LIBERTAD CONSTITUYENTE (II)

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     La Spanish revolution consiste en que los indignados pidan a los indignantes que dejen de ser indignos. Ni una sola palabra o acción contra los partidos y sindicatos estatales, verdaderos responsables del malestar político europeo y de la quiebra de las cuentas públicas. Reclamaciones económicas y sociales sin fin, y ni una sola voz referente a la ausencia de libertad política y de democracia formal. Horror ante la abstención electoral y petición del voto para partidos estatales pequeños. La ignorancia superaba, en las plazas públicas ocupadas por indignados, la demagogia infantil de las consignas aprobadas.
      La indignación es una pasión individual que no conduce a la insurrección política colectiva, pues se trata de una pasión que opera en el interior del alma como motor de la cólera y la ira. Bien examinado, lo que indigna -lo indignante- no suele estar fuera de lo del indignado. En la indignación estalla un sentimiento inconsciente de culpabilidad y fracaso. La exaltada vehemencia con que se manifiesta el estado de indignación contra alguien o contra algo delata que el hecho o acto indignante, y lo que merece desprecio, está dentro del sujeto indignado, bien sea por ignorancia de las causas objetivas que producen indignación o bien por cobardía para enfrentrarse a ellas y suprimirlas.
      La resistencia francesa contra el Régimen de Vichy no estuvo motivada por la indignación. Las publicaciones del Club Jean Moulin desmienten lo que dice el antiguo resistente y acual socialdemócrata, Hessel. El combate por la libertad política nunca y en ningún país ha tenido una causa tan poco noble como la indignación. El símbolo de la resistencia francesa, el general De Gaulle, jamás mostró indignación por lo que que era normal que sucediera bajo el fascismo. Las pocas veces que se mostró indignado no fue por lo que hacían los nazis, sino por lo que no hacía los “patriotas” franceses.
[…]
      Sería síntoma de locura indignarse por las injusticias que causan los terremotos en el reparto de los daños a los bienes humanos. Como también lo sería la indignación contra las plantas carnívoras que engullen a incautos insectos o contra los felinos depredadores de adorables cervatillos. No tiene cabida en mente sana indignarse contra lo normal y lo esperado. En la indignación tiene que haber algo sorprendete, no previsto ni previsible. La indignación contra lo normal, en un régimen sin libertad política colectiva, es una pasión de consumo para siervos dirigidos por malvados.
      Cuando no es motor anímico de venganzas, como en la violencia de género, la pasión de indignación suele ir acompañada de un sentimiento de tristeza o frustración incompatibles con el de alegría y esperanza, inherentes a las revoluciones de la libertad. Por eso el colmo de la soberbia es el colmo de la ignorancia que se manifiesta en la indignación.
 
 
Libertad Constituyente
Antonio García-Trevijano

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