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EL FANTASMA QUEBEQUÉS

EL FANTASMA QUEBEQUÉS
EL MUNDO. LUNES 15 DE ABRIL DE 1996
Antonio García-Trevijano

     Desde que se conoció el resultado electoral -ese talismán que ha concedido al 4% de los votantes la potestad de modificar la estructura del Estado, si su jefe nacionalista permite que el partido más votado forme Gobierno- no existe criterio para formar a una opinión pública que, como la esponja, todo lo absorbe sin rechistar. No hay opinión pública, gobierno ni oposición. Y bien mirada la Prensa, es como si no la hubiera. Mientras la clase gobernante se entretiene con simulacros de negociación; con imágenes de consenso entre «estadistas»; con propuestas federales del caudillista Fraga; con proyecciones canadienses del gaullista Pujol; con protocolos y ficciones de consultas reales para la investidura presidencial de Aznar; es decir, mientras se paraliza la acción política, el parón del Estado reduce el déficit y la inercia de la sociedad baja el paro y la inflación. Estamos, por fin, en la situación italiana. Lo que se pretendía con la Constitución y la ley electoral. Que no haya mayoría de gobierno en un solo partido y que, en lugar de gobernar, dejemos a los partidos que se ocupen de repartirse el Estado a la medida de sus votos territoriales.

     Cuando más necesario sería dar ideas y criterios de porvenir a la opinión pública, que está tan desorientada como dispuesta a no ser perturbada en su desorientación, menos ánimo manifiesta la clase dirigente para usar la razón contra la inaudita sospecha de todos ante todo, que ha llegado a transfigurar el momento en «delicado» y la «moderación» en consigna. ¿Delicado? Más lo era antes de las elecciones y, sin embargo, la racionalidad y la decencia pública exigieron una clara denuncia del crimen, de la corrupción y de las concesiones de Felipe a Pujol. ¿Moderación? Pero, ¿frente a qué? Desde el final de la Guerra Civil no se ha visto más extremismo en España, salvo el de ETA y de Tejero, que el de la Dictadura contra la sociedad y el de la clase gobernante de la transición contra el Estado, el derecho, el sentido común y la moral. Basta preguntar a los que hablan de momento delicado y de necesidad de moderación, para percatarse de que sus temores brotan del desconcierto ante una situación que no comprenden ni dominan, y del recelo de que todos los políticos sean capaces de hacer lo que ellos harían. Basta saber de dónde parten las consignas de sosiego y tranquilidad para diagnosticar que se está incubando un extremismo peor que el anterior.

     El fantasma de Quebec toca en el «chateau» de la Generalitat las gaitas independentistas del bello río San Lorenzo. Delicadas y moderadas en oídos de Pujol, su estridencia empuja a danzar el ritmo frenético y violento de los movimientos de liberación. Desde la década de los sesenta, el fantasma de Quebec, despertado con el ruido anticolonialista y puesto de pie al grito gaullista de «¡Viva Quebec Libre!», se soltó de las cadenas del tradicional nacionalismo clerical y se puso la sábana roja y antifederal de los jóvenes patriotas radicales. Un reguero de terrorismo y de asesinato político marca la última senda de un pueblo francófono, fundador de Canadá, que busca ganar en referéndum lo que perdió en guerra con los ingleses. Pero Quebec no es Cataluña. Y Canadá, que es una Confederación, no es España. El responsable directo del atraso económico y cultural de Quebec ha sido, precisamente, el partido del nacionalismo conservador y católico que propició, durante la «noirceur» de su Gobierno, el dominio económico de las multinacionales anglosajonas. Era normal que el nacionalismo radical, como él mismo dice, no quisiera «por maestro al pasado», y buscara total independencia política y asociación económica con Canadá. El neopartido rojo ha estado a punto de vencer. Pero el momento de la sardana es delicado y su compás, moderado. Las cabriolas del fantasma quebequés de Pujol, desconsiderado y extremista, agitan en un mal sueño a Cataluña y en una pesadilla a España.

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