TEORÍA PURA DE LA REPÚBLICA – EL FACTOR REPUBLICANO (III)

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     “El trabajo de la mujer, las guarderías, la escolarización precoz, las separaciones con hijos menores, la falta de empleo juvenil, la permanencia de los hijos mayores en la casa de los padres, la pasividad ante televisores y ordenadores, la busca de emociones en la droga o la violencia, la ausencia de ideales, han provocado la crisis de la familia tradicional, justamente cuando la sociedad doméstica mantiene la demanda en la economía de consumo, y los Estados subvencionan a las familias para que paguen sus hipotecas, no por caridad, sino por salvar a la Banca de su bancarrota.

 

La contradicción entre disolución de la familia y necesidad de mantenerla activa como unidad de consumo, puede explicar que, en medio de la atonía del sentimiento religioso, el mismo Gobierno laico que legaliza el matrimonio homosexual o el aborto, y no mantiene buenas relaciones con las jerarquías eclesiásticas, financie las concentraciones de masas católicas para ver al Papa. Los partidos estatales percibe la trascendencia que recobra la familia, con independencia de toda idea religiosa, como elemento activo en la sociedad civil de la moderna economía de consumo.

 

En la sociedad de información conformadora, en un mercado de trabajo que deja fuera a menores de 25 y mayores de 60 años, la edad deja de ser criterio de capacidad y, como el sexo femenino, adquiere valor per se. La sabiduría ya no es, como antaño, fruto de la experiencia. Las innovaciones tecnológicas dejan en la cuneta de progreso saberes acumulados durante generaciones. Y la sociedad civil pierde en sentido común, temperancia y coherencia lo que gana en sentido práctico, impaciencia, codicia y ludicísmo. La adaptación al medio, como en nuestros ancestros de Atapuerca, arrincona en brasas de invierno los ideales de la juventud y las memorias de la vejez. En la transición del presente al presente, en un mundo sin causas aparente, la cultura, la historia, la novela y el arte pierden su razón de ser. Sólo interesa la tecnología, la informática, la especialización. Saberes sin saber, conocimientos sin conocimiento.

 

     Ante un ordenador, los niños tienen mil años de curiosidad en sus cabezas ágrafas. La inteligencia no aumenta con la edad, solo se especializa, limitando su desarrollo general. La juventud vive dramas que no padeció antes. Sufre la injusticia de ver apartada su mayor habilidad técnica de un mundo profesional de expertos en pericias. Donde no hay sitio para la sabiduría, la juventud se desarraiga del saber. Si la tecnología impera y lo joven se pone de moda, la juventud no ocupa los puestos de mando. Triunfan caras jóvenes en corazones viejos. La sangre del frente de juventudes se inyecta gota a gota en los partidos, a cambio de promoción social. La juventud partidista, en nombre del orden estatal definido o del progreso indefinido, renueva el renacimiento de la imperante ideología de la resignación en el consenso. El conformismo, no las arrugas, la envejece.

 

     La juventud no puede ser vivida con autenticidad sin inconformismo. Una cualidad que no es propia de la inexperiencia, como suele creerse, sino de la sabiduría del corazón y la potencia de los instintos. No hay posibilidad de creación en las visiones conformistas del mundo familiar, profesional o político. La juventud y la ancianidad no se relacionan en una sociedad que funciona como una compañía anónima, cuyo consejo de administración conspira para que lo auténtico no entorpezca la circulación de riqueza, honores y empleo entre accionistas de la conformidad, que temen la libre competencia y abdicar de la cultura. La juventud conformista y la jubilación anticipada permiten el consenso de ese brutal reparto del beneficio social. Aquélla desprecia los costos de las generaciones que acumularon riqueza. Ésta, como clase pasiva, se resigna a morir para aliviar la carga de las pensiones, que preocupa a un consejo de administración de siglas políticas. No se sabe lo que es tercera edad, ni para qué sirve a la sociedad civil que la mantiene y entretiene, si sólo se reconoce la diferencia legal entre menores y mayores de edad. Las mentes, como la conciencia, no se jubilan. El drama de la actual ancianidad no es perder la juventud, sino conservarla. La marginación juvenil y la jubilación prematura retornan a la distinción entre ciudadanos activos y pasivos, como en los primeros años de la Revolución francesa. La sociedad civil, que excluye del mercado recursos humanos de gran potencia por sus pocos o demasiados años, ignora que la edad, como dijo Emerson, está en la inteligencia.

 

     No se debe aislar el análisis de la juventud, como si fuera un estado civil autónomo y no una etapa de tránsito, Vive en situación de irresponsabilidad y se encamina, aunque no lo sepa ni quiera, a otra de responsabilidad. Las vocaciones ya no heredan la seguridad que les inculcaba voluntad de estudiar. No por una supuesta falta de madurez en la inteligencia juvenil, ni por incomprensión generacional de la vida unidimensional de sus padres, como en los estudiantes del 68. Sucede ahora precisamente lo contrario.

 

     Los jóvenes de hoy son más consecuentes que los de ayer. Si nada hay en la vida adulta que merezca ser vivido con autenticidad, ¿por qué y para qué se les pide que sean idealistas, en un mundo donde sólo tiene valor el dinero, la fama de los que dan espectáculo y los placeres del sexo sin amor? ¿Por qué, si no es para encontrar un empleo estéril que los embrutezca de por vida, tienen que renunciar a la huida hacia el aburrimiento compartido, y al refugio de sus soledades en la vida del coleguismo o la hinchada?

 

     La juventud manifiesta a su modo el problema general de noluntad que la transición del presente al presente inculca a todos los sectores sociales. Esa noluntad no es falta de voluntad de ser como se debe ser con arreglo a una idealidad, ni una apatía de las ambiciones personales, sino una inconsciente voluntad de ser, como todo el mundo, indiferente a la ausencia de ideales y a todo lo que sea mentalmente sincero y vitalmente auténtico. Unos ideales que el medio social identifica con cualidades de perdedor, si son genuinos; con estorbos en la carrera hacia el éxito social o pecuniario, si no son cínicos; o con valores trasnochados, si son predicados por hipócritas anclados en ilusiones del pasado, que causan la falsedad presente. El drama de los jóvenes maleducados por una sociedad sin valores no es el de creerse juveniles para siempre, o vivir la vida como adolescentes, sino el de ser demasiado viejos y desconfiados para desear convertirse en personas mayores que den sentido inteligente o moral a la sociedad que los emplea. Y sin vocación de alcanzar la mayoría de edad cultural, la juventud deja de sentirse en situación de paso, para mantenerse en el estado de inconsciencia de la seriedad adulta. La que dio personalidad y sentido a las generaciones donde el movimiento obrero y la energía empresarial forjaron la sociedad civil heredada por las generaciones de la postguerra fría.”

 

 

 

Antonio García-Trevijano Forte

TEORÍA PURA DE LA REPÚBLICA

EL FACTOR REPUBLICANO (Segundo libro)

http://www.bubok.es/libros/218609/Teoria-Pura-de-la-Republica-3-volumenes
http://www.bubok.es/libros/218606/Teoria-Pura-de-la-Republica

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