MÁS LEALES QUE LOS REYES

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ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO

LA RAZÓN. LUNES 11 DE MARZO DE 2002

 

Despreciada con razón en las relaciones de utilidad, la ingenuidad es una cualidad preciosa en el mundo de la creación artística y la contemplación de las grandes obras de arte. Los niños son ingenuos no porque carezcan de malicia o de experiencia de los fracasos, pues en ese terreno nos darían lecciones, sino porque viven excitados viendo en toda cosa o situación un universo de novedades. El mundo exterior les presenta una realidad sin historia, descargada de antecedentes y de causa, y su mundo interior les brinda una vida cargada de ensoñaciones sin los límites que la imaginación pone a las fantasías.

A una ingenuidad inmadura, por falta de intuición en el sentimiento y de disciplina en el carácter, la mayor nimiedad en el arte le puede parecer novedad valiosa. Y sin restos de ingenuidad en el corazón, toda obra artística se torna artificio estéril, o virtuosismo digno a lo más de curiosidad, incapaz de expresar esperanzas útiles para la humanidad o aperturas inteligentes para el bienestar que produce una mejor comprensión del mundo.

El artista creador necesita tener la ingenuidad de un niño que ha aprendido a madurar la fantasía en imaginación, mediante dos habilidades de naturaleza contrapuesta. La de romper el juguete de la realidad sin destruir todos sus materiales y la de recomponerlo de modo más grato o inquietante, con la destreza que dan los oficios poéticos de la razón para seleccionar palabras, sonidos o imágenes. Cuando la obra de arte no es genuina rompe sin componer, o compone sin romper, trozos inexpresivos del mundo. Y cuando es genial, expresa un universo de sentimientos con las migajas de la realidad que ha deshecho a fin de representarla con más veracidad o belleza.

Los estilos y las escuelas no transmiten a los epígonos la genialidad de sus creadores, pues unos y otras se constituyen con sólo una de las dos expresiones, la destructiva o la constructiva, que los maestros incorporan a sus obras en unidades de sugestión indivisible. Sin crítica destructiva de lo convencional o sin propuesta constructiva de lo original, los estilos y las escuelas sustituyen la belleza de lo sublime o lo grandioso con la fealdad de lo descompuesto o con lo bonito de lo requetecompuesto.

No puede haber composición de la imaginación artística sin previa descomposición de la realidad prosaica. El problema del talento creador reside en la selección de los materiales que todo análisis de la experiencia ha de separar y en la originalidad de la nueva síntesis que todo propósito estético debe unir. Las obras geniales nos inquietan a la vez que nos dejan extasiados porque expresan en un solo movimiento emotivo estos dos procesos convergentes de la creación. Para percibirlos con distinción hay que escuchar o mirar la obra de arte antes que a las opiniones de los expertos.

Los amantes de la belleza y los que esperan ser conmovidos por la expresión de las grandes realizaciones artísticas han de acercarse a ellas, y contemplarlas, con la ingenuidad silenciosa de los cortesanos cuando sus reyes hablan. Nunca hay que mirar a sus edecanes ni tomar la palabra el primero. Si se habla sin su permiso se corre el riesgo de no verles más que el cogote. Ante el arte, como ante los reyes, las pompas de cultura y erudición se desinflan.

Los críticos y profesores suelen olvidar esas reglas de cortesía hacia la obra de la que hablan sin dejarle hablar a ella. Y, como era de temer, nos largan soliloquios inauditos de lo que sólo ellos ven. Pero las grandes obras de arte son más leales y constantes que los reyes. No toman distancias insalvables ni dan la espalda cuando termina la condescendencia. Y siguen esperando que cada nueva generación complete el entendimiento universal de lo que renovadamente expresan.

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de MCRC Alicante Publicado en ARTE

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