin expresar belleza, la obra de arte no es un producto competente ni libre. A la pintura abstracta le estorban sus materiales y la disciplina para asimilarlos, del mismo modo que a la poesía intelectualizada le sobran las palabras de la vida.

 

     Y sin competencia ni libertad para rehacer el mundo en cada obra de arte, el artista sólo puede expresar las servidumbres que lo tienen atado a la realidad de los triunfos, honores y vanidades sociales. Sin verdadero genio creador, el artista enriquecido es el verdadero pobre hombre de nuestro tiempo. Un desgraciado que se ha dejado desarraigar de su vocación y del destino de su vida por excesiva dependencia de los espurios valores sociales. Un ser mucho más digno de compasión por su fracaso artístico que de emulación por su éxito mundano.

 

     Estamos tan acostumbrados a vivir en la falsedad de nuestras instituciones y en la grosería de los espacios públicos que ya ni siquiera advertimos la falta de sinceridad y belleza en el arte. La única ficción, junto a la religión, que traiciona sus fines cuando deja de ser sincera. Un arte falso es denigrante. Cosa que no le sucede a las manifestaciones mediocres del arte auténtico. El Estado de los partidos, los marchantes y las casas editoriales, verdaderos exterminadores de los brotes esporádicos de sinceridad en el arte, alimentan la falsedad de las obras artísticas para perpetuar su propia artificialidad, su poder y su lucro, a costa de la belleza.

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